El amanecer estaba teñido de un azul grisáceo y del aire fresco de la montaña. Dos autobuses grandes esperaban en el parqueadero, rodeados por el caos adolescente de los estudiantes de grado once. Entre maletas y gritos, los profesores intentaban mantener un orden que parecía escapárseles de las manos.
Mariana llegó luciendo radiante: pantalón de jean cómodo, una chaqueta rosa pálido y su cabello rubio recogido en una coleta alta que la hacía ver más joven y dulce que nunca. Carlos, con su inseparable silbato y una gorra que le daba un aire aventurero, la recibió con una sonrisa que decía más que mil palabras.
Sin embargo, la paz duró poco. Al subir al primer autobús, Melissa apareció como una exhalación. Llevaba unos leggings ajustados y una blusa roja que exigía atención. Sin pedir permiso, lanzó su bolso en el asiento vacío al lado de Carlos.
—¡Listo! Me tocó el mejor compañero de viaje —exclamó Melissa, rozando el brazo de Carlos con el suyo mientras le lanzaba una mirada de triunfo a Mariana, que acababa de subir los escalones.
Mariana se detuvo en seco, sintiendo que el nudo en su garganta regresaba. Pero esta vez, Carlos no iba a permitir que la duda creciera. Se puso de pie de inmediato, tomó el bolso de Melissa y se lo entregó con una firmeza que sorprendió a los alumnos que observaban la escena.
—Te equivocas, Melissa —dijo Carlos en voz alta, asegurándose de que Mariana escuchara—. Este asiento es de mi novia. Tú puedes hacerle compañía a Alfonso o a Víctor en el otro autobús.
Melissa se puso lívida. Sus ojos llamearon de rabia mientras la risita contenida de algunos estudiantes de las filas de atrás llegaba a sus oídos.
—No seas ridículo, Carlos. Solo es un asiento... —masculló ella.
—Para mí es mucho más que eso. Por favor, retírate —sentenció él.
Mariana sintió que el corazón le daba un vuelco de alegría. Carlos la tomó de la mano y la acomodó junto a la ventana, dándole un beso tierno en la frente delante de todos. Melissa, humillada, bajó del autobús pisando fuerte, encontrándose en la entrada con Víctor, quien la esperaba junto a la puerta con una sonrisa gélida.
—Te dije que la impulsividad no sirve de nada, Melissa —le susurró Víctor al oído mientras subían al segundo bus—. Deja que disfruten su «viaje de amor». El paisaje cambiará pronto.
Después de tres horas de camino entre curvas y montañas verdes, llegaron a la Hacienda Alcantara. Era un lugar majestuoso: una casona colonial rodeada de prados infinitos, establos y un río que serpenteaba a lo lejos.
Mientras los alumnos se instalaban en las cabañas, Carlos buscó un momento de privacidad. Llevó a Mariana hacia un mirador natural, un pequeño risco cubierto de flores silvestres desde donde se contemplaba todo el valle.
—Gracias por lo del bus, Carlos —dijo Mariana, abrazándose a él mientras el viento les despeinaba el cabello—. A veces siento que Melissa y Víctor no nos quitan los ojos de encima.
—Que miren todo lo que quieran —respondió Carlos, tomándola por la cintura para pegarla a su cuerpo—. No voy a permitir que nadie empañe lo que siento por ti. Este viaje es para nosotros, para que los chicos vean lo que es un amor de verdad.
Se besaron con una pasión renovada, rodeados por el aroma del pasto fresco y el sonido lejano de las cascadas. Carlos la cargó en un gesto juguetón y, por un momento, Mariana se sintió la mujer más protegida del mundo. Eran felices, dolorosamente felices.
Por la tarde, se organizó la cabalgata. Los estudiantes estaban emocionados y Alfonso, siempre descomplicado, ayudaba a ensillar a los animales.
—¡Vamos, Marianita! —la animó Alfonso—. No me digas que la profesora de Lengua le tiene miedo a un caballito de campo.
—No es miedo, Alfonso, es solo... respeto —rio ella, subiéndose a una yegua blanca de mirada mansa llamada Nieve. Una alumna iba a montarla originalmente, pero se la cedió a la profesora por ser el animal más tranquilo del establo.
Carlos montó un semental castaño y se posicionó a su lado.
—No te preocupes, amor. Yo estaré justo detrás de ti. No te va a pasar nada.
El grupo comenzó el ascenso por un sendero estrecho que bordeaba un desfiladero. Todo marchaba en orden hasta que alcanzaron una zona de terreno suelto. Melissa, que montaba unos metros más atrás, espoleó a su caballo para acercarse a Sebastián y a otro alumno, buscando distraer la atención de los demás.
De repente, ocurrió lo inesperado. Una serpiente cruzó el camino o alguna alimaña se movió entre la maleza; nadie lo supo con certeza. Nieve se encabritó violentamente, soltando un relincho de puro terror.
—¡Mariana, sujeta las riendas! —gritó Carlos, intentando acorralar con su caballo al animal, pero el sendero era demasiado estrecho.
La yegua se lanzó al galope ciego, completamente fuera de control. Mariana gritó el nombre de Carlos mientras intentaba mantenerse en la silla, pero la cincha cedió ante un movimiento brusco. El tiempo pareció congelarse para Carlos: vio el cuerpo de Mariana volar y caer pesadamente contra una roca antes de rodar unos metros por la pendiente.
—¡MARIANA! —el grito de Carlos desgarró el aire de la montaña.
Se arrojó de su caballo antes de que este se detuviera por completo y bajó la pendiente tropezando, con el corazón en la boca. Al llegar a ella, la encontró tendida entre la hierba alta. Tenía una herida profunda en la sien y sus ojos estaban cerrados.
—¡Mariana, por favor! ¡Abre los ojos! —suplicaba Carlos, tomándola en sus brazos mientras le limpiaba la sangre del rostro con su propia camisa.
Alfonso llegó corriendo, seguido por un Víctor que mantenía una calma perturbadora.
—Hay que llevarla a la clínica del pueblo ya mismo, Carlos. Está inconsciente —dijo Alfonso, con la voz temblorosa por primera vez.
Carlos la cargó en brazos, subiendo la pendiente con una fuerza sobrehumana nacida de la desesperación. Detrás de él, Melissa y Víctor cruzaron una mirada rápida: Víctor con una preocupación disimulada y Melissa genuinamente aterrorizada. Mariana estaba viva, pero el golpe en la cabeza había sido severo.
Editado: 08.08.2026