Lecciones De Olvido

CAPITULO 5

En la Hacienda Alcantara, el ambiente de la convivencia se había transformado en un funeral anticipado. Mientras los alumnos de grado once murmuraban en las cabañas sobre la «maldición» que parecía perseguir al colegio —recordando travesuras pasadas que casi terminan en tragedia—, en la clínica del pueblo el tiempo se había detenido.

Carlos no se había movido de la silla de madera frente a la habitación 204. Tenía la mirada perdida en las baldosas blancas; sus manos aún conservaban rastros de la tierra y la sangre seca de la montaña que se negaba a limpiar, como si ese dolor fuera lo único que lo mantuviera unido a ella.

Débora, la directora del Colegio Santa Clara —una mujer de carácter firme pero corazón justo—, se acercó a él y le apoyó una mano afectuosa en el hombro.

—Carlos, vete a descansar. Yo me encargaré de los chicos y de la logística del regreso. Tienes permiso indefinido para quedarte con ella.

—No me voy a mover de aquí, Débora —respondió él con la voz quebrada—. Si despierta y no me ve, se va a asustar. Ella me necesita.

Débora asintió en silencio. Sabía que el amor de esos dos era la única luz verdadera en un colegio lleno de sombras. Lo que no sospechaba era que, de regreso en la institución, los buitres ya calculaban su festín.

En la sala de profesores del Santa Clara, la atmósfera era asfixiante. Alfonso, Víctor y Melissa se encontraban allí, rodeados de carpetas y del eco del timbre que anunciaba el cambio de clase. La tensión se podía cortar con un bisturí.

—Definitivamente Débora se enloqueció —soltó Melissa, cruzándose de brazos y caminando de un lado a otro con los tacones resonando como disparos sobre el baldosa—. Traer a esa nueva coordinadora de disciplina, ese «gorila», y a esa psicóloga para controlar el orden... es absurdo.

—Al contrario, por fin razonó —replicó Víctor, sentado con una postura impecable mientras revisaba exámenes sin que le temblara el pulso. Su voz era plana, pero sus ojos ocultaban algo denso.

—¿Era necesario? —insistió Melissa.

—Una gorila y una palomita —intervino Alfonso con sarcasmo—. O mejor dicho, un lucerito. Porque eso es Luna, ¿o no, Víctor?

Víctor hizo una pausa casi imperceptible. Sus dedos se tensaron sobre el papel, pero su rostro permaneció de piedra.

—Por supuesto —añadió con una frialdad absoluta—. Luna es hermosa.

—Otra Marianita —bufó Melissa, con un odio que no podía disimular.

La llegada de la nueva psicóloga y de la coordinadora de disciplina había alterado los nervios de Melissa. Pero para Víctor, la presencia de Luna era un recordatorio constante de un pasado que prefería mantener bajo tierra: Luna no era solo su nueva colega, era su exesposa... la única mujer que conocía la oscuridad que él escondía tras sus ecuaciones.

Alfonso se levantó de la silla, con el rostro endurecido por la indignación. Se acercó a Melissa y la encaró.

—A propósito de Mariana... ¿Cómo sigue?

—Igual —respondió Víctor sin levantar la vista—. Débora le dio permiso a Carlos para que se quedara con ella en la clínica.

—Era lo mínimo que podía hacer —dijo Melissa con desdén.

—Y lo mínimo que tú deberías hacer —estalló Alfonso, señalándola con el dedo— es confesar que tuviste la culpa del accidente. Estabas allí, Melissa. Tu imprudencia con los caballos causó el caos.

Melissa soltó una carcajada seca y se encaró a Alfonso a pocos centímetros de su pecho.

—Espera esa confesión sentado y bien cómodo, Alfonso, porque nunca va a suceder. Yo no tuve la culpa y no voy a inventar mentiras para complacerlos. El destino quiso que la «perfecta» Mariana probara el sabor de la tierra, no yo.

Alfonso, asqueado, salió de la sala de profesores dando un portazo que hizo vibrar los ventanales.

Víctor finalmente cerró su carpeta. Sus ojos negros brillaron con una luz calculadora. El accidente no había sido su obra, pero era el regalo más grande que la vida le había dado. No hubo planificación, solo un golpe de suerte que pensaba exprimir hasta la última gota.

—Basta de peleas —ordenó Víctor con autoridad—. Mariana está herida y el médico dice que es muy probable que no recuerde nada de los últimos meses. Eso incluye... su romance con Carlos.

Melissa se detuvo en seco y lo miró. Una sonrisa lenta y malvada empezó a dibujarse en sus labios rojos.

—¿Quieres decir que es una pizarra en blanco?

—Exactamente —confirmó Víctor—. Mientras Carlos llora por los rincones, nosotros podemos recordarle a Mariana quiénes eran sus «verdaderos» amigos... y quién era el hombre con el que realmente soñaba casarse.

En la clínica de San Roque, un leve murmullo rompió el silencio de la habitación 204. Carlos se incorporó de un salto al ver que Mariana movía los dedos. Corrió a su lado y le tomó la mano con desesperación.

—¿Mariana? ¿Mi amor? Soy yo, Carlos.

Mariana abrió los ojos lentamente. Sus pupilas castañas, antes llenas de vida, ahora vagaban por el techo con una expresión de vacío absoluto. Miró a Carlos, pero no hubo reconocimiento en su cara, ni el brillo de la complicidad, ni la ternura de sus citas. Solo hubo temor.

—¿Quién... quién es usted? —susurró con voz débil.

Carlos sintió como si un rayo le atravesara el pecho.

—Soy Carlos, Mariana. Tu novio. El hombre que te ama.

—No... no lo conozco —dijo ella, retirando la mano con miedo—. Por favor, llame al doctor. No sé quién es usted.

Desde la penumbra de la puerta, Víctor observaba la escena. No entró; no era el momento. Pero al ver el rostro desolado de Carlos y la confusión de Mariana, supo que el primer paso de su ecuación estaba resuelto. Con Luna vigilando sus pasos en el colegio y Mariana sin memoria, el juego se volvía peligroso.

La mujer de sus sueños ya no tenía pasado, y él se encargaría de construirle uno donde Carlos fuera solo un extraño y él fuera su destino final.

El Colegio Santa Clara estaba a punto de presenciar la mentira más grande jamás contada entre sus muros.




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