Lecciones De Olvido

CAPITULO 6

En la habitación 204 del hospital departamental, el silencio solo era interrumpido por el rítmico y monótono bip-bip de los monitores. Mariana yacía en la camilla, casi invisible bajo una red de cables y tubos que la conectaban a la vida. Su rostro, pálido y sereno, contrastaba con la angustia que devoraba a Carlos.

Él estaba sentado a su lado, sosteniéndole la mano con una delicadeza infinita, como si temiera que pudiera romperse. La miraba fijamente, esperando un milagro, una chispa de reconocimiento en esos ojos que, al abrirse, lo habían tratado como a un desconocido. El hombre divertido y lleno de energía se había convertido en una sombra que solo respiraba al ritmo de aquel latido electrónico.

A kilómetros de allí, en la nueva oficina de psicología del Santa Clara, Luna organizaba unos documentos con elegancia. El espacio aún olía a pintura fresca y a café recién hecho. Unos toques suaves en la puerta rompieron su concentración.

—Adelante —dijo con voz melodiosa.

Alfonso entró con su habitual aire despreocupado y esa sonrisa que solía abrirle todas las puertas.

—Hola, ¿cómo estás?

Luna lo miró un segundo, tratando de ubicarlo entre los rostros que vio en la reunión de presentación.

—Muy bien, muchas gracias... Lo siento, no recuerdo tu nombre.

—Alfonso. Alfonso Castañeda —respondió él, apoyándose en el marco de la puerta antes de entrar por completo—. Muy linda tu oficina.

—Gracias.

—Igual que tú —soltó Alfonso con su franqueza característica.

Luna lo miró extrañada, pero mantuvo la compostura profesional.

—¿Cómo prefieres que te llame? ¿Luna, señorita Ortega o Doctora Ortega?

—Luna. Simplemente Luna —respondió ella, suavizando el gesto—. No soy de la ciudad, soy de San Juan. Llevo un par de meses aquí y este trabajo me cayó como anillo al dedo.

—¿De San Juan? —Alfonso arqueó una ceja—. Víctor también es de allá.

Antes de que Luna pudiera reaccionar, la puerta se abrió abruptamente. Víctor entró como una ráfaga de viento helado, con el rostro desencajado.

—Luna, ¿me puedes explicar qué haces aquí? —exigió Víctor, ignorando por completo la presencia de Alfonso.

La tensión en la habitación se volvió eléctrica. Alfonso miraba a ambos con una clara chispa de curiosidad.

—¿Ustedes se conocen? —preguntó.

La respuesta fue un choque simultáneo:

—Sí —dijo Luna, sonriendo con cierta nostalgia.

—No —sentenció Víctor, tajante.

Alfonso soltó una risita, disfrutando del momento.

—¿En serio? ¿Y por qué no dijeron nada en la reunión?

—No lo creímos necesario —respondió Luna rápidamente.

—Alfonso, ¿nos puedes dejar a solas, por favor? —pidió Víctor con una cortesía que apenas ocultaba su furia.

—Por supuesto. Luna, otro día hablamos —se despidió Alfonso, lanzando una última mirada intrigada antes de salir.

En cuanto la puerta se cerró, Víctor se acercó a Luna con paso amenazante.

—¿Qué haces aquí, Luna? Te hacía en San Juan.

—Te sorprende, ¿verdad? Vine a demostrarte que aún te amo —respondió ella sin amilanarse—. Tu madre me dijo dónde encontrarte. Ella nunca supo la razón de nuestro divorcio y jamás estuvo de acuerdo con que nos separáramos.

—Nunca tuve el valor para decirle que me traicionaste, que eres una cualquiera —escupió Víctor, retrocediendo cuando ella intentó acercarse—. Vi lo suficiente en aquel entonces. No necesito tus explicaciones.

—Mi amor, todo fue un malentendido, nunca quisiste escucharme...

—No quiero que nadie se entere de que estuvimos casados, Luna. No me molestes.

Luna lo miró con una determinación firme.

—Siento mucho decirte que eso no va a poder ser. Estoy aquí por ti y no me voy a ir sin ti.

Víctor salió de la oficina de psicología echando chispas. Afuera, Alfonso lo esperaba recostado en la pared, como quien aguarda el final de una función de teatro.

—Víctor, ¿por qué no me dijiste que conocías a ese lucerito? —le preguntó con malicia.

—Te aseguro que no vale la pena, Alfonso. No cuentes conmigo para tus chismes —respondió Víctor antes de alejarse a paso rápido.

Segundos después, Luna salió de la oficina, tratando de recomponer su máscara de profesionalismo. Alfonso, siempre oportuno, se acercó a ella.

—¿Por qué Víctor salió tan enojado?

—Es un engreído —mintió Luna con naturalidad—. No le gusta ver a sus viejos conocidos. Estudiamos juntos, eso es todo.

Alfonso asintió, aunque sus instintos le decían que había mucho más bajo la superficie.

—Es realmente un amargado. En fin, estaba pensando que, como no conoces la ciudad, podríamos armar un plan esta noche. Te muestro algunos sitios y terminamos con una deliciosa cena. ¿Qué dices?

Luna miró hacia el pasillo por donde se había ido Víctor y luego a Alfonso. Una sonrisa estratégica apareció en sus labios.

—Me encantaría —aceptó.

Mientras Carlos velaba el sueño de una mujer que no lo recordaba, el pasado de Víctor regresaba para cobrarle facturas pendientes... y Alfonso, sin saberlo, se convertía en el puente entre dos mundos que estaban a punto de colisionar.




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