La mañana en el Colegio Santa Clara comenzó con una persecución silenciosa. Víctor caminaba a paso rápido por los pasillos, intentando refugiarse en la lógica de sus números, pero Luna lo seguía de cerca, decidida a no ser ignorada.
—¡Víctor! —exclamó ella, alcanzándolo cerca de la biblioteca.
Víctor se detuvo en seco y la encaró con una mezcla de fastidio y frialdad.
—Ah, eres tú. ¿Qué quieres?
—Mi amor, ¿por qué me tratas así? —preguntó Luna con voz herida.
—Te dije que no quería verte —sentenció él, sin un ápice de compasión.
—Mi vida, ahora somos compañeros de trabajo. Es absurdo pensar que no nos vamos a cruzar.
—Si no quieres que te trate así, evita encontrarte conmigo. ¿Entendido?
Víctor le dio la espalda y se alejó a paso firme, dejando a Luna con la palabra en la boca y el corazón batiéndole con fuerza en el pecho.
Mientras tanto, en la sala de espera del hospital, las horas pesaban como plomo. Carlos tenía los ojos enrojecidos y el cabello revuelto; llevaba más de cuarenta y ocho horas sin despegarse de la puerta de la habitación 204.
Víctor, que había llegado temprano para relevarlo —o más bien, para vigilar—, se acercó con una amabilidad calculada.
—Carlos, debes ir a descansar. Tienes más de dos días sin dormir —dijo Víctor, apoyándole una mano en el hombro.
El médico de turno, que salía de la habitación en ese instante, apoyó la sugerencia.
—El señor tiene razón. Debe descansar, o vamos a tener que hospitalizarlo a usted también.
Carlos suspiró, derrotado por el cansancio físico y emocional.
—Está bien... pero me llamas inmediatamente si hay alguna novedad.
—Tranquilo, así lo haré —prometió Víctor con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
En cuanto Carlos se fue, Víctor intentó colarse en la habitación, pero el doctor le bloqueó el paso.
—Es imposible, señor.
—Se lo permitieron a Carlos —reclamó Víctor, con la envidia asomando en su tono de voz.
—Hicimos una excepción porque él es el prometido de la señorita. Lo lamento.
Esa misma noche, Alfonso detuvo su auto frente a la casa de Luna. La cena había sido amena, repleta de risas y de la energía vibrante de Alfonso, quien parecía decidido a conquistar a la nueva psicóloga.
—Así que esta es tu casa —comentó Alfonso, observando la fachada iluminada.
—Sí, una amiga se encargó de conseguírmela —respondió Luna mientras recogía su bolso.
—¿Mariana? —preguntó Alfonso con una chispa de intuición.
Luna lo miró, sorprendida.
—¿Cómo lo supiste?
—Débora, la directora, me lo contó. Parece que eres muy cercana a ella.
—Estudié con un hermano suyo —explicó Luna—. Cuando llegué a la ciudad, ella me ayudó a gestionar la vacante en el Santa Clara.
—Para bien de todos —sonrió Alfonso—. Espero que estas salidas se vuelvan frecuentes.
—Por mi parte, encantada.
Luna le dio un beso en la mejilla y bajó del auto. Alfonso esperó a que ella cruzara la puerta antes de arrancar, sintiéndose más intrigado que nunca por esa mujer.
Al día siguiente, la tensión estalló en la sala de espera. Carlos había regresado tras descansar un par de horas y encontró a Víctor merodeando cerca de la habitación de Mariana.
—¿Qué hacías en la habitación de Mariana? —espetó Carlos, interceptándolo.
—Solo quería verla, ¿es que no puedo? —respondió Víctor con altanería.
—Por supuesto que no. Soy su prometido.
—Un prometido que la engaña con niñitas —soltó Víctor, haciendo eco de las cizañas que Melissa había sembrado.
—¡Yo no la engaño! Lo que tú... —Carlos estaba a punto de perder el control cuando el médico apareció con rostro grave.
—¿Qué pasa, doctor? ¿Cómo está ella? —preguntó Carlos ansioso, dando un paso al frente.
—Las heridas físicas cicatrizarán —explicó el médico—, y su brazo se recuperará bien. Pero hay algo que no acabo de entender por completo. Está consciente, pero no recuerda nada. No sabe su nombre, ni quién es ella... no recuerda absolutamente nada.
—¿Tiene amnesia? —preguntó Víctor, mientras una idea siniestra terminaba de cuajar en su mente.
—Me temo que sí, al inicio de los estudios se mostraba una conmoción cerebral y una lesión moderada del lóbulo temporal, por lo que intuimos la amnesia temporal, pero transcurridos dos días hemos descubierto que el golpe afectó su memoria de forma severa. No sabemos cuándo recuperará los recuerdos... o si lo hará alguna vez.
Esa noche, Alfonso y Luna llegaron al hospital para visitar a Mariana. Allí se encontraron con Carlos y Víctor.
—Carlos, te presento a Luna, la nueva psicóloga del colegio —dijo Alfonso—. Además, Luna es amiga personal de Mariana.
Carlos le estrechó la mano, aferrándose a cualquier halo de esperanza.
—Encantado, Luna. Quizás tú puedas ayudarla... tiene amnesia.
—¿Amnesia? —Luna palideció.
Víctor, incapaz de soportar la presencia de Luna y el peso del momento, se alejó rápidamente por el pasillo. Luna salió tras él de inmediato y lo alcanzó en una zona solitaria del hospital.
—No sabía que eras amigo de Mariana —dijo Luna, tomándolo del brazo.
—¿En qué idioma te hablo? —respondió Víctor, dándose la vuelta lleno de furia—. Te dije que no me molestaras.
—Víctor, por favor... Olvida todo y empecemos de nuevo. Te amo —ella intentó acariciarle el rostro, pero él se apartó violentamente, como si sus dedos quemaran.
—¿Que lo olvide todo? ¡Luna, por Dios! Te descubrí desnuda en mi casa, en mi cama y con mi mejor amigo. ¿Tienes algo con qué defenderte?
Luna rompió a llorar, deshecha.
—Fue un momento de debilidad... estoy profundamente arrepentida, perdóname. Por eso estoy aquí.
—Lamento que hayas perdido tu tiempo —sentenció Víctor con una voz fría como el hielo—. Jamás te voy a perdonar semejante traición.
Víctor se dio la vuelta y se marchó, dejando a Luna destrozada en mitad del pasillo.
Editado: 29.08.2026