Lecciones De Olvido

CAPITULO 8

En la habitación del hospital, el aire se sentía pesado. Mariana estaba sentada en la camilla, mirando sus manos como si fueran objetos extraños. Cuando Carlos entró, ella lo recibió con una distancia que le heló la sangre.

—Hola, Mariana. Mi nombre es Carlos, soy tu prometido.

—Hola —respondió ella, esquivando su mirada—. El médico dice que tengo amnesia.

—¿De verdad no recuerdas nada? ¿Ni el día en que nos hicimos novios?

—Solo recuerdo un caballo y tres personas... tú eras una de ellas. Lo demás es oscuridad. Si te entretiene contarme cómo nos conocimos, hazlo.

Carlos sintió el doloroso aguijonazo de su frialdad.

—No me entretiene, Mariana. Me interesa que recuerdes la verdad para que todo vuelva a ser como antes.

Días después, Mariana ya descansaba en su casa. Víctor estaba allí, aprovechando cada segundo de la ausencia de Carlos para mover sus piezas.

—Siento mucho no poder recordarte, Víctor —dijo Mariana, bajando la mirada con aflicción.

—Tranquila. Es normal... éramos amantes en secreto.

Mariana lo miró con horror.

—¿Amantes? Pero... Carlos dice que soy su prometida.

—Lo eres, pero solo por lástima. Unas semanas antes del accidente decidiste que ibas a romper con él para poder estar conmigo oficialmente. Me amabas a mí, Mariana.

—No puede ser... yo no estaría con alguien por lástima —murmuró ella, confundida por la aplastante seguridad con la que Víctor mentía.

—Lo hacías porque eres una buena persona, pero tu corazón me pertenece a mí —sentenció Víctor, sembrando la duda definitiva.

En el colegio, Víctor y Melissa terminaban de pulir los detalles de su alianza.

—¿Y qué gano yo con todo esto? —preguntó Melissa, cruzándose de brazos.

—A Carlos. Sin Mariana de por medio, él caerá en tus brazos. Solo tenemos que alimentar su amnesia con mentiras. El doctor dice que debemos llevarla a lugares que signifiquen algo... nosotros la llevaremos a sitios donde la confundiremos aún más.

—Cuentas conmigo —sonrió Melissa con malicia—. Haré que crea que soy su mejor amiga.

Esa misma tarde, Melissa tocó a la puerta de la casa de Mariana. Entró con una familiaridad invasiva y exagerada.

—¡Hola, Mariana! Soy Melissa, tu mejor amiga. ¿Cómo estás, linda?

—¿Mi mejor amiga? Carlos no me habló de ti... —dijo Mariana, extrañada.

—¡Ay, Carlos! Ese hombre siempre ocultando cosas. ¿Todavía sigues con él?

Mariana sintió que un nudo se le apretaba en el pecho.

—¿Por qué me preguntas eso? Víctor me dijo que yo iba a terminar con él...

Melissa fingió una expresión de profunda pena y la abrazó.

—¡Mariana! Es que... no es conveniente que te lo diga ahora. Pero sí, tenías razones de sobra para dejarlo. Lo mejor es que lo recuerdes tú misma.

—¡Dímelo, por favor! —suplicó Mariana, rompiendo a llorar desesperada—. Siento que camino a ciegas entre tinieblas. Se me vienen imágenes a la mente y no sé qué significan.

Melissa le secó las lágrimas con una sonrisa triunfal que Mariana no pudo ver.

—Tranquila, amiga. Yo te voy a ayudar a «recordar» todo lo que Carlos te oculta.

La situación se transformaba a pasos agigantados en un campo de batalla: Víctor buscaba poseer a Mariana y Melissa pretendía destruir la felicidad de Carlos. Y en medio del fuego cruzado, una Mariana sin recuerdos empezaba a creer que sus peores enemigos eran sus únicos salvadores.




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