Lecciones del Corazón

Confidencias en los pasillos

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El lunes siguiente amaneció con ese calor pegajoso que parecía venir incluido en el paquete de ser universitario en Managua. Aisha iba caminando por el pasillo con Camila, ambas cargadas de libros, y se quejaban como dos abuelas a las siete de la mañana.

—¡Ve, maje! ¿Quién inventó las clases a esta hora? —gruñó Camila, con el pelo recogido en un moño improvisado.
—Un sádico, fijo —respondió Aisha entre risas nerviosas.

Intentaba sonar tranquila, pero su mente no dejaba de repetir la escena de la tutoría. ¿Por qué demonios le había sonreído Eithan de esa forma? Y peor, ¿por qué ella todavía lo sentía en el pecho como un cosquilleo tonto?

Al doblar la esquina, casi chocan con un grupo de estudiantes que rodeaban a alguien en medio. No hizo falta mucho para saber quién era: Eithan Morales, con su mochila cruzada al hombro, rodeado de risas y halagos como si fuera un artista de cine.

Camila soltó un silbido bajito.
—Ahí está tu tutor. Mirá cómo brilla, parece anuncio de shampoo.

—¡Cállate! —susurró Aisha, apretándole el brazo—. Ni me está viendo.

Pero justo en ese instante, como si la vida fuera cruelmente irónica, Eithan levantó la vista y sus ojos se cruzaron. Su sonrisa cambió sutilmente, volviéndose más cálida.

—¡Aisha! —la llamó con naturalidad, como si la conociera de toda la vida.

Ella se quedó paralizada. Camila, en cambio, le dio un empujoncito.
—Andá pues, que el maje te está llamando.

—¡No, no, no…! —murmuró, pero ya era tarde. Eithan había caminado hacia ella, dejando atrás a su “séquito”.

—¡Qué bueno verte! —dijo con entusiasmo sincero—. ¿Cómo vas con los resúmenes de Anatomía?

Aisha tragó saliva.
—Bien… creo.

—Eso suena a “no entendí nada”. —Él soltó una risita, ligera, sin burla.

Camila aprovechó la distracción para excusarse:
—Bueno, yo me voy a buscar el aire acondicionado, porque me estoy friendo viva. Te veo en clase, Aish.

Y desapareció, dejándola sola con él. Maldita traición amistosa.

—Mirá —continuó Eithan, caminando a su lado—, si querés te puedo pasar mis apuntes. Los tengo ordenados por temas, hasta con dibujitos feos que hago yo.

Aisha lo miró incrédula. ¿El chico más popular ofreciéndole sus apuntes?
—No creo que sean feos.

—Te sorprenderías. Mi fémur parece un banano chueco. —Él lo dijo tan serio que Aisha soltó una risa sin poder contenerse.

El sonido llamó aún más la atención de Eithan. Era una risa suave, un poco tímida, pero auténtica. Y él sintió un calor extraño en el pecho, algo que ni las mejores notas en Medicina le habían provocado.

Llegaron al aula y antes de entrar, él se inclinó un poco hacia ella.
—Te espero en la próxima tutoría, ¿sí? —preguntó casi en confidencia.

Aisha no supo qué responder, solo asintió rápido y se metió en el salón como si huyera de un terremoto.

Dentro, Camila ya estaba sentada y la recibió con una sonrisita maliciosa.
—Contame, ¿qué fue esa plática con doctor sonrisa Colgate?

—Nada —respondió Aisha, roja como un tomate.

—Ajá… y yo soy la Virgen de Guadalupe.

La clase empezó, pero Aisha no escuchó nada. Sus apuntes se llenaban de garabatos mientras su mente repetía una y otra vez aquella sonrisa, aquella voz, aquel guiño accidental que había dejado su corazón latiendo demasiado fuerte.

Y sin saberlo, el primer rumor ya corría por los pasillos:
“Dicen que el Morales anda hablando con la de Enfermería, la gordita tímida…”

Pero para Aisha, lo único real era esa mezcla de miedo y emoción que empezaba a latir cada vez que lo veía.




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