Regresar a casa después de clases siempre era el mejor momento del día para Aitana. Saber que su madre la esperaba con los brazos abiertos le brindaba una paz inigualable. Desde que sus padres le confesaron que era adoptada, se habían esmerado en rodearla de una seguridad y un amor tan profundos que jamás le permitieron dudar de su lugar en el mundo.
—¡Mamá, ya llegué! —anunció nada más cruzar el umbral.
Lo habitual era que su madre saliera de la cocina a recibirla, pero esta vez hubo algo distinto: su padre también estaba allí. No era normal que él estuviera en casa a media tarde.
—Bienvenida a casa, cariño —saludó su madre con una chispa inusual en los ojos.
—Papá, ¿qué haces aquí tan temprano? —preguntó Aitana, acercándose para besarlo en ambas mejillas.
—Tu madre y yo tenemos una noticia que darte —respondió él, incapaz de ocultar su entusiasmo.
Aitana dejó su mochila a un lado y los observó con curiosidad.
—Por la sonrisa que tienen, imagino que son buenas noticias.
—Las mejores, hija.
—Soy todo oídos —dijo ella mientras saltaba para sentarse sobre la encimera. Alargó la mano hacia la cesta de mimbre y cogió una manzana roja, dándole un mordisco expectante.
—Nos mudaremos a París —soltó su madre, dejando que la emoción desbordara sus palabras.
Aitana casi se atraganta con la fruta.
—¡¿Qué?! —exclamó, con los ojos de par en par.
—Tu madre y yo trabajaremos para los Dampierre. Todo se lo debemos al señor Tolosa; él ha gestionado todo el contacto.
El señor Tolosa siempre había sido el ángel guardián de la familia, pero esto superaba cualquier expectativa. A Aitana le alegraba el éxito de sus padres, aunque la palabra “París” resonaba en su cabeza como un eco cargado de incertidumbre y aventura. Una nueva vida estaba a punto de comenzar.
—Tu padre será el jardinero de la mansión de los Dampierre y yo trabajaré en la cocina —añadió su madre, entrelazando las manos con ilusión.
—¿Qué te parece la idea, hija? —preguntó su padre, observándola con fijeza, buscando cualquier rastro de duda en su mirada.
Aitana sintió un nudo repentino en la garganta. Si les confesaba que la idea de abandonar su pequeño mundo la aterraba, ellos renunciarían a esa oportunidad de oro sin pensárselo dos veces. Sus padres siempre habían sacrificado todo por su bienestar; ella no podía ser la razón de que perdieran este sueño.
—Me parece bien, papá —mintió, forzando una sonrisa que esperaba pareciera genuina—. Si ustedes son felices, yo no tengo ninguna objeción.
«¿Qué tan malo puede ser?», se preguntó a sí misma, intentando autoconvencerse mientras se dejaba envolver por el cálido abrazo de su madre. «Solo serán nuevos compañeros y una ciudad diferente».
—Esperaremos a que termines el año escolar para marcharnos del pueblo —anunció su padre, relajando los hombros al ver su aceptación—. Así tendrás tiempo de sobra para despedirte de tus amigos.
Aitana asintió, aunque por dentro empezaba a sentir el peso de una cuenta atrás. París la esperaba, pero ella aún no sabía que su vida estaba a punto de cambiar de una forma que ningún libro de texto podría explicarle.
Un mes después
—Dijiste que tenían una hija, ¿verdad? —Antonella apenas podía contener su emoción.
La idea de tener a una joven en la casa la llenaba de una alegría que no lograba disimular; siempre había lamentado no poder tener hijos propios, y la llegada de la chica representaba una luz nueva en la mansión.
—Así es, amor, pero cálmate —se burló Orson con una sonrisa ladeada—. No querrás que salga corriendo nada más verte.
—Está bien, voy a tranquilizarme —prometió ella, aunque sus manos se movían inquietas sobre su regazo.
En ese momento, el timbre de la puerta resonó en el amplio vestíbulo. Antonella saltó del sillón como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
—¿Qué decías? —murmuró Orson, divertido por la reacción de su esposa.
Sin embargo, su diversión se evaporó en un segundo. Cuando los nuevos empleados entraron al salón acompañados por su hija, el corazón de Orson dio un vuelco. Había algo en la joven —en su postura, en la chispa de su mirada— que despertó en él un sentimiento de ternura y protección tan repentino que lo dejó sin aliento.
—Gracias por darles empleo a mis padres, señor y señora Dampierre —expresó Aitana con una gratitud genuina, después de que sus padres terminaran las presentaciones de rigor.
—Para nosotros es un placer —soltó Antonella, acercándose a ella con calidez—. Y no seas tan formal, bonita; puedes llamarme por mi nombre de pila.
—No creo que sea lo correcto, señora —indicó Aitana, bajando la vista un poco apenada. La elegancia del lugar la intimidaba más de lo que quería admitir.
—Tonterías, no soy tan anticuada —insistió Antonella con un gesto despreocupado—. Además, quiero que seamos amigas.
—Está bien —accedió la joven, regalándole una pequeña sonrisa.