Chlóe no se molestó en ocultar su sonrisa de satisfacción al cruzar las puertas de la escuela Lefebvre. Disfrutaba sentir cómo las miradas se posaban sobre ella, cargadas de envidia o de un deseo desesperado por recibir una pizca de su atención. Como la chica más popular del instituto, sabía que todos darían lo que fuera por formar parte de su exclusivo círculo.
«Pobres... Si supieran que no cualquiera tiene el privilegio de estar cerca de mí», pensó con suficiencia mientras caminaba por el pasillo como si fuera una pasarela.
—Mira, Chlóe, ahí está tu príncipe —le susurró Tamara al oído, señalando hacia el fondo del corredor.
El corazón de Chlóe dio un vuelco y empezó a latir a toda prisa. Dean estaba allí, y lucía incluso más guapo que el año anterior; el viaje a Suiza le había sentado de maravilla, dándole un aire de madurez que la dejó sin aliento.
—¡Dean! Me alegra tanto volver a verte —exclamó antes de lanzarse a sus brazos para besarlo en ambas mejillas.
Haber pasado todas las vacaciones sin él había sido una auténtica tortura. Ahora que estaban de regreso, sentía que el mundo volvía a estar en orden.
—Eso veo, Chlóe —respondió Dean con voz monótona, apartándola con suavidad, pero con firmeza.
Le fastidiaba que la hermana de su mejor amigo se comportara como si fuera su sombra. Para él, su insistencia era tan irritante como el zumbido de una mosca que no se decide a marchar.
—Imagino que estuviste demasiado ocupado durante las vacaciones y que por eso no respondiste a mis llamadas —aventuró Chlóe, tratando de restarle importancia al desplante con una sonrisa ensayada.
—¿Cuándo entenderás que no le gustas a Dean, Chlóe? Por eso no te contestó —soltó Rhys sin anestesia.
Admiraba la paciencia de su amigo; él mismo no entendía cómo Dean lograba soportar a su hermana sin perder los estribos.
—¿Por qué no dibujas un agujero en la pared y te pierdes en él, Rhys? —replicó ella, fulminándolo con la mirada. Estaba visiblemente molesta por la interrupción.
—Créeme, si pudiera hacerlo, ya me habría marchado. No hay quien te aguante —respondió él con el mismo tono afilado.
Dean apretó el hombro de su amigo en un gesto mudo para tranquilizarlo. Sabía que la relación entre los hermanos era una cuerda tensada al máximo, especialmente desde que Chlóe manipuló a sus padres para que la adelantaran un año de curso. Todo lo que ella se antojaba, sus padres se lo entregaban en bandeja de plata.
Chlóe le dedicó una última mirada cargada de veneno a su hermano antes de volver a centrar toda su atención en Dean. No permitiría que el pesimismo de Rhys arruinara su felicidad ahora que por fin lo tenía cerca.
—¿Podemos sentarnos juntos este año, Dean? —insistió Chlóe, intentando sujetarlo del brazo, pero él se apartó con un movimiento seco. Siempre era lo mismo; llevaba un año entero lidiando con su acoso constante.
—Lo siento, Chlóe, pero al igual que el año pasado, me sentaré con Rhys —respondió él con frialdad antes de enfilar hacia el salón.
—Suerte para la próxima, rubia —le soltó Bahir, guiñándole un ojo con ironía antes de seguir a sus amigos.
Chlóe apretó los puños, tragándose las ganas de maldecir a su propio hermano. Para ella, Rhys siempre había sido el principal obstáculo entre su corazón y el de Dean.
—No les prestes atención, amiga. Todos sabemos que, tarde o temprano, Dean y tú terminarán juntos —la consoló Tamara en voz baja.
—Tamara tiene razón. Ustedes están hechos el uno para el otro —agregó Maia, asintiendo con convicción.
—Eso lo sé perfectamente. Ninguna chica en esta escuela puede competir conmigo —declaró Chlóe, recuperando su aire de superioridad—. Ahora entremos, no quiero perder más tiempo.
Dentro del aula, el ambiente entre los chicos era mucho más relajado.
—Te ves muy animado, Dean. ¿Sucedió algo que deba saber? —le preguntó Rhys, extrañado por la expresión de su amigo.
—Nuestro querido amigo se topó esta mañana con una chica que, por fin, lo puso en su lugar —reveló Ian con una sonrisa divertida.
—¡Estás de broma! —exclamó Rhys, abriendo los ojos de par en par.
—Ian dice la verdad —confirmó Bahir, aún disfrutando del recuerdo.
—Qué mal que me lo perdí... Me hubiera encantado ver esa escena con mis propios ojos.
—No es para tanto —declaró Dean, restándole importancia al asunto con un gesto despreocupado.
Sus amigos intercambiaron miradas cómplices. Sabían que mentía. Dean era el típico chico popular acostumbrado a ser el cazador, no la presa. Encontrar a alguien que no solo no lo persiguiera, sino que lo desafiara, era la novedad que necesitaba para que el curso no fuera un total aburrimiento.
—Miren quién regresó —exclamó Chlóe, captando la atención de todo el salón—. Pensé que nuestra chica sosa no tendría el valor de volver a poner un pie en la escuela.
—No quiero problemas, Chlóe —murmuró Gala, bajando la cabeza.
El año pasado había sido un infierno para ella; Chlóe y su séquito se habían encargado de que cada día fuera una lucha por sobrevivir a sus burlas.