Lefebvre

Capítulo 4

—Esas chicas son unas psicópatas —soltó Paula en cuanto pusieron un pie en la cafetería.

Aitana esbozó una pequeña sonrisa; pensaba exactamente lo mismo. La primera impresión que le habían dejado Chlóe y su séquito le había provocado un sabor de boca amargo. Era evidente que estaban acostumbradas a pisotear a cualquiera que no estuviera a su nivel.

—Lo mejor es que se mantengan alejadas de ellas —aconsejó Gala, con la mirada fija en el borde de la mesa, evitando encontrarse con los ojos de nadie.

—¿Por qué les tienes tanto miedo? —la interrogó Aitana, observándola con atención.

No era solo una suposición. Durante la clase, se había percatado de cómo Gala se tensaba cada vez que Chlóe o alguna de sus acólitas la escaneaban con la mirada.

—El año pasado... en el viaje de fin de curso, Chlóe y sus amigas me... me cortaron el cabello —confesó Gala, bajando la mirada por la vergüenza.

El recuerdo la golpeó con fuerza. Estaba en una zona apartada de la playa, concentrada en recoger caracolas, cuando Tamara y Maia la sujetaron por los brazos. No pudo defenderse mientras Chlóe y Adara descargaban su odio sobre su melena.

—¿Y tus amigas? ¿Por qué no te ayudaron? —preguntó Laia, con una expresión de horror absoluto.

—No tenía amigas. Ustedes... son las primeras que tengo —admitió, y el peso de la humillación la hizo encogerse de hombros—. Nadie quiere juntarse con una perdedora como yo.

Paula, Aitana y Laia compartieron una mirada cargada de rabia contenida. Estaba claro: aquellas chicas no solo le habían cortado el pelo; se habían encargado de demoler su confianza hasta dejarla en ruinas.

—No eres una perdedora, Gala. Solo no eres una víbora como ellas —sentenció Aitana, apretándole la mano con firmeza—. Eres una chica dulce, y por eso mismo, a partir de ahora ya no estarás sola.

—Aitana tiene razón: nos tienes a nosotras —la animó Paula con una sonrisa.

—Gracias, chicas —susurró Gala, con los ojos empañados.

—Esta escuela es un auténtico manicomio —suspiró Laia, logrando romper la densa tensión que se había instalado en la mesa.

—¿Qué les parece si tomamos algo para celebrar el comienzo de nuestra amistad? —sugirió Paula, entusiasmada.

—¡Es una idea excelente! —exclamaron Aitana y Laia al unísono.

—Yo invito —intervino Gala tímidamente—. Quiero agradecerles por... por querer ser mis amigas.

Las chicas aceptaron de inmediato; sabían que, si se negaban, ella se sentiría rechazada de nuevo. Mientras esperaban sus cafés au lait y unos croissants crujientes, el ambiente entre ellas cambió por completo. Los minutos de espera se convirtieron en la oportunidad perfecta para dejar de lado las apariencias y empezar a descubrir quién era cada una.

—Acabamos de volver de Inglaterra —explicó Paula, rompiendo el hielo mientras jugueteaba con una servilleta de papel—. Estudiábamos en un internado para señoritas, pero nuestros padres decidieron que ya era hora de regresar a casa. Por eso nos inscribieron aquí.

—Nuestras madres son gemelas y ambas trabajan en la industria del entretenimiento —intervino Laia, restándole importancia con un gesto.

—Y nuestros padres son socios; están metidos en el negocio de las telecomunicaciones —añadió Paula.

Gala abrió mucho los ojos, procesando la información.

—Un momento... ¿Sus padres son los dueños de CAVI? —preguntó, casi sin aliento.

Las chicas asintieron con naturalidad. No era un secreto, pero tampoco les gustaba presumir de ello; la empresa de sus padres era la número uno en su campo a nivel mundial.

—Mi familia está en el mundo de la moda. Mi padre es el dueño de Fulcro Textil y mi madre es Catherine Chevalier —confesó Gala.

Ser la hija de una prestigiosa diseñadora y exmodelo era como cargar con una cruz. Cada vez que asistía a un evento con sus padres y hermanos, se sentía como el patito feo que arruinaba la estética perfecta de la familia.

—Tu madre es una leyenda en la alta costura —declaró Laia, genuinamente impresionada.

—Eso dicen —respondió ella con una humildad que rozaba la inseguridad.

Tras escuchar el nivel de riqueza de sus nuevas compañeras, Aitana se sintió cohibida por primera vez en su vida. Nunca antes había tratado con personas que tuvieran tanto dinero. En su antigua escuela, sus amigas a menudo tenían que contar las monedas para completar el pasaje del autobús.

—¿Y qué hay de tu familia, Aitana? —la interrogó Paula con curiosidad.

—Mi familia es humilde. Mi padre es jardinero y mi madre empleada doméstica —respondió con sinceridad—. Nos acabamos de mudar a la ciudad por el nuevo trabajo de mis padres.

—Entonces eres becada —dedujo Gala, y Aitana asintió.

—Así es.

—Eso significa que eres brillante, porque los estándares de esta escuela son altísimos —comentó Laia con genuina admiración.

—¿No les importa? —quiso saber Aitana, buscando algún rastro de rechazo—. Que sea becada y que mis padres sean trabajadores humildes...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.