Lefebvre

Capítulo 5

Chloé observaba la escena entre Dean y Aitana desde la distancia. La familiaridad con la que se trataban no le gustaba en absoluto. Dean estaba destinado a estar con ella; no iba a permitir que una aparecida le robara la atención del chico del que llevaba años enamorada.

​—No soporto a ninguna de esas chicas —resopló Tamara, cruzándose de brazos.

​—Tengo que admitir que a mí tampoco me caen bien. Solo mira a los chicos, parecen estar divirtiéndose demasiado —agregó Maia con amargura.

​—¿Saben a qué familia pertenecen las nuevas? —preguntó Chloé, sin apartar la vista de su objetivo.

​—Ni idea —respondieron Tamara y Maia al unísono.

​—Pero es obvio que sus padres tienen dinero; de lo contrario, no estarían en esta escuela —sentenció Maia.

​—Entonces tendremos que averiguar de dónde vienen —sugirió Chloé con una sonrisa gélida.

​—¿Qué tienes en mente?

​Tamara lo sabía: cuando algo se le metía en la cabeza a Chloé, ella no descansaba hasta conseguirlo.

—Ya lo verán —sentenció antes de girarse sobre sus talones.

Solo había un lugar donde podía encontrar todas las respuestas que necesitaba: la oficina del director. Con paso firme y el rostro cargado de determinación, se encaminó hacia el ala administrativa, seguida de cerca por Tamara y Maia, quienes intercambiaban miradas de nerviosismo y complicidad.

«Veamos qué sorpresas nos tienes, mi querida Aitana», pensó Chloé mientras sus dos seguidoras le pisaban los talones.

Por otro lado, la conversación entre los chicos continuaba.

—Nosotros también podríamos reunirnos en tu casa, Aitana. Claro, si no tienes ningún inconveniente —se apresuró a decir Dean.

—Por mí está bien.

—Perfecto. ¿Quieres que nos vayamos juntos o prefieres que tu chofer te lleve? —Dean rogaba internamente para que aceptara; cualquier minuto extra a su lado valía oro.

No entendía qué le estaba pasando con ella. Era la primera vez que anhelaba con tanta desesperación pasar tiempo con una chica, una chispa que lo consumía y que, sin saberlo, estaba a punto de convertirlo en el centro de los juegos de Chloé.

—No tengo chofer —contestó Aitana con naturalidad.

—¡Tienes tu propio auto! —exclamó Ian, arqueando una ceja por la sorpresa.

—¡En absoluto! Solo uso el autobús, como todos los mortales.

—¿Por qué harías algo así? —quiso saber Bahir, incapaz de procesar la idea de esperar en una parada.

—Creía que la respuesta era obvia: no pertenezco a su misma clase social. Soy becada.

El silencio que siguió a sus palabras fue breve, pero pesado. Rhys, sin embargo, no pudo evitar una sonrisa al escucharla; esa chica le caía cada vez mejor. De haber podido elegir, le habría encantado tener una hermana con esa misma honestidad.

—Eso quiere decir que eres muy inteligente, Aitana. No hay muchos becados en este colegio —la elogió Rhys con sinceridad.

—No me iba nada mal en mi antigua escuela, pero aquí... no sé si podré conservar la beca —admitió ella con humildad.

—Estoy seguro de que lo conseguirás —afirmó Dean, mirándola fijamente.

—Gracias.

Aitana sintió un alivio cálido en el pecho; se sentía bien saber que esos chicos, a pesar de su dinero, la trataban como a una igual.

—Veo que no les importa que mi amiga sea becada —susurró Gala, casi para sí misma.

—No somos unos snobs, ratoncillo —soltó Rhys con una sonrisa juguetona mientras le revolvía el cabello con afecto.

El rostro de Gala se encendió de inmediato. El pulso se le disparó y sintió un cosquilleo eléctrico justo donde él la había tocado.

«Rhys acaba de tocarme la cabeza», caviló emocionada, incapaz de ocultar su sonrojo.

Los amigos de Rhys lo miraron divertidos; no tenían idea de qué le pasaba para que le hablara a Gala de aquella manera tan inusual en él. El sonido del timbre rompió el momento, disipando la atmósfera de timidez que se había instalado entre ellos.

Mientras tanto, en otra ala del edificio, la tensión era de una naturaleza muy distinta.

—No puedo creer que estés a punto de entrar a la oficina del director —murmuró Tamara, mirando nerviosa a los lados.

—Es la única manera de encontrar la información que requiero.

—El director acaba de marcharse —anunció Maia, tras vigilar el pasillo.

—Ya saben lo que tienen que hacer. Si el director o algún maestro se acerca, avísenme de inmediato.

—Lo tenemos claro —respondieron al unísono, justo antes de que Chloé se deslizara al interior del despacho.

—Roguemos porque no nos atrapen, o nos expulsarán —susurró Tamara, sintiendo que el corazón le martilleaba en el pecho.

Dentro de la oficina, una sonrisa triunfal iluminó el rostro de Chloé al ver lo que tenía delante: sobre el escritorio, como servidas en bandeja de plata, descansaban tres carpetas. Sin perder tiempo, empezó a revisarlas. Tras unos minutos, descubrió que Paula y Laia eran primas y que procedían de una prestigiosa escuela para señoritas en Londres.




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