Lefebvre

Capítulo 6

Dean estaba encantado de llevar a Aitana a casa; su nueva compañera de clase había despertado en él un interés inusual, casi magnético.

​—¿Cuánto tiempo llevas viviendo en la ciudad? —preguntó Dean, con una curiosidad que apenas lograba disimular. Quería saberlo todo de ella.

​—No mucho, acabamos de mudarnos —respondió ella, midiendo sus palabras.

​—Supongo que tuvo que ser difícil despedirte de tus amigos.

​Dean no podía imaginarse lejos de Rhys, Ian y Bahir. Ellos no eran solo sus amigos; eran su círculo, su guardia personal. Se conocían desde niños y habían navegado juntos por los estrictos pasillos de la academia, compartiendo desde castigos hasta veranos enteros. No conocía una vida en la que ellos no estuvieran a su lado.

—Sí, pero a veces hay que hacer sacrificios para ver felices a los demás.

Aunque le había dolido dejar atrás su vida, Aitana no se arrepentía. Sus padres estaban radiantes y ella, después de todo, había logrado encontrar buenos aliados en el camino. No todo era tan malo como imaginó al principio.

La respuesta cautivó a Dean. Estaba acostumbrado a tratar con chicas frívolas, herederas que solo sabían mirarse al espejo o contar los seguidores en sus redes. Aitana era diferente; tenía profundidad.

—Creo que aprenderé muchas cosas de usted, señorita Meier —señaló Dean con una sonrisa ladeada, mientras detenía el coche frente a la imponente verja de la mansión.

Mientras esperaba a que el guardia de seguridad autorizara el acceso a la propiedad, Dean aprovechó para enviarle un mensaje rápido a su madre: llegaría tarde a casa.

—Bienvenida a casa, señorita —saludó el guardia con una breve inclinación antes de franquearles el paso.

La naturalidad con la que Aitana trataba a todo el mundo resultaba refrescante para Dean. Ella no se quejaba ni miraba a los demás por encima del hombro; simplemente trataba a todos con una igualdad que, en su mundo de jerarquías rígidas, era casi revolucionaria.

—Mamá, ya estoy aquí.

—Oh, cariño, bienvenida —Lucía recibió a su hija envolviéndola en un abrazo y llenándola de besos.

—¿Y para mí no hay abrazo? —preguntó Antonella, con una sonrisa radiante.

—Por supuesto que sí.

Aitana se acercó a ella con afecto y la saludó con dos besos en las mejillas, siguiendo la refinada costumbre francesa.

—Dean, querido, qué sorpresa tenerte aquí —exclamó Antonella al percatarse de su presencia—. ¿Por qué no me avisaste que vendrías?

—¿Se conocen? —preguntó Aitana, alternando la mirada entre ambos, confundida.

—Es mi sobrino. Su madre y yo somos hermanas —respondió Antonella con naturalidad.

Aitana no pudo ocultar su asombro. Nunca se le pasó por la mente que su nuevo compañero de clase y la jefa de su madre compartieran un vínculo de sangre tan estrecho.

—¿Por qué no me lo dijiste? —Aitana lo fulminó con la mirada, esperando una explicación.

—Te juro que no tenía ni idea de que esta era la casa de mis tíos —se defendió él.

La expresión de Aitana lo hizo sonreír; era una de esas miradas cargadas de escepticismo que gritaban: «¿Acaso me ves cara de tonta?»

—Mi sobrino dice la verdad, Aitana —intervino Antonella con elegancia—. Mi marido y yo nos mudamos recientemente. Como Dean estaba fuera del país pasando las vacaciones, aún no había tenido oportunidad de conocer nuestra nueva residencia.

—Y yo que estaba preocupada por si le molestaba que un compañero viniera a casa para estudiar —admitió la chica, soltando un suspiro de alivio.

—No tengo ningún problema con que traigas a tus amigos; al contrario, me encanta que la casa esté llena de vida. De hecho, pueden usar la biblioteca si lo desean.

—Muchísimas gracias. —Aitana se acercó a ella y volvió a besarla en ambas mejillas—. Es usted la mejor.

Lucía, la madre de Aitana, observaba la escena en silencio. No se le pasó por alto el brillo de alegría en los ojos de su patrona. Era evidente que la llegada de su hija a aquella mansión estaba llenando de color la vida de Antonella.

—Dean, te presento a mi madre, Lucía Meier.

—Un placer conocerlo, joven —dijo Lucía, extendiéndole la mano con sencillez.

—El placer es mío, señora. Y por favor, llámeme Dean —respondió él, estrechando su mano con una cortesía impecable.

Antonella observó a su sobrino con detenimiento. Aquella actitud le resultaba fascinante, casi desconocida; por lo general, Dean era un chico distante, blindado por una frialdad que pocos lograban traspasar.

«Esto sí que es interesante», pensó Antonella para sus adentros, con una chispa de curiosidad en la mirada.

********

Gala todavía no procesaba que Rhys estuviera allí, en su propia casa, y mucho menos que se hubiera atrevido a tomarla de la mano en la escuela. La imagen de ambos caminando juntos había sido el centro de todas las miradas; estaba segura de que ese sería el único tema de conversación en los pasillos del Lefebvre durante semanas.




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