Dean se despidió de sus tíos con una sonrisa difícil de ocultar. La tarde en la mansión junto a Aitana había sido reveladora y el descubrimiento lo traía por las nubes: la chica que le gustaba vivía en casa de su tía. El escenario era perfecto. Ya no tendría que inventar excusas extrañas para verla; a partir de ahora, sus encuentros serían parte de la rutina familiar, eliminando cualquier sospecha de que la estaba persiguiendo.
—Sí que soy un chico con suerte —susurró para sí mismo.
—No sabía que el chico mimado hablaba solo —soltó Aitana, tomándolo por sorpresa.
—Ni yo que la chica atrevida deambulara en la oscuridad como un fantasma.
Aitana esbozó una sonrisa ladeada. Acababa de soltar las bolsas de basura cuando lo vio salir de la casa principal, envuelto en ese aire de heredero que tanto le gustaba cuestionar. No pudo evitarlo; la oportunidad de pincharlo un poco era demasiado tentadora como para dejarla pasar. Mientras se sacudía las manos en los jeans, lo observó con una chispa de travesura, disfrutando de la sorpresa que Dean intentaba ocultar tras su fachada impecable.
—Venía de tirar la basura cuando te vi, así que decidí acercarme —explicó ella con naturalidad.
—Ya entiendo. No querías que me marchara sin despedirme, ¿cierto? —la molestó él, con una chispa de suficiencia.
—Eres demasiado engreído, chico mimado. Déjame decirte que no eres el ombligo del mundo.
—¡Auch! Acabas de herir mi frágil ego, chica atrevida —dramatizó, fingiendo una mueca de tristeza.
Ambos se quedaron en silencio, sosteniéndose la mirada durante un largo rato. De forma inesperada, el ambiente se había cargado con una tensión que ninguno de los dos supo cómo romper.
—Nos vemos mañana, chico mimado —soltó Aitana de manera apresurada antes de salir huyendo.
Al entrar en la cocina, se reprendió mentalmente. Se había comportado como una tonta y ahora Dean tendría motivos suficientes para sospechar que la afectaba mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Nos vemos mañana, chica atrevida —murmuró Dean a la nada.
«Así que te pongo nerviosa, Aitana», pensó con una sonrisa mientras subía a su auto.
—Cariño, creo que a Dean le gusta Aitana —soltó Antonella al salir del cuarto de baño.
Orson observó a su esposa desde la cama. Al parecer, su mujer empezaba a encontrar, después de mucho tiempo, un nuevo motivo para vivir.
Desde que Antonella descubrió que nunca podría tener hijos, su mundo se había derrumbado; pero la llegada de Aitana le estaba devolviendo, poco a poco, la razón para volver a ser la mujer feliz de antes.
—¿Estás segura de ello, amor? —Orson dejó a un lado el libro que estaba leyendo para centrar toda su atención en ella.
—Por supuesto. Soy mujer y sé perfectamente de lo que hablo; ese chico hoy parecía otro.
—Yo lo vi igual que siempre —replicó él, restándole importancia.
Antonella cerró los ojos y suspiró. Los hombres, aunque tuvieran las señales justo frente a sus narices, eran incapaces de verlas.
—Tengo que admitir que eres un caso perdido. Aunque mi sobrino hubiera llevado un cartel de neón pegado en la frente, no te habrías percatado —resopló ella mientras se acomodaba a su lado en la cama.
—Es que yo solo tengo ojos para mi amada esposa —la interrumpió él, rodeándola con sus brazos. El beso que le dio a continuación logró arrancarle una sonrisa.
Antonella se había convertido en su salvación. La maldad de una mujer de su pasado estuvo a punto de destruirlo, pero el amor puro que su esposa despertó en él había logrado sanar casi todas sus heridas.
Casi todas. Solo había una que seguía abierta; una que no se cerraría hasta que encontrara la respuesta que llevaba años atormentándolo.
Al día siguiente, el ambiente en la propiedad era caótico. El despertador de Aitana no había sonado y, para cuando abrió los ojos, el sol ya se filtraba con demasiada insistencia por las cortinas.
—¡Mamá, papá, Antonella! Me voy a la escuela, ¡nos vemos más tarde! —gritó Aitana, saliendo de la cocina a toda prisa con la mochila al hombro y el eco de su propia energía llenando el servicio.
—¡Cuídate! —le devolvió el grito su madre.
—A esta niña parece que se le olvidó que no estamos en nuestra casa —suspiró Martín, apenado.
—No te preocupes, Martín. No tenemos ningún problema con la actitud de Aitana —lo tranquilizó Antonella con una sonrisa.
—Aun así, no queremos abusar de su amabilidad, señora.
—Ya escuchaste a mi mujer, Martín —intervino Orson—. No nos molesta que tu hija desborde su energía adolescente en nuestra casa; al contrario, nos sentimos honrados de que le dé vida a esta mansión.
—Muchísimas gracias a ambos. Mi esposa y yo estamos tan viejos que a veces olvidamos que esa chiquilla rebosa energía.
—Yo no diría que están viejos —replicó su jefa con amabilidad—. Todo lo contrario, están en su mejor momento.
El comentario de Antonella hizo sonreír a Martín, quien se retiró a sus labores después de aquella breve charla.