Lefebvre

Capítulo 8

Chlóe se puso en pie en cuanto vio a Aitana entrar al salón; estaba lista para desenmascararla delante de todos. Dean estaba a punto de descubrir que esa chica no era más que basura, alguien que no estaba, ni de lejos, a su altura.

​—¡Atención todos! Tengo un anuncio que hacer —exclamó Chlóe, logrando que cada mirada en la habitación recayera sobre ella.

​—¿Y ahora qué se traerá entre manos? —murmuró Bahir, frunciendo el ceño.

​—Estamos por descubrirlo —respondió Ian, con la vista fija en la escena.

​—En esta clase hay una impostora —declaró Chlóe, clavando sus ojos en Aitana—. Les presento a la verdadera Aitana: la hija de una vulgar cocinera y un jardinero. Nos mintió a todos; fingió estar a nuestro nivel solo para ser aceptada.

​Los murmullos de sorpresa no se hicieron esperar. El aire en el salón se volvió pesado y, en un segundo, las miradas de admiración de sus compañeros se transformaron en gestos de absoluto desprecio.

​—Qué horror... Jamás esperé tener que respirar el mismo aire que una muerta de hambre —soltó Maia con una mueca de asco.

​—Es inaudito lo que esta chica hizo —añadió Tamara, señalándola con el dedo como si fuera algo contagioso.

​—Me preocupa ver que la escuela está bajando sus estándares y ha empezado a recibir basura —continuó otra voz entre el tumulto.

​—¿Qué esperas ganar con todo esto, Chlóe? —la interrogó Dean. Su voz sonaba gélida; la actitud de la hermana de su amigo lo irritaba profundamente.

​—Solo quería desenmascarar a esta mentirosa y mostrarte lo falsa que es —respondió ella, altiva.

​—Déjame decirte, hermanita, que acabas de hacer el ridículo. Dean ya lo sabía —se burló Rhys, soltando una carcajada seca.

​Chlóe miró a su hermano con absoluta incredulidad. Lo que el pesado de Rhys decía no podía ser cierto; tenía que estar mintiendo para salvarla.

​Aitana apretó los labios, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no sonreír. Las palabras de esas tres no eran más que ruido; por lo visto, sus cerebros eran más pequeños que una semilla de nuez.

—Si pretendías humillarme por ser pobre, déjame decirte que perdiste tu tiempo, Chlóe. No me avergüenzo de mis padres ni de mi origen humilde —declaró, manteniendo la frente en alto—. Y respondiendo a tus acusaciones, no es mi culpa que ustedes tres tengan el cerebro tan pequeño. Jamás dije que fuera rica; ustedes solas saltaron a esa conclusión.

​Aitana hizo una pausa, recorriéndolas con una mirada carente de emoción antes de rematar:

​—Ah, y respecto a lo que dijiste sobre la basura en esta escuela... tienes razón. Ustedes tres son el ejemplo más claro.

​Gala soltó un gemido ahogado al escucharla, mientras que Paula y Laia ocultaron una sonrisa de satisfacción. Su amiga sabía defenderse, y lo hacía con una precisión fría y exacta.

​El rostro de Chlóe se encendió, pasando de la sorpresa a una ira roja y palpitante. Estaba decidida a demostrarle a esa idiota que nadie jugaba con ella y salía ileso.

—Eres una atrevida, Aitana. Por eso voy a enseñarte quién manda aquí —sentenció Chlóe, alzando la mano para cruzarle la cara, pero Dean la atrapó en el aire antes de que pudiera tocarla.

​—Cuida lo que haces, Chlóe —le advirtió él, con una voz cargada de peligro, antes de soltarla con brusquedad.

​—No puedo creer que defiendas a esta aparecida —soltó ella, con la voz quebrada por el dolor y la humillación—. ¿Acaso no te importa que sea una muerta de hambre?

​—De hecho, no. Y te agradecería que dejaras de molestarla —sentenció Dean. Sus palabras no eran una petición, sino una advertencia silenciosa que helaba la sangre.

​—Es hora de que conozcas cuál es tu lugar, Chlóe —le aconsejó Rhys, interviniendo con cansancio.

​—¡Tú cállate! —exclamó ella, fuera de sí.

​Rhys observó a su hermana con una mezcla de lástima e irritación. Estaba harto de esa actitud de diva; Chlóe siempre había sido una niña malcriada, y sabía perfectamente que sus padres eran los únicos responsables de haber alimentado a ese monstruo de ego.

​—Lamento que tengas una hermana así, Rhys. Son tan diferentes que me cuesta creer que por sus venas corra la misma sangre —señaló Aitana, con una mezcla de sinceridad y compasión.

​—No eres la única que lo lamenta —suspiró él, con amargura—. A diario me pregunto qué hice mal en otra vida para tener una hermana como ella.

​Chlóe tomó aire, lista para soltar una última dosis de veneno, pero la profesora entró al salón en ese preciso instante, poniendo un fin abrupto a la discusión. El silencio cayó sobre el aula, pero la tensión seguía vibrando en el aire.

​«Veremos quién ríe al último, Aitana», pensó Chlóe, mientras clavaba sus uñas en las palmas de sus manos. Esto no se quedará así.

​—Me alegro de que Dean se haya interpuesto entre Chlóe y tú —susurró Gala, inclinándose hacia ella mientras la clase comenzaba—. De lo contrario, estoy segura de que esa loca te habría golpeado.

​—Parece que Chlóe tiene serios problemas psicológicos —respondió Aitana en el mismo tono.




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