Lefebvre

Capítulo 9

La conversación de los chicos se cortó en seco en cuanto las chicas aparecieron. Todas, a excepción de Aitana, lucían sus trajes de baño.

​—¿Por qué no te has cambiado? —le preguntó Bahir, acercándose a ella.

​—No sabe nadar —se adelantó Gala, respondiendo por su amiga.

​Aitana guardó silencio, recorriendo sus rostros con la mirada mientras esperaba la reacción de los demás. Estaba segura de que se burlarían; de que la señalarían por ser así de patética.

​—Tendremos que resolver ese problema, entonces.

​Rhys le revolvió el cabello con cariño, un gesto protector, casi como el de un hermano mayor con su hermana pequeña.

​Ese movimiento, tan simple e inocente, encendió una chispa inexplicable en su interior. Por alguna extraña razón, Aitana sintió una conexión profunda con él; no se trataba de algo romántico, sino de un vínculo distinto, algo tan intenso que todavía no alcanzaba a comprender.

​—No te preocupes, Rhys. Nosotras nos ofrecimos a ser sus maestras de natación —le comunicó Laia con una sonrisa cómplice.

​—¿Podemos apuntarnos a la clase nosotros también? —intervino Ian, poniendo su mejor mirada de cachorro.

​—Buen intento, amigo, pero la respuesta es no —se burló Paula, cortando sus esperanzas de golpe.

​—Eres una bruja.

​En respuesta, Paula le lanzó un beso al aire, provocando las risas de los demás.

​Mientras el grupo bromeaba, Chlóe observaba a Aitana con un odio silencioso. La muy muerta de hambre pasaba todo el tiempo pegada a Dean como una garrapata. Su nueva compañera de clase se había convertido en una piedra en su zapato; una que pensaba patear muy pronto.

​—Acérquense todos —ordenó el profesor.

​Una sonrisa maliciosa curvó los labios de Chlóe. Su oportunidad de humillar a la mosquita muerta de su compañera acababa de presentarse. Aitana estaba de pie cerca del borde de la piscina, algo apartada del grupo. Aprovechando que todos estaban distraídos, Chlóe se deslizó a sus espaldas y, con un movimiento seco, la empujó al agua.

​Aitana contemplaba la inmensidad de la piscina, preguntándose qué se sentiría estar allí dentro, cuando un golpe en su espalda la lanzó al vacío. No tuvo tiempo de reaccionar. El agua fría la envolvió de golpe y la angustia la asfixió antes que el propio líquido; el pánico había paralizado sus cuerdas vocales, impidiéndole soltar siquiera un grito.

​«No quiero morir así», pensó desesperada mientras agitaba brazos y piernas en un intento inútil por salir a flote.

​El estrépito de alguien cayendo al agua hizo que Dean girara la cabeza. Al reconocer a Aitana, el corazón le dio un vuelco. La expresión de puro terror en el rostro de la chica antes de ser tragada por la superficie lo dejó sin aliento.

​—¡Aitana se ahoga! —gritó, corriendo hacia el borde antes de saltar al vacío.

​Sus amigos lo siguieron de cerca, en shock, incapaces de procesar cómo un momento de calma se había transformado en una tragedia.

Chlóe apretó los dientes, furiosa. No podía dar crédito a la suerte que tenía esa maldita perra.

​Aitana luchó con todas sus fuerzas para no perder el conocimiento, pero la batalla estaba perdida de antemano. La falta de oxígeno y el terror absoluto terminaron por arrastrarla a la oscuridad; sus pulmones ardieron una última vez antes de que el mundo se apagara.

​Dean, con la ayuda de Rhys, consiguió sacarla de la piscina. Apenas la depositaron en el suelo, él se arrodilló a su lado y comenzó las compresiones de pecho con movimientos frenéticos pero precisos. El rostro de Aitana estaba tan pálido que Dean sintió un frío glacial recorriéndole la espalda; el temor de no haber llegado a tiempo lo golpeó con violencia.

​—No te vayas, Aitana. Vamos... —susurró entre dientes antes de sellar sus labios con los de ella para insuflarle aire.

​Ignorando el nudo en su garganta, Dean continuó con el ciclo: compresiones, aire, compresiones. Pasaron varios minutos que parecieron siglos, hasta que, de pronto, el cuerpo de Aitana se convulsionó. Empezó a toser con violencia, expulsando el agua y jadeando de forma errática en busca de oxígeno. Solo entonces, al ver que recuperaba la conciencia, el corazón de Dean volvió a latir con un ritmo normal.

​—Debemos llevarla a la enfermería de inmediato —ordenó el profesor, rompiendo el estado de shock del grupo.

​Sin esperar un segundo, Dean la tomó en brazos con firmeza y salió del lugar a paso veloz, sin mirar atrás.

​—Esto fue obra tuya, ¿verdad? —susurró Tamara, acercándose lo suficiente para que solo Chlóe pudiera escucharla.

​—Quería que se muriera —afirmó ella, sin un ápice de remordimiento—. Pero, por lo visto, esa chica es como una cucaracha: difícil de aplastar.

​Chlóe estaba dispuesta a cruzar cualquier límite para quedarse con Dean; su obsesión no conocía fronteras. Maia y Tamara intercambiaron una mirada cargada de inquietud; la actitud de su amiga había pasado de ser caprichosa a resultar alarmante.

​Sin embargo, no todos estaban dispuestos a guardar silencio. Paula, con los ojos encendidos en rabia tras ver el estado de Aitana, caminó decidida hacia Chlóe y, antes de que esta pudiera reaccionar, le cruzó la cara con una bofetada que resonó en todo el recinto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.