Lefebvre

Capítulo 10

Orson miró a su madre y luego a Lucía. Por la reacción de ambas, podía deducir que algo extraño estaba pasando.

​—Mamá, ¿te encuentras bien? —preguntó Aitana, acercándose a ella con preocupación.

​«Mamá». La palabra de la chica penetró en la mente de Olalla, disipando la bruma que se había instalado en ella. Ahora todo estaba claro; su corazón empezó a latir aceleradamente. La vida al fin había decidido darle a su hijo la cura para sanar la herida del pasado, esa que aún no había podido cicatrizar.

​—Sí, hija, no te preocupes —respondió Lucía. Intentó sonar tranquila, pero lo cierto era que su calma se había esfumado por completo al descubrir la identidad de la madre de Orson.

​Por lo visto, el momento que tanto Martín como ella temían había llegado. La sangre se le congeló en las venas; estaba segura de que la señora Dampierre no era tonta y que, al sumar uno más uno, había llegado a la conclusión correcta.

—¿De dónde se conocen ustedes dos? —las interrogó Orson.

​Ambas mujeres permanecieron en silencio, como si ninguna se atreviera a abrir la boca por temor a lo que pudiera suceder.

​—Creo que es hora de que nos marchemos —intervino Dean, al darse cuenta de la extraña tensión que cargaba el ambiente.

​—Estoy de acuerdo contigo —agregó Rhys.

​Olalla miró al chico y sintió un vuelco en el corazón. El llamado de la sangre siempre te ayudaba a encontrar la verdad.

—Antes de que te vayas, me gustaría saber tu nombre y el de tu madre —al ver el recelo en los ojos del chico, Olalla sonrió—. Lo pregunto porque tu rostro me recuerda a una persona muy amada para mí —agregó para tranquilizarlo.

​Sus palabras tuvieron el efecto deseado. Ya más relajado, Rhys respondió a su pregunta:

​—Soy Rhys Allen, señora; hijo de Margaret Walker —contestó, sin ser consciente de lo que sus palabras acababan de revelar.

​Orson palideció. Al escuchar el nombre de la madre del chico, un pensamiento cruzó su mente: «¿Acaso...?» Lo evaporó de inmediato; tenía que controlarse y pensar con la mente fría.

​Al ver que el salón había quedado nuevamente en silencio, Antonella decidió intervenir. Sabía que algo estaba pasando y necesitaba descubrir qué era; sin embargo, antes de interrogar a nadie, despediría a los chicos.

​—No es necesario que se marchen, pueden ir al jardín para que continúen con su charla. También me encantaría que se quedaran a comer con nosotros —sugirió Antonella.

​Los chicos compartieron una mirada antes de que Dean aceptara la invitación de su tía en nombre de sus amigos. Cuando se hubieron marchado, Antonella se giró y los enfrentó a todos.

​—¿Alguien me puede explicar qué está sucediendo?

​Lucía y Olalla compartieron una mirada durante un largo rato antes de que la segunda se decidiera a responder.

—Creo que tanto Aitana como Rhys son hijos de Orson —soltó Olalla, sin andarse con rodeos.

​—¡Oh, por Dios! —exclamó Antonella, incapaz de dar crédito a lo que acababa de escuchar.

​—¿Por qué dices eso, madre? —Una tenue luz de esperanza empezó a brillar en el rincón más oscuro del corazón de Orson.

​—Lucía fue la empleada que me recibió el día que fui a casa de Margaret para rogarle que no abortara al niño que llevaba en su vientre —le confesó Olalla.

​Hacía más de quince años de aquello; sin embargo, Olalla lo recordaba con una nitidez abrumadora, como si hubiera ocurrido ayer. Margaret había tenido una aventura con su hijo estando comprometida con otro hombre. Siempre le había ocultado la verdad a Orson, haciéndole creer que lo amaba cuando todo era una mentira. Ella solo había jugado con él; una chica de su posición jamás tomaría en serio a un joven de clase baja... o al menos esas habían sido las palabras de aquella mujer despreciable. Lo que Margaret no sabía era que Orson no era el «muerto de hambre» que ella imaginaba.

​A pesar de lo enamorado que estaba, él había sabido ocultar perfectamente sus orígenes.

—Ese día, Margaret me echó de su casa alegando que, sin importar lo que Orson hiciera, ella no tendría al bebé. Dijo que no estaba dispuesta a echar su futuro por la borda por una aventura pasajera con un hombre que no valía la pena —recordar aquel momento aún le hacía hervir la sangre—. Sin embargo, parece que sus planes cambiaron. La chica es idéntica a mi difunta madre y el chico, Rhys, es el vivo retrato de cómo eras tú de joven.

​Al notar la tensión en su marido, Antonella se acercó y le apretó la mano en señal de consuelo. Sin mirarla, Orson le devolvió el apretón, agradeciéndole en silencio por estar siempre a su lado.

​—¿Es cierto lo que dice Olalla, Lucía? —la interrogó Antonella.

​Lucía cerró los ojos y tomó una profunda bocanada de aire para intentar que su corazón, que latía desbocado, se tranquilizara. Cuando se sintió preparada, abrió los ojos y se enfrentó a las miradas interrogantes de todos.

​—Así es, Aitana es la hija del señor Orson. Pero les juro que ni mi marido ni yo teníamos idea de la identidad del padre de nuestra hija.

​Al escuchar que Aitana era su hija, Orson cerró los ojos. Ahora entendía por qué, cuando la vio por primera vez, sintió una emoción muy dentro de él que no supo identificar.




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