Lefebvre

Capítulo 11

​A pesar del deseo irrefrenable de revelarles la verdad, Orson decidió esperar a que la cena terminara; no quería arruinar el apetito que, por fin, mostraban los chicos.

​Mientras compartían la mesa, se dedicó a observarlos en silencio. Aitana y Rhys guardaban un leve parecido físico, pero lo que más le conmovió fue la complicidad que destilaban; se llevaban realmente bien.

​—¿Estamos celebrando algo? —preguntó Aitana, incapaz de contenerse, justo cuando servían el postre.

​Desde que ella y sus padres se habían instalado en la mansión de los Dampierre, era la primera vez que se reunían todos en aquel imponente comedor.

​Orson intercambió una mirada fugaz con Martín antes de volcar, de nuevo, toda su atención en la joven.

—Se podría decir que sí... aunque todo dependerá de ti y de Rhys —soltó Orson, incapaz de custodiar el secreto por un segundo más.

​Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas, casi densas. Aitana y Rhys intercambiaron una mirada de puro desconcierto; la incertidumbre se reflejó en sus rostros con la nitidez de un espejo. No alcanzaban a comprender el peso oculto tras esa frase, ni por qué la voz de aquel hombre —tan imponente y lejano hasta hacía poco— vibraba ahora con una urgencia que rozaba la súplica.

—¿Podría ser un poco más claro, señor Dampierre? —preguntó Rhys.

Había algo en todo aquello que le erizaba la piel. No sabía qué iba a pasar, pero lo intuía cerca, inevitable. Y, de algún modo, todo parecía girar en torno a ese hombre.

—Sé que lo que voy a decir es algo bastante complicado; algo que cambiará la vida de Aitana y la tuya, Rhys, del mismo modo que cambió por completo la mía.

​—¿De qué está hablando el señor Orson, papá?

​Las palabras del hombre hicieron que el corazón de Aitana se disparara. Fuera lo que fuese aquello que Orson tenía que decirles, necesitaba escucharlo de una vez.

​En lugar de responder, Martín buscó la mirada de Orson; aquel secreto solo le pertenecía a él. El hombre le devolvió el contacto visual. Ya no pensaba esperar más: era el momento de soltar la verdad.

—Rhys y tú... son mis hijos —soltó Orson, despojado de cualquier ceremonia.

​—¡¿Qué?! —exclamó Aitana, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.

​Por su parte, Rhys permaneció impasible, observando a Orson como si fuera un extraño al que veía por primera vez en su vida.

​—Sé que no debe de ser fácil para ustedes enterarse de esto; sin embargo, quiero que sepan que me hace muy feliz saber que son mis hijos —agregó Orson, con un nudo en la garganta.

​Sentía un impulso desesperado por acercarse y abrazarlos, pero comprendía que, en ese instante, era una frontera imposible de cruzar: seguía siendo un extraño para ellos. Su confesión acababa de dinamitar los cimientos sobre los que Aitana y Rhys habían construido sus vidas.

​—Quiero conocer toda la verdad —sentenció Rhys.

​Su voz, de una calma imperturbable, le devolvió la esperanza a Orson. Si su hijo exigía la verdad, él no se guardaría nada.

—Conocí a Margaret durante unas vacaciones en Italia y me enamoré de ella al instante. Creía que era la mujer con la que pasaría el resto de mi vida; lo que no sabía era que ya estaba comprometida con otro hombre —confesó Orson, sin guardarse nada; los chicos necesitaban la verdad desnuda sobre lo que había existido entre ellos—. A los tres meses, Margaret descubrió que estaba embarazada. Yo me sentí el hombre más feliz del mundo al saber que sería padre, pero ella estaba furiosa. Cuando le propuse matrimonio, se burló de mí en mi propia cara. Me dijo que jamás se casaría con un muerto de hambre, que solo se había divertido conmigo.

​Hizo una pausa, el recuerdo aún escocía.

​—Descubrir que solo había sido un juguete me destrozó. Con el orgullo y el corazón heridos, le rogué que tuviera al bebé y me lo entregara; que yo lo criaría solo. Pero se negó. Dijo que abortaría y que desaparecería de mi vida, porque no estaba dispuesta a arruinar su futuro por un error.

​—No entiendo... si esa mujer estaba tan decidida a abortar, ¿qué la hizo cambiar de opinión? —intervino Aitana, con la voz quebrada por la confusión.

​—La avaricia —respondió Lucía, tajante—. El señor Allen necesitaba un heredero para cobrar la fortuna de su abuelo, y encontró en el embarazo de su prometida la oportunidad perfecta para obtener lo que tanto había anhelado.

​Al igual que Orson, Lucía habló con una honestidad brutal. Los chicos necesitaban conocer su historia, por amarga que fuera.

Tras escucharlo todo, muchas piezas encajaron en la mente de Rhys; ahora comprendía el verdadero motivo por el cual Simon Allen fingía ser su padre. A los trece años, Rhys había descubierto por accidente que no compartían la misma sangre. Simon y su madre mantenían una agria discusión cuando él, enfurecido, le gritó que debía estar agradecida, pues él se había hecho cargo de un hijo que ni siquiera era suyo.

​«Y yo que creía que lo hacía por la bondad de su corazón», pensó con amargura.

—No puedo pedirles que me acepten como su padre, porque sé que no soy más que un desconocido; no obstante, les ruego que me den la oportunidad de que nos conozcamos —admitió Orson, sin saber qué más decir para cerrar la brecha.




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