Aitana y Rhys seguían suspendidos en un estado de incredulidad; la noticia de su parentesco les resultaba un eco irreal, una pieza de un rompecabezas que no terminaba de encajar. Pensar que habían compartido el mismo aire durante tanto tiempo, ignorando que por sus venas corría la misma sangre, les provocaba un vértigo difícil de digerir.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó Aitana en un hilo de voz.
Tenía mil preguntas agolpadas en la garganta, pero soltó la que más le quemaba el pecho. Necesitaba saber hacia dónde se dirigía su vida ahora que el suelo se había abierto bajo sus pies.
—Me gustaría reconocerlos legalmente como mis hijos. Claro, solo si ustedes están de acuerdo —respondió Orson, con una vulnerabilidad que no intentaba esconder.
La felicidad de Orson era una fuerza vibrante. No quería apartarse de ellos; sentía una urgencia casi desesperada por recuperar cada segundo robado. Le dolía el alma recordar los hitos que se perdió: sus primeros pasos, sus voces infantiles, el simple hecho de verlos crecer. Margaret le había arrebatado una vida entera, y la furia comenzaba a mezclarse con su alegría. Se juró a sí mismo que ella y su marido pagarían caro por haber tratado a sus hijos como simples piezas de ajedrez.
Al escucharlo, Aitana buscó instintivamente la mirada de sus padres. Aunque el descubrimiento de su origen le provocaba un torrente de emociones nuevas, el peso de la gratitud era mayor. Martín y Lucía no compartían su ADN, pero eran su hogar. Ellos lo habían sacrificado todo por ella, y Aitana sabía, con una certeza que le dolía en el pecho, que preferiría romperse en mil pedazos antes que causarles el más mínimo sufrimiento.
—No pasa nada, cariño —intervino Martín con suavidad—. El señor Orson es tu padre biológico. Lucía y yo no tenemos ningún reparo en que tomes el apellido que te corresponde por derecho.
—Tu padre tiene razón —añadió Lucía, reforzando sus palabras con una mirada llena de ternura—. El hecho de que dejes de llevar nuestro apellido no cambiará lo que somos. Seguiremos siendo tus padres hasta que exhalemos nuestro último aliento.
Las palabras de su madre fueron el detonante. Aitana sintió que el nudo de angustia en su pecho finalmente se soltaba.
—Mamá, papá... los amo —susurró, arrojándose a sus brazos mientras las lágrimas, esta vez de alivio, empañaban su visión.
—Y nosotros a ti —respondieron ambos al unísono, envolviéndola en ese refugio seguro que había sido su mundo entero.
Tras unos segundos de silencio absoluto, Martín alzó la vista. Aún mantenía a su hija protegida entre sus brazos, pero su expresión se volvió solemne al dirigirse al hombre que observaba la escena.
—Si me lo permite, señor, quisiera hacerle una sugerencia —expresó Martín.
—Por supuesto, Martín. Y, por favor... llámame Orson —respondió él, con un tono que buscaba tender un puente entre ambos mundos.
Martín asintió levemente, un gesto cargado de respeto que sellaba el inicio de este nuevo y complejo capítulo en sus vidas.
—Orson, creo que lo más justo en este caso sería que Aitana no solo llevara tu apellido, sino también el de tu esposa.
Un silencio sepulcral cayó sobre la habitación. Antonella parpadeó, procesando las palabras, antes de que el asombro lograra escapar de sus labios.
—¿Quieres que yo le dé mi apellido a Aitana? —soltó, con el corazón acelerado por la sorpresa.
—Es solo mi humilde opinión, señora —respondió Martín con serenidad—. Pero si usted no lo desea, no ha pasado nada.
—Para mí... sería todo un honor —confesó ella en un susurro cargado de emoción.
La idea de adoptar formalmente a los hijos del hombre que amaba la inundó de una felicidad que no creía posible. Era el cierre perfecto para un círculo que Margaret había intentado romper años atrás.
—¿Qué piensas tú, Aitana? —preguntó Orson, rompiendo el trance y girándose hacia ella—. Después de todo, la última palabra es tuya.
Orson observó a su hija con una mezcla de esperanza y cautela. Sus ojos estaban fijos en ella, expectante; si ella se negaba, lo entendería perfectamente. Sabía que estaba pidiéndole que aceptara un nuevo mundo de golpe.
—Si mis padres están de acuerdo, entonces yo no tengo ningún problema —declaró Aitana, buscando la aprobación final en los ojos de Martín y Lucía.
Al ver el cariño infinito con el que Aitana era arropada, Rhys sintió un pinchazo de envidia sana, una punzada de anhelo que le recorrió el pecho. Deseaba, con una intensidad que casi le dolía, experimentar algo parecido. Le habría gustado saber, aunque solo fuera por un instante, qué se sentía al tener unos padres que te quisieran de verdad, sin condiciones ni dobleces.
—Ahora que Aitana ha aceptado, deberíamos escuchar lo que opina mi nieto al respecto —intervino Olalla, con una voz cargada de una calidez nueva.
Escuchar a Olalla llamarlo “su nieto” impactó a Rhys como una descarga eléctrica. Sus ojos se humedecieron al instante y no pudo, ni quiso evitarlo. Por primera vez en toda su vida, el vacío que siempre lo acompañaba parecía llenarse; por fin sentía que pertenecía a una familia.
—Yo nunca he sabido lo que se siente tener una familia de verdad —confesó Rhys, con la voz quebrada—. Mi madre, por una razón que no comprendía hasta ahora, jamás me trató como una madre debería tratar a su hijo.