Aitana no podía creer su mala suerte; justo al llegar a la escuela, tenía que toparse con la persona que menos deseaba ver. Saber que Chloé y ella compartían la misma sangre no había cambiado en absoluto su percepción: la malicia y la presunción de la chica se filtraban por sus poros.
—Estoy segura de que, si las miradas mataran, ahora mismo estaríamos preparando tu funeral, Aitana —susurró Paula a su lado, al notar el odio con el que Chloé la fulminaba.
—No entiendo qué le hice para que me odie tanto. Desde que llegué a esta escuela, no ha dejado de insultarme.
—No olvides mencionar que también intentó matarte —sentenció Laia, bajando el tono.
—Sobre eso... quería pedirles que no les digan nada a mis padres —intervino Aitana con urgencia—. No quiero que se preocupen, y además, no tenemos pruebas para acusarla.
—Tienes razón, ninguno de nosotros vio quién te empujó —coincidió Gala, con un gesto de impotencia.
—Esa perra es demasiado astuta. Lo siento, Rhys, sé que esa bruja es tu hermana, pero es lo que pienso —soltó Paula sin filtros.
—No hace falta que te disculpes, Paula —respondió él, y su voz sonó cargada de una amargura vieja—. Yo sé mejor que nadie de lo que es capaz Chloé con tal de salirse con la suya.
Mientras hablaba, Rhys sintió un escalofrío involuntario. El recuerdo de los dos días que pasó encerrado, con el estómago encogido por el hambre y la oscuridad de su habitación como única compañía, volvió a golpearlo. Todo por un capricho. Aún podía ver a Chloé, con los ojos llorosos fingidos y la piel de sus propios brazos y piernas marcada por moretones que ella misma se había provocado al golpearse contra los muebles. Solo porque él no la llevó a casa de Dean, ella prefirió verlo casi morir bajo los puños de su padre que perdonarle el desplante.
Rhys todavía recordaba el sabor metálico de la sangre en su boca aquella noche; un precio que pagó solo porque su hermana decidió convertirlo en el villano de su propia historia.
—¿Por qué vienen todos juntos? ¿Acaso pasaron la noche en el mismo sitio? —los interrogó Chloé en cuanto los tuvo de frente.
La rabia bullía en su interior. En el momento en que vio a la estúpida de Aitana bajarse del auto de Dean, tuvo que apretar los puños para contener el impulso de abalanzarse sobre ella y golpearla hasta que dejara de respirar.
«Tranquila, Chloé... pronto harás que esa zorra te las pague todas juntas», se repitió mentalmente, forzando una calma helada.
—No veo por qué deberíamos satisfacer tu curiosidad, Chloé —la enfrentó Aitana, sosteniéndole la mirada sin parpadear.
No estaba dispuesta a dejar que se saliera con la suya. Si estaba en su mano darle una lección de humildad, lo haría sin dudarlo. Sin embargo, una punzada de duda la asaltó al mirar de reojo a Rhys; no sentía la más mínima simpatía por Chloé, pero no quería que él sufriera. Al fin y al cabo, habían crecido juntos y Aitana aún no sabía cuánto afecto le quedaba a él por su hermana.
«Necesito hablar con mi hermano», pensó. El simple gesto mental de llamar a Rhys “hermano” le provocó una chispa de alegría que ni siquiera la presencia de Chloé pudo apagar.
—¡Oh, vaya! No sabía que las perras hablaban —exclamó Chloé, fingiendo una sorpresa exagerada mientras se llevaba una mano al pecho.
El comentario provocó las risas instantáneas de Tamara y Maia. Aitana las observó de reojo; aquel par de brujas estaban disfrutando del espectáculo, alimentando el ego de su líder con cada carcajada.
—A mí lo que me sorprende es que la perra mayor no sepa que los de su especie hablan —replicó Aitana, ladeando la cabeza con una falsa inocencia que destilaba veneno.
—De haber sabido que presenciaría una pelea de gatas tan temprano, me habría traído palomitas —soltó Bahir con su habitual sarcasmo, apoyado con desdén contra el coche.
—Yo lo llamaría más bien una pelea de caninos, amigo —lo corrigió Ian, soltando una risita burlona.
—¡Ustedes dos, cierren la boca! —sentenciaron Paula y Laia al unísono, fulminándolos con una mirada que prometía consecuencias si seguían divirtiéndose a costa de su amiga.
—No sé si eres demasiado valiente o simplemente estúpida por atreverte a insultarme, Aitana —siseó Chloé. Su voz bajó de tono, volviéndose peligrosamente amenazadora mientras acortaba la distancia entre ambas con pasos lentos y calculados.
Al detectar el brillo de agresión en los ojos de Chloé, Rhys reaccionó de inmediato, interponiendo su cuerpo entre ella y Aitana como un muro infranqueable.
—Es suficiente, Chloé. ¿No te cansas de actuar como una perra todo el tiempo? —Rhys soltó las palabras con un cansancio profundo, harto de su inmadurez y de esos constantes arranques de ira que ya conocía de sobra.
—¡Cómo te atreves a ponerte del lado de esta basura! —gritó Chloé, fuera de sí. El rostro se le desencajó por la furia mientras levantaba la mano, lista para cruzarle la cara con una bofetada.
Rhys se quedó inerte, cerrando los ojos y esperando el impacto. Era un golpe que ya había sentido muchas veces, pero que esta vez nunca llegó. Aitana reaccionó a la velocidad de un rayo, atrapando la muñeca de Chloé en el aire, justo antes de que tocara la piel de su hermano.