Lo primero que hizo Orson al llegar al despacho fue marcar dos números: primero, a su abogado; después, al padre de Dean. Desde que se unió a la familia de Antonella, él y el marido de su cuñada se volvieron buenos amigos y socios de confianza.
—Quiero que todo esté listo antes de que termine la semana —sentenció Orson, sin preámbulos.
Tenía un plazo mental innegociable. Antes del viernes, Aitana dejaría de ser una Meier para renacer como una Dampierre Lefebvre. Ver a Antonella tan desbordada de felicidad por la adopción era el único motor que Orson necesitaba.
—Cuente con ello, señor Dampierre —respondió el abogado, ajustándose las gafas—. Sin embargo, el caso de su hijo es distinto. Sin el consentimiento de sus tutores actuales, la ley exige una prueba de ADN. Es el único camino para iniciar la demanda de paternidad.
Orson se tensó. La sola idea le resultaba insultante.
—No voy a exponer a mi hijo al escarnio público —su voz bajó una octava, volviéndose peligrosamente calmada—. Como ya le dije por teléfono, lo único que necesitamos es que esos padres renuncien a la custodia. Y le aseguro que eso es exactamente lo que va a suceder. Tenga listos los documentos para la firma.
El abogado asintió, recogió su maletín y abandonó el despacho con una brevedad eficiente.
Vincent, que había permanecido en la penumbra de la oficina, esperó a que la puerta se cerrara antes de romper el silencio.
—¿Estás completamente seguro de lo que piensas hacer?
—Nunca he estado más seguro de algo en mi vida, querido amigo.
En la voz de Orson no había duda, solo una promesa de retribución. Margaret y su marido lamentarían haberle arrebatado la oportunidad de ver crecer a sus hijos. El precio sería alto.
—Entonces no se hable más —asintió Vincent—. Antes de venir llamé a los padres de Ian y Bahir. Se reunirán con nosotros en dos horas, en el bar del centro.
Vincent no necesitaba explicaciones; su lealtad era un hecho. Estaba listo para ayudar a Orson a desmantelar la vida de quienes se interpusieran en su camino.
—Antes de que termine el día —sentenció Orson, fijando la vista en el horizonte tras el ventanal—, Simon Allen habrá perdido a sus tres socios más importantes.
Vincent arqueó una ceja, intrigado.
—Sabes que tienes mi apoyo incondicional. Pero ¿cómo piensas convencer a Farid y a Benjamín de que rompan con Simon? Las ganancias que obtienen de esa inversión son bastante generosas.
Orson esbozó una sonrisa ladeada, la de un hombre que sabe que tiene todas las cartas de la baraja.
—Les propondré una alianza en una de mis petroleras en Oriente Medio. Además, les ofreceré todo mi respaldo financiero. Al fin y al cabo, soy el dueño del banco más importante del mundo.
Vincent no pudo evitar una sonrisa de admiración. Su amigo era un fantasma, un hombre que movía los hilos del globo desde la penumbra. Muy pocos conocían el rostro detrás del imperio; muy pocos sabían que el banquero más rico del planeta estaba ahora mismo sentado frente a él, planeando una guerra personal.
—Doy gracias al cielo por ser tu amigo —admitió Vincent, con un deje de ironía—. No me gustaría estar en los zapatos de Simon. El pobre infeliz no tiene la menor idea del enemigo que se ha echado encima.
Orson no se inmutó. No había placer en sus ojos, solo una justicia fría y calculada.
—Simon Allen cometió el error de usar a mis hijos como piezas de su propio juego. Si él y su mujer firman la renuncia a sus derechos legales hoy mismo, su pérdida se limitará a unos cuantos millones de dólares.
Vincent soltó una carcajada seca, cargada de sarcasmo.
—Tu generosidad nunca deja de sorprenderme.
Orson no respondió. Se limitó a observar su reflejo en el cristal del ventanal: el de un hombre dispuesto a quemar el mundo entero para proteger a sus hijos, sin saber que, a kilómetros de allí, uno de ellos era blanco de sus propios ataques.
El timbre del colegio estalló de golpe, como una alarma de incendios.
Cuando terminaron las clases, Aitana dejó escapar un suspiro que le quemaba en el pecho. Se sentía como una superviviente; era un milagro que siguiera en pie después de que Chloé y Adara pasaran el día entero acribillándola con la mirada.
—Si las miradas fueran dagas, a estas alturas ya estarían velando mi cuerpo —susurró, con los hombros hundidos por el cansancio—. Chloé y la nueva no han dejado de lanzármelas.
Gala se tensó a su lado, con la vista fija en un punto inexistente del pasillo.
—Ten mucho cuidado, Aitana. Si Chloé ya es peligrosa por sí sola, su alianza con Adara la convierte en una auténtica arpía.
Gala hablaba desde una cicatriz que aún no terminaba de cerrar. Sabía, por experiencia propia, lo que significaba estar en el punto de mira de ese dúo: era el inicio de un descenso lento hacia el infierno. Al recordar los días en que fue su juguete, un escalofrío involuntario le recorrió la espalda, haciéndola temblar.
Paula, Aitana y Laia compartieron una mirada de silenciosa alarma al notar cómo la sangre abandonaba el rostro de Gala. El miedo que emanaba de su amiga era casi tangible; una advertencia muda de que aquellas “serpientes” no solo siseaban, sino que estaban listas para inyectar su veneno.