Simon Allen observaba a sus tres principales socios, incapaz de descifrar el motivo de aquel encuentro abrupto. Desde la fundación de la sociedad, era la primera vez que se convocaba una junta fuera del calendario habitual; por lo general, bastaba con verse cada seis meses para auditar los estados financieros de la compañía.
—¿Puedo preguntar a qué se debe esta reunión repentina? —inquirió Simon, rompiendo el silencio en cuanto su secretaria abandonó el despacho.
—Hemos decidido disolver la sociedad y retirarte nuestro respaldo financiero —sentenció Vincent, sin preámbulos.
A Orson le había bastado con revelar sus verdaderas razones para destruir a Simon para que Farid y Benjamín aceptaran sumarse a su plan. En señal de gratitud, Orson no solo les ofreció participar en su reciente adquisición petrolera, sino que también puso a su disposición todo el poder financiero de su banco.
—¡¿Qué?! —Simon no podía asimilar lo que estaba escuchando—. No entiendo qué ha pasado. La compañía es sólida y los dividendos de los últimos años han superado con creces lo acordado.
Dada la crisis mundial que azotaba los mercados, no podía permitirse el lujo de perder a sus inversores de cabecera. Sin el pulmón financiero de esos tres hombres y ante la volatilidad del mercado de valores, la bancarrota no era una posibilidad, sino una cuenta regresiva.
—Tienes razón en las cifras, pero hemos decidido que nuestra sociedad ya no es necesaria. No es como si nos hiciera falta ese dinero —declaró Benjamín con frialdad.
—Exacto —añadió Farid—. El único motivo por el cual aceptamos asociarnos contigo fue por la amistad que une a nuestros hijos.
—Ahora que conoces nuestra postura, esperamos que firmes la disolución de inmediato —Vincent deslizó sobre la mesa la carpeta con la documentación.
—No hay necesidad de precipitarse... Estoy seguro de que podemos llegar a un acuerdo beneficioso para todas las partes —balbuceó Simon, con la urgencia asomando en cada palabra.
Por el leve temblor en su voz, Vincent supo que Simon era plenamente consciente de que estaba acabado.
—Ya hemos tomado una decisión, Simon. Firma los documentos y no nos hagas perder más el tiempo —sentenció Farid. Detestaba a los manipuladores, y descubrir que Simon era uno de ellos le provocaba una profunda aversión.
Simon comprendió que, por más que insistiera, no lograría doblegar la voluntad de sus tres socios. Con la mano tensa, estampó su firma en el documento. Ahora que el vínculo se había roto, la urgencia lo golpeó como un mazazo: necesitaba un nuevo inversor de inmediato. Si no conseguía una inyección de capital en tiempo récord, no solo perdería su imperio; lo perdería todo.
—Fue un placer hacer negocios contigo todos estos años, Simon; sin embargo, nada es para siempre —comentó Benjamín mientras se ponía en pie con una tranquilidad perturbadora.
—Espero que no se arrepientan de esta decisión —escupió Simon entre dientes, reprimiendo la furia que amenazaba con traicionarlo.
Los tres hombres abandonaron la habitación en medio de un silencio cargado de indiferencia, dejándolo solo ante las ruinas de todo lo que había construido.
—¡Malditos sean todos! —Rugió y, de un manotazo, barrió el contenido de su escritorio, haciendo volar papeles y objetos en un estallido de furia.
Mientras tanto, a las afueras del edificio, Vincent detuvo el paso para agradecer a los inversores en nombre de Orson.
—No hay nada que agradecer —replicó Benjamín con tono grave—. Olvidas que nosotros también somos padres.
—Tiene razón —secundó Farid, cuyos ojos brillaron con una frialdad peligrosa—. Además, si yo estuviera en el lugar de Orson, créeme: ni ese hombre ni la mujer seguirían con vida.
La vena despiadada de Farid no era un secreto para nadie.
—Estoy seguro de que Orson y ustedes se entenderán a la perfección —concluyó Vincent con una leve inclinación de cabeza.
Tras despedirse, subió a su auto y encendió el motor. Había llegado el momento de informarle a su amigo que la primera pieza del plan ya estaba en su lugar.
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Mientras el mundo de Simon Allen comenzaba a derrumbarse entre las sombras del poder financiero, a kilómetros de distancia, en la residencia de los Bauer, solo existían la despreocupación y el privilegio.
—Bienvenidas a la mansión Bauer, señoritas —las recibió el ama de llaves con una cortesía impecable.
—Gracias, señora —respondieron las chicas al unísono, provocando una sonrisa enternecida en la mujer ante aquel coro juvenil.
Gala guio a sus amigas hacia el interior, quebrando con sus risas el silencio solemne de la entrada.
—Gaston, ¿podrías traernos algunas botanas y algo de beber al salón? —pidió Gala, deteniendo al mayordomo al verlo pasar.
—Por supuesto, señorita —asintió él antes de retirarse con paso discreto.
El grupo apenas terminaba de acomodarse en la calidez del salón principal cuando el eco de unos tacones sobre el mármol anunció que no estarían solas por mucho tiempo. Su madre y su hermana aparecieron en el umbral, transformando aquella reunión informal en un inesperado encuentro familiar.