Lefebvre

Capítulo 16

La voz animada de Aitana hizo sonreír a Orson; su pequeña princesa al fin había regresado a casa.

—No es necesario que me ayudes, yo puedo sola. El bolso no pesa —escuchó Orson decir a su hija mientras hablaba con el mayordomo.

—La princesa de la casa al fin ha llegado —anunció Olalla en cuanto su nieta entró al salón.

—Qué sorpresa… no esperaba encontrar a toda la familia reunida —expresó Aitana, observando a todos.

—Eso es porque te estábamos esperando —le explicó Lucía.

Al escuchar a su madre, Aitana miró el reloj de su muñeca y abrió los ojos con alarma. Había estado tan entretenida con sus amigas que olvidó por completo avisar que llegaría tarde. Ahora entendía por qué todos la esperaban con esa expresión.

—Lo siento por no avisar que llegaría tarde, de verdad. Me entretuve con las chicas y olvidé por completo llamar —se disculpó, juntando las manos frente al pecho.

Ahora que tenía doble dotación de padres, su castigo seguramente también sería doble. Solo esperaba que no estuvieran tan molestos como para prohibirle ir a la fiesta.

Orson no pudo evitar sonreír al ver la expresión preocupada de su hija. Por la cara que ponía, era evidente que ya estaba imaginando el peor de los castigos.

—Tranquila, hija. Pedro nos avisó que estabas en casa de la familia Bauer; aun así, esperamos que la próxima vez no olvides llamar para decirnos dónde estás —le aconsejó su padre.

—Gracias, papá —Aitana se abalanzó sobre él y lo besó en ambas mejillas—. Eres el mejor.

—Será mejor que le pongas mano dura a esta niña, Orson. Es toda una embaucadora —bromeó Martín.

—¡Papá, no seas así! —protestó ella antes de correr a besarlo también en ambas mejillas.

Las mujeres intercambiaron una mirada cómplice al ver lo felices que lucían ambos hombres gracias a su hija.

—Esto es para ti —dijo Orson al tiempo que le entregaba un sobre.

—¿Qué es? —preguntó ella, sin entender nada.

—Ábrelo y lo descubrirás —la animó Antonella.

Aitana observó el sobre que sostenía entre las manos durante unos segundos. La curiosidad empezó a cosquillearle el estómago. Finalmente, respiró hondo y decidió abrirlo.

—¡No lo puedo creer! —exclamó al ver su nueva identificación.

Ya no era Aitana Meier; ahora era Aitana Dampierre Lefebvre.

Sus dedos recorrieron lentamente su nueva identificación, como si necesitara tocar aquellas letras para convencerse de que eran reales. Por primera vez entendió que podía pertenecer a dos familias sin dejar de ser ella misma.

—Ahora que estás donde realmente perteneces, tu padre y yo tenemos algo que decirte —añadió Lucía, feliz de que, por fin, su pequeña estuviera junto a su padre biológico.

—¿Por qué siento que no me va a gustar lo que voy a escuchar? —preguntó Aitana, mirando a sus padres con detenimiento.
Una extraña sensación le oprimía el pecho; presentía que aquello se trataba de una despedida.

—Cariño, la hermana de tu madre está algo enferma, así que hemos decidido ir a verla —comenzó Martín.

—Espero que la tía esté bien, mamá —dijo Aitana, consciente de cuánto quería su madre a su hermana.

—Gracias, cariño.

—¿Cuándo se van? ¿Y cuándo regresan? —quiso saber.

Martín y Lucía intercambiaron una mirada. Aquella era, sin duda, la pregunta más difícil de responder.

—Nos vamos mañana, pero no pensamos regresar —respondió su padre.

Durante unos segundos, Aitana no reaccionó. Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas, imposibles de asimilar. Cuando al fin comprendió su significado, sintió que algo dentro de ella se rompía.

—¡¿Qué?! ¿Por qué? —Aitana no podía creer lo que acababa de escuchar.

—Hemos pensado que ya tuvimos la dicha de verte crecer y de atesorar cada instante a tu lado; ahora es tiempo de que tus otros padres también puedan cuidar de ti. Ya estamos mayores y necesitamos retirarnos.

—Pero... —Aitana no pudo continuar; la voz se le quebró y rompió en llanto.

—No llores, pequeña —su madre la abrazó y la acunó como si aún fuera una bebé—. Podrás visitarnos siempre que quieras. Nos quedaremos en la casa que Orson tiene en Alemania; tu padre y yo seremos los guardianes de ese lugar. Será nuestro refugio para esta nueva etapa.

—Me están abandonando —sollozó.

—No te estamos abandonando, princesa. Siempre serás nuestra hija, nuestra niña amada —aseguró Martín con suavidad.

Al ver que Aitana no dejaba de llorar, Lucía buscó a Antonella con la mirada, pidiéndole ayuda en silencio. Antonella se acercó y le habló con tanto amor y ternura que, poco a poco, logró calmarla.

—Ellos siempre serán tus padres, mi cielo, y podrás ir a visitarlos cada vez que lo desees.

—Pero... ya no podré verlos todos los días ni abrazarlos.

—Eso es cierto —Antonella deslizó los pulgares por las mejillas de la joven, secándole las lágrimas—, pero eso no significa que no puedas hablar con ellos todos los días o verlos por videollamada. No se están yendo de tu vida ni te están abandonando; solo te están dando espacio para que te adaptes a esta nueva etapa. Y cada vez que quieras verlos, el avión privado de la familia estará listo para llevarte hasta ellos.




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