Al día siguiente, Aitana acompañó a sus padres al aeropuerto. Aunque le entristecía separarse de ellos, respetaba su decisión.
—No olviden llamarme en cuanto lleguen. Prometan que lo harán todas las mañanas y todas las noches —susurró mientras abrazaba a su madre.
—Así lo haremos, hija —respondió Lucía, besando su frente.
—Y tú, papá, por favor, no hagas trabajos pesados. Recuerda que ya no estás en edad para excederte.
Martín asintió y la estrechó en un abrazo. Desde que llegó a sus vidas, Aitana se había convertido en una verdadera bendición. Aunque tomar la decisión de marcharse a Alemania no había sido fácil, sabían que era lo mejor; Aitana necesitaba estrechar lazos con su familia biológica. Orson era un buen hombre y tanto él como Antonella eran personas maravillosas, lo que los dejaba tranquilos: su pequeño tesoro estaba en buenas manos.
—Tú también pórtate bien, Aitana. No te metas en problemas —le advirtió su padre.
—Lo prometo.
En cuanto se separaron, Martín miró fijamente a Orson.
—Cuídala mucho y no dejes que se meta en líos.
—No te preocupes, pueden irse tranquilos; nuestra hija está en las mejores manos.
Lucía y Martín le agradecieron con la mirada, profundamente conmovidos por la generosidad de compartir a su hija con ellos. Antes de marcharse, Aitana les prometió que iría a visitarlos durante las vacaciones de verano.
—Nosotros también deberíamos irnos, tienes que llegar a la escuela —murmuró Orson en cuanto la pareja desapareció de su vista.
—Papá, ¿puedo saltarme la escuela solo por hoy? —dijo ella con picardía.
—Ni lo sueñes —respondió Orson, conteniendo una sonrisa antes de guiarla hacia la salida.
Durante el trayecto, padre e hija no pararon de hablar. Mientras escuchaba a Aitana, Orson no pudo evitar pensar en Rhys, con quien pronto también empezaría a compartir su tiempo.
—Recuerda avisarme si vas a llegar tarde para que tu madre no se preocupe —le recordó Orson cuando el auto se detuvo frente a la escuela.
—Está bien, papá. ¡Que tengas un buen día! —le dio un beso en la mejilla antes de bajar del vehículo.
«Esa niña está llena de energía», pensó él, al verla salir corriendo para reunirse con sus amigas.
Desde la distancia, Chloé y Adara observaban a Aitana y a su grupo reír. Parecía que se lo estaban pasando demasiado bien, y eso, simplemente, les molestaba.
—¿Qué te parece si nos divertimos un poco antes de empezar las clases, Adara? —preguntó Chloé, con los ojos brillando de malicia.
—Me parece una idea estupenda —respondió Adara, mirando la bebida que sostenía y esbozando una sonrisa diabólica.
El grupo de Aitana estaba tan entretenido planeando la fiesta del fin de semana que no se percató de la presencia de las dos chicas. Todo sucedió en un parpadeo: un segundo Aitana y Gala estaban riendo, y al siguiente, la primera terminaba en el suelo mientras la segunda tenía el uniforme empapado de jugo.
Los chicos que acababan de entrar al pasillo lo vieron todo. Dean y Rhys intercambiaron una mirada; estaba claro que aquello no había sido un accidente.
—Oh, qué torpes somos —soltó Chloé con fingida inocencia.
Aitana apretó los dientes, conteniendo las ganas de enviar a ambas al mismísimo infierno.
—Es obvio que lo hicieron a propósito —soltó Paula, indignada.
—¿Cómo te atreves a calumniar a mi amiga de esa manera? Lo que sucedió fue solo un accidente —mintió Adara con descaro.
—No desperdicies palabras con estas desadaptadas, Adara —dijo Chloé con una mueca burlona.
—¡Ya basta, ustedes dos! —explotó Dean, revelando su presencia.
Chloé y Adara se congelaron al ver la furia en el rostro de Dean; era la primera vez que lo veían tan enojado.
—¿Por qué nos hablas así, Dean? —preguntó Chloé, desconcertada.
—Les hablo como se merecen. Estoy cansado de sus juegos. Lo de hoy fue la gota que colmó el vaso. Manténganse alejadas de nosotros.
Dean caminó hacia Aitana, la tomó de la mano y la ayudó a ponerse en pie. Sostuvo su mano unos segundos más de lo necesario. No estaba seguro de cuándo había comenzado, pero cada vez le resultaba más difícil apartar la mirada de ella.
—¡Todo esto es culpa de esta zorra! Desde que llegó a la escuela no ha hecho más que causar problemas —gritó Chloé, fuera de sí.
—Deja de culpar a los demás y hazte responsable de tus actos —le espetó Rhys al tiempo que cubría a Gala con su chaqueta, apartándola de la escena.
—Veo que tú también has cambiado, Rhys. No me digas que te has enamorado de esa cosa patética —escupió Adara. Nunca lo había visto ser tan protector con nadie.
Gala se estremeció al escuchar el insulto; era evidente que Adara estaba consumida por la rabia al ver la cercanía entre ella y Rhys.
Rhys observó a Gala durante unos segundos. Estaba temblando, y algo dentro de él se revolvió.