Lefebvre

Capítulo 18

​Margareth abandonó el Lycée con una sonrisa de oreja a oreja; el cielo le había puesto en bandeja de plata la solución para salvar a su familia. Si lograban conseguir la inversión de los Dampierre, el patrimonio familiar estaría asegurado y el temor a perderlo todo desaparecería.

​Al subir al automóvil, recordó su conversación con Antonella de Dampierre. La mujer le había prometido que hablaría con su esposo sobre una posible inversión, y eso, en sí mismo, ya era un milagro. Estaba convencida de que lograrían su cooperación.

​—El cielo está de nuestra parte —murmuró para sí misma.

​Sin demoras, tomó el teléfono y marcó el número de su marido.

​—Simon, te tengo buenas noticias.

​—¿Qué sucede? —preguntó él al otro lado de la línea.

​—No me lo vas a creer, pero acabo de reunirme con Antonella de Dampierre.

​El silencio que siguió fue tan repentino que Margareth frunció el ceño. La espera se prolongó tanto que llegó a creer que Simon había dejado de respirar.

​—¿Y? —inquirió él finalmente.

​—Creo que conseguiremos a los inversores que necesitamos.

​—¿Hablas en serio? —preguntó él, con una nota de esperanza en la voz.

​—Muy en serio. Parece que nuestra suerte está regresando.

​Por primera vez en semanas, la pareja vio un rayo de luz en medio de tanta oscuridad. Sin embargo, ninguno de los dos era consciente de que estaban caminando, precisamente, hacia su propia destrucción.

​A varios kilómetros de distancia, en el Lycée, Antonella aprovechó que su hermana estaba distraída en una charla trivial para llamar a su esposo. Orson revisaba unos documentos cuando su móvil comenzó a vibrar; al ver que se trataba de su esposa, no dudó en responder.

—Cariño, no me digas que ya extrañas a tu esposo —susurró él en tono de broma.

​Antonella esbozó una pequeña sonrisa al imaginar la expresión que, en aquel momento, adornaba el rostro de su marido.

​—Claro que no.

​—Auch, eso dolió.

​Los labios de Antonella se curvaron en una leve sonrisa durante unos segundos antes de recuperar la compostura.

​—Hoy conocí a Margareth.

​La mención de la mujer que había arruinado su vida y le robó la oportunidad de ver crecer a sus hijos le dejó un sabor amargo en la boca. En silencio, Orson esperó a que su esposa continuara.

​—Y el encuentro fue mejor de lo que esperaba. Mordió el anzuelo que le lancé.

​Al otro lado de la línea, Orson arqueó una ceja.

​—¿Tan fácil fue?

​—Más de lo que imaginaba. Están desesperados por encontrar inversores y yo les lancé el salvavidas que tanto han buscado.

​Una sonrisa fría apareció en los labios de Orson; su mujer acababa de proporcionarle la oportunidad que tanto había ansiado.

​—Buen trabajo, cariño —respondió él.

​Al colgar, llamó de inmediato al abogado de la compañía. No pensaba perder ni un solo segundo: antes de que terminara el mes, su hijo estaría viviendo con él y los Allen estarían destruidos.

********

Mientras su padre orquestaba la destrucción de los Allen, Aitana y Rhys libraban sus propias batallas. Ambos hermanos comenzaban a experimentar sentimientos que se les escapaban de las manos.

​—Hermano, ¿de verdad te gusta Gala? —preguntó Aitana en un susurro, mientras esperaban en el pasillo a que Gala terminara de cambiarse.

​Chloe y Adara habían empapado su uniforme con jugo solo por diversión; aquel par de chicas eran unas auténticas arpías. Rhys no respondió de inmediato, pero cuando lo hizo, su afirmación fue clara. El rostro de Aitana se iluminó; la sola idea de que Gala se convirtiera en su cuñada le fascinaba.

​—Lo sabía. Cuando la miras, tus ojos brillan —insistió ella—. No pierdas el tiempo, hermano; aprovecha la oportunidad y pídele que salga contigo.

​—¿Y si me rechaza?

​Aitana puso los ojos en blanco y soltó un suspiro.

​—¿Acaso eres ciego? Es evidente que tú también le gustas a ella.

​Un leve rubor cubrió las mejillas de Rhys, lo que hizo sonreír a Aitana; no tenía idea de que los hombres también podían sonrojarse de esa manera. Mientras ella molestaba a su hermano, Dean la observaba con interés desde la distancia. En muy poco tiempo, la hermana de uno de sus mejores amigos se había convertido en alguien fundamental para él; ya no podía ocultarlo: Aitana se había convertido en su primer amor.

—Si sigues mirándola así, la vas a hacer desaparecer —murmuró Bahir a su lado.

​—No sé de qué hablas —mintió él.

​Ian, que estaba a su otro lado, le apretó el hombro.

​—Amigo, admítelo: al igual que a Bahir, a Rhys y a mí, una chica ha cautivado tu corazón.

​—¿De qué tanto cuchichean ustedes tres? —Paula los miraba, esperando una respuesta.

​—Son cosas de hombres, lindura —Ian le lanzó un beso al aire.




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