El ambiente tras lo sucedido con Chloe y Adara se volvió denso, casi irrespirable durante el resto de la jornada. Aitana podía sentir las miradas cargadas de hostilidad que ambas lanzaban hacia ella y sus amigas; sospechaba que, después de lo ocurrido con la madre de Dean, el odio de Chloe no había hecho más que intensificarse. Aitana suspiró con cansancio al imaginar el nivel de locura que alcanzaría Chloe cuando, finalmente, descubriera que compartían la misma sangre.
—¿Estás bien? —susurró Gala a su lado, al notar el rastro de preocupación en su rostro.
—Sí, solo estoy algo cansada —respondió, aunque no era del todo verdad, tampoco era una mentira.
Gala no insistió, algo que Aitana agradeció en silencio. Cuando el timbre anunció el final de las clases, un alivio genuino la recorrió; al menos por ese día, no tendría que seguir soportando las miradas asesinas de Chloe.
Mientras terminaba de guardar sus libros, su hermano se acercó a ellas.
—Gala, ¿estás lista para irnos?
Aitana observó a ambos con una sonrisa divertida, consciente de lo que Rhys tenía planeado. Gala asintió con timidez, ocultando un leve rubor.
—Entonces, pongámonos en marcha —dijo Rhys con una naturalidad sorprendente, mientras tomaba el bolso de la chica—. Te escribo después, Aitana.
—Está bien. Cuida de mi amiga.
Los hermanos compartieron una mirada cómplice que no pasó desapercibida para Adara, quien, al ver la escena, se inclinó hacia Chloe.
—Tenemos que hacer algo con ese par de intrusas, Chloe —siseó—. No podemos permitir que sigan ganando terreno; el lugar al lado de los chicos siempre ha sido nuestro.
Chloe apretó los dientes. Su amiga tenía razón: antes de que la situación se les escapara de las manos, necesitaban tomar medidas definitivas.
—Si arrancamos la raíz, todo volverá a la normalidad. Durante la fiesta todo saldrá exactamente como lo planeamos; esa idiota no tiene ni idea de lo que le espera.
Adara sonrió satisfecha. Ya tenían todo preparado; solo faltaba esperar el momento indicado. En cuanto Aitana dejara de ser parte de la ecuación, ella se encargaría personalmente de recordarle a Gala cuál era el lugar que le pertenecía.
—Entonces, dejémoslas disfrutar de sus últimos minutos de fama —murmuró Chloe, con una expresión cargada de veneno.
Mientras tanto, en la salida, el grupo se reorganizaba. Una vez que Rhys se llevó a Gala, Bahir lanzó la propuesta al aire: ir a ver una película.
—¿Aceptan, chicas? —preguntó Dean. La idea le resultaba tentadora; pasar más tiempo con Aitana era, sin duda, lo que más deseaba en ese momento.
Aitana buscó la mirada de sus amigas, Paula y Laia, quienes asintieron con entusiasmo.
—Entonces vamos —respondió ella.
De camino al cine, Aitana sacó su teléfono y escribió rápidamente a su madre para avisarle que llegaría tarde a casa. La respuesta llegó casi al instante, deseándole diversión, pero recordándole, con cariño, que llegara antes de la cena.
Al ver la pequeña sonrisa que se dibujó en los labios de Aitana, Dean se acercó un poco más, intrigado.
—¿Todo bien?
—Sí, mamá solo me recordó que no llegara tarde.
Dean le dedicó una mirada cómplice, con un brillo juguetón en los ojos.
—Entonces, me aseguraré de que esta Cenicienta llegue a su castillo antes de medianoche —bromeó Dean antes de mirar al resto del grupo—. ¿Qué película quieren ver?
—Nada de terror —protestó Aitana.
—¿Te da miedo? —preguntó Dean con una sonrisa.
—No me da miedo. Solo no quiero pasar dos horas escuchando gritos.
—Entonces queda descartada.
—Gracias.
—Aunque si te asustabas, siempre podías agarrarte de mi brazo.
Aitana rodó los ojos intentando ocultar la sonrisa.
—Qué considerado.
Tiempo después, mientras el grupo seguía debatiendo qué película elegir, Rhys y Gala sentados en un banco de piedra, rodeados por el aroma de las flores, compartían un helado en un silencio que, para ella, empezaba a tornarse insoportable. El corazón de Gala latía desbocado; después de lo ocurrido esa mañana, cada fibra de su ser se tensaba al intentar sostenerle la mirada.
—No estaba bromeando cuando dije que me gustabas, Gala —soltó él al fin, rompiendo la calma del jardín.
Gala, que estaba a punto de darle un bocado a su helado, se quedó paralizada. El postre se derritió apenas un milímetro, pero ella no sintió nada más que el golpeteo de su propio pulso en los oídos.
—Rhys… —logró articular, con un hilo de voz.
—Déjame terminar —la interrumpió él con suavidad, pero con firmeza—. Si te pedí que vinieras hoy es porque ya no soporto ocultar lo que siento. Si en el pasado me mantuve alejado, fue solo porque no sabía cómo procesar lo que me hacías sentir; no porque no me importaras. Estaba también el asunto de Adara, y no quería complicarte la vida más de lo necesario. Pero ahora… ahora he entendido mis propios sentimientos y no deseo perder ni un segundo más. ¿Quieres ser mi novia, Gala?