Tres días después del almuerzo compartido en casa de su cuñada, Orson tenía una sonrisa en su rostro; estaba satisfecho con la forma en que se estaban desarrollando las cosas. El encuentro que su mujer tuvo con Margaret le abrió las puertas para convertirse en socio de Simon. Ahora poseía el cuarenta por ciento de las acciones de su compañía. Simon estaba tan desesperado por salvarla que accedió a firmar el acuerdo bajo sus términos. Solo era cuestión de tiempo para recuperar también a su hijo.
—Bienvenido a casa, señor —lo saludó una de las empleadas.
—Gracias. ¿Mi esposa y mi hija dónde están? —preguntó cuando se quitaba el saco.
—La señorita Aitana está arreglándose para la fiesta de la escuela, y la señora la está ayudando —le comunicó la empleada.
—Entonces subiré a verlas.
—Me temo que no será posible, señor; la señora me pidió que no lo dejara subir.
—De acuerdo. Estaré en el salón. ¿Podrías traerme un café? —le pidió con resignación.
Si no quería que las dos mujeres de la casa se enojaran con él, entonces no tenía más remedio que obedecer sus órdenes.
—Veo que, al igual que a mí, te han prohibido ir a la habitación de mi nieta.
—Mamá, no sabía que estabas en casa —se acercó a ella y la besó en ambas mejillas.
—Acabo de regresar del club. ¿Y tú por qué llegas tan tarde? —Olalla dejó la revista que había estado leyendo a un lado y miró a su hijo.
—Estaba firmando los documentos de mi sociedad con Simon Allen.
—Veo que planeas acabar con esa familia desde adentro.
Olalla había sido testigo del sufrimiento de su hijo; comprendía perfectamente su deseo de venganza. Aquellos años fueron un infierno para toda su familia; de no ser por la llegada de Antonella a sus vidas, Olalla presentía que su hijo se hubiera hundido en un abismo del cual nunca hubiera podido salir.
—Así es, madre. Durante años ellos siguieron adelante como si nada hubiera pasado, mientras mis hijos crecían lejos de nosotros. Ya tuvieron demasiado tiempo de tranquilidad. Ahora les toca enfrentar las consecuencias de sus actos.
En todos esos años, Margaret jamás había tratado a su hijo con amor; ella y su marido veían a Rhys solo como un medio para obtener sus objetivos. Según su investigación, Chlóe, la hermana menor de su hijo, era la hija favorita de la pareja.
—No pienso cuestionar tus decisiones, hijo; sin embargo, me gustaría saber qué sucederá con la hija menor de Margaret cuando lleves a su familia a la bancarrota.
—Eso dependerá de mis hijos, madre. Si los chicos deciden que quieren ayudar a su hermana pequeña, entonces yo velaría por ella.
—Eres un hombre sabio, hijo. Estoy muy orgullosa de ti y estoy segura de que, si tu padre aún estuviera con vida, también estaría satisfecho al ver el gran hombre en el que te has convertido.
Olalla siempre estaría agradecida con la vida por el grandioso hijo que le había regalado. A pesar de todo lo que había tenido que vivir, Orson conservaba un corazón noble; no cualquiera estaría dispuesto a ayudar a la descendencia de sus peores enemigos.
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—Eres un hada madrina, mamá, me has convertido en toda una princesa —Aitana no podía creer que la persona reflejada en el espejo fuera ella.
—Ya lo eras, hija, así que no tuve que hacer mucho; además, ese vestido te sienta de maravilla —dijo abrazándola.
Antonella estaba feliz de haber construido una relación de madre e hija con Aitana. Aunque la vida le había negado la posibilidad de concebir, el destino la había bendecido con dos hijos; aunque Rhys todavía no estaba con ellos, Antonella tenía la certeza de que pronto podrían abrazarlo. Entonces, por fin, la familia que tanto habían anhelado estaría completa.
—Solo lo dices porque eres mi madre —expresó una sonriente Aitana al tiempo que la besaba en ambas mejillas.
Antonella sonrió con ternura.
—Lo digo porque es verdad. Puede que la vida nos haya unido hace poco, pero eso no cambia lo orgullosa que me siento de ti. Ahora bajemos; estoy segura de que tu padre y tu abuela están deseando verte.
Cuando la puerta del salón se abrió y apareció su hija, Orson se quedó sin palabras. Aún le costaba creer que la vida le hubiera devuelto aquello que creyó perdido para siempre. Contemplar a Aitana sonriendo frente a él era un regalo que jamás pensó recibir.
—No sé qué fue lo que hice bien en mi vida pasada para tener una hija tan hermosa —acercándose a ella, tomó una de sus manos entre las suyas y la llevó a sus labios para besarla—. Estoy seguro de que esta noche más de un chico querrá bailar con mi hermosa princesa.
Aitana se ruborizó por el cumplido de su padre; ella, con la única persona que quería bailar, era con Dean.
—Papá, estás haciendo que me avergüence —le confesó con una tímida sonrisa.
—Tu padre solo dice la verdad, cariño. Estás muy bella hoy y todos los chicos querrán ser tu pareja —agregó su abuela.
—Si es así, se llevarán una decepción, abuela, porque ya tengo pareja.