6 de abril, 2000.
La palma de la chica se apretó alrededor de la rama rompiéndola en el proceso. Cuando la madera cedió bajo su mano maldijo en su mente. Eso había sido demasiado ruidoso para su gusto.
Tensó la mandíbula y mientras refunfuñaba y maldecía; dejó caer los pedazos al suelo. Luego, retrocedió para ocultarse mejor entre el espeso y abundante follaje del árbol en el que se encontraba. No quería encontrarse — o en todo caso — enfrentarse con el intruso que se avecinaba.
Todavía no podía verlo, pero lo escuchaba moverse.
Emma no tenía la suficiente fuerza y energía para ello; así que lo mejor era esperar a que el desconocido se marchase, y aunque odiaba sentirse débil, no era estúpida. Sabía que en esas circunstancias no tenía ninguna oportunidad si se enfrentaba al forastero.
Además, odiaba que su garganta ardiera en la forma en que lo hacía, y ansiaba, sobre todas las cosas, poder anestesiarla pronto con sangre humana: caliente, espesa y reparadora.
Los pequeños animales que rondaban en el bosque la ayudaban a mantenerse lo suficientemente activa; pero no erradicaban por completo el dolor que producía la abstinencia, y menos, le proporcionaban los nutrientes necesarios para su correcta supervivencia.
Así que apretó los dientes y esperó a que el extraño se alejara, aunque para su desgracia, no lo hizo. En vez de eso, comenzó a acercarse lentamente dando algunos tumbos a su paso.
— ¡Conejito! — Gritó el desconocido con una discordante voz chillona que sobresalto a Emma. Un escalofrío de pura expectación le recorrió la columna vertebral — ¡Conejito, por favor!
Ella entrecerró los ojos y fue gracias a su increíble vista que captó aquello: El intruso era una pequeña niña.
Una niña que estaba condenadamente sola e indefensa. Emma tuvo que contener su repentina euforia. Aquello sería fácil, muy fácil.
Sonrió y dio gracias con anticipación por la comida.
— ¡Conejito! — Siguió con su voz aguda y chillona – ¡Yo sé que estás ahí! ¡Ven conejito!
Emma observó la escena y vio como la niña caía sobre sus rodillas cuando tropezó con una de las tantas raíces que sobresalían del suelo húmedo. No pudo evitar hacer una mueca llena de desagrado y esperó que la chiquilla rompiera el silencio y la tranquilidad del bosque con su llanto, pero de nuevo, y para su grata sorpresa, eso no sucedió.
Dejándola llena de sorpresa y curiosidad.
En vez de llorar y berrear, la niña solo bufó y enseguida se puso de pie mientras sacudía sus rodillas tratando de quitar las manchas de lodo que quedaron en su ropa. Cuando estuvo satisfecha dijo algo entre dientes y siguió caminando con sus coletas meciéndose al compás.
Era extraño e hipnotizante a la vez.
Emma se movió con sigilo entre los árboles, brincando de uno a otro para seguir de cerca a la niña pues la curiosidad había hecho mella en su sistema y no se veía dejándola de lado. Al menos, no hasta averiguar qué sucedía; porque no era normal que una chiquilla anduviera deambulando sola por el bosque y menos, tan cerca de la frontera.
La mocosa parecía indiferente al peligro que corría, pues tarareaba una canción infantil que Emma reconoció y le trajo recuerdos que –se dijo – habían estado enterrados en el fondo de su mente.
Sacudió la cabeza, no debía permitirse recordar.
Sin embargo, parte del misterio que envolvía a la chiquilla fue revelado cuándo la brisa empujó el aroma directo a sus fosas nasales. Emma no pudo evitar fruncir la nariz con asco debido al desagradable olor que desprendía la desconocida estando tan cerca.
Supo de inmediato que se trataba de una pequeña loba.
Emma no sabía si la niña era capaz de transformarse todavía, porque sí, su olor era desagradable, pero no tanto, pues se combinaba con otro más dulzón y atractivo. Aun así la garganta de Emma se cerró, dejó de picar con tanta intensidad y el dolor disminuyó hasta ser algo soportable.
Todo su cuerpo rechazó la idea de tomar la sangre apestosa de perro. No obstante, todavía podía matarla.
Pero ¿dónde estaba lo divertido en ello?
—Ya sé que estás ahí — Dijo la chiquilla de repente sobresaltando a Emma y dejándola sorprendida.
Llevo su mano hasta su pecho y se dijo que si su corazón todavía fuera funcional estaría golpeteando con mucha fuerza.
—Te he escuchado seguirme desde allá atrás — Se río — No eres muy silencioso, ¿Sabes? Pero no importa porque puedes decirme quién eres, no debes de tener miedo, no voy a hacerte daño. Lo prometo.
Emma dejó escapar un bufido que se asemejó mucho a una risa incrédula.
¿Ella con miedo? ¡¿Por quién la tomaba?! ¿¡Por un mugroso y apestoso perro!? ¡Ja!
—No tengo miedo — Murmuró entre dientes solo para ella, como si la idea del miedo no existiera para los de su clase.
—Entonces muéstrate — Insistió la niña.
Emma parpadeó antes de maldecir en voz baja al darse cuenta de su error; había hablado lo suficientemente alto como para que los agudos oídos perrunos de la niña captaran sus palabras.
Mierda.
En vez de volver a replicar una tercera vez, Emma se fundió mejor entre el follaje y aunque la luz del sol no la afectaba, no estaba segura de querer que la chiquilla la mirase.
—Por favor — Suplicó — Solo quiero saber si has visto al conejo.
Emma volvió a tragar la ponzoña que se acumuló en su boca mientras lo decidía y respiró hondo — No necesitaba hacerlo, pero la costumbre era difícil de erradicar — y sin pensarlo demasiado dio un brinco al vacío.
La caída apenas duró apenas un segundo y se encontró doblando un poco las rodillas para absorber el impacto. Resopló, caminó despacio y sin hacer ruido hasta quedar frente a la chiquilla.
La niña la miro y sus enormes ojos marrones se abrieron con algo de terror y sorpresa, aunque eso no duró mucho, después de unos segundos su expresión cambió tornándose tranquila y dejando que una sonrisa le iluminara la cara.
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Editado: 14.01.2026