Díez años después
Narrador omnisciente
Existen herida que jamás desaparecen, no importa los años que pasen, ni cuanto el tiempo intente cubrirlos; simplemente permanecen ahí, ocultas bajo la piel, recordándole a las personas aquello que perdieron. Y Thaysa conocía muy bien ese sentimiento, sabía que habían pasado diez años desde aquella noche, diez años desde la muerte de Elizabeth Rossie y Lain Shadow.
A pesar de todo lo que había perdido, Thaysa jamás se arrepintió de aquella decisión. Criar a la hija de dos hechiceros pertenecientes a clanes distintos había significado renunciar a todo lo que alguna vez conoció. Sin embargo, cuando observaba a la pequeña niña correr por el jardín o reír por cosas tan simples como una mariposa posándose sobre una flor, comprendía que ninguna de aquellas pérdidas había sido en vano.
Lilith se había convertido en lo mejor que le había ocurrido en toda su vida.
Todavía recordaba aquella noche como si hubiese sucedido ayer. Apenas habían transcurrido unas horas desde el nacimiento de la niña cuando todo cambió, desde entonces, diez largos años habían pasado bajo su cuidado. Diez años de desvelos, preocupaciones, enseñanzas y silencios. Diez años ocultando verdades que algún día tendrían que salir a la luz.
No había sido fácil.
Muchas noches había permanecido despierta observando el techo de su habitación, preguntándose si había tomado la decisión correcta. Otras veces el miedo la consumía al pensar en el futuro que aguardaba a la niña. Porque sabía que tarde o temprano el mundo de la hechicería vendría a buscarla o, ella misma se daría cuenta de lo que posee. Y cuando ese día llegara, ella ya no estaría en condiciones de protegerla.
Después de su expulsión del Reino Arcano, Thaysa jamás volvió a ser la misma. Los años se encargaron de recordárselo una y otra vez; primero llegaron las restricciones. Después el exilio. Y finalmente, cinco años más tarde, la desaparición completa de sus poderes.
La energía maldita que durante décadas había recorrido su cuerpo simplemente se extinguió.
La mujer que alguna vez entrenó a generaciones enteras de hechiceros en la había desaparecido. En su lugar solo quedaba una anciana obligada a vivir entre humanos corrientes, lejos de los clanes, lejos del Reino Arcano y lejos de todo aquello que había formado parte de su vida.
Y, aun así, si tuviera que elegir de nuevo entre conservar sus poderes o quedarse con Lilith, tomaría exactamente la misma decisión.
Por esa razón, entre todas las cosas que había perdido, siempre elegiría a Lilith. No importaba cuántos años hubieran pasado desde su expulsión, cuántas puertas le hubieran cerrado o cuántos recuerdos hubiera tenido que abandonar atrás; la niña seguía siendo lo más valioso que poseía.
Y precisamente por eso no permitiría que nadie se la arrebatara.
Thaysa conocía mejor que nadie el mundo de la hechicería. Conocía sus leyes, sus secretos y, sobre todo, la crueldad de quienes se escondían detrás de ellos. Sabía que tarde o temprano alguien aparecería buscando a la hija de Elizabeth Rossie y Lain Shadow. Era inevitable.
Sin embargo, también sabía algo más.
Por eso tomó una decisión.
Si algún día el mundo venía a buscar a Lilith, la niña debía ser capaz de protegerse por sí sola; debía aprender a levantarse después de cada caída, aprender a resistir y lo más importante, aprender a pelear.
Y si para lograrlo tenía que ser estricta, obligarla a entrenar hasta el agotamiento o soportar sus quejas todos los días, entonces lo haría sin dudarlo. Porque Thaysa prefería ver a su nieta llorar durante un entrenamiento que verla indefensa cuando llegara el día en que tuviera que enfrentarse al mundo por su cuenta.
—Abuela... ¿por qué hemos salido al jardín? —preguntó la niña mientras giraba sobre sí misma observando el lugar con confusión. El césped todavía conservaba pequeñas gotas de rocío y la brisa de la tarde movía suavemente las flores que rodeaban la casa— Es jueves. Hoy tenemos noche de películas, abuela.
Thaysa permaneció en silencio durante unos segundos.
La punta de su bastón descansaba sobre la tierra húmeda mientras su mirada se mantenía fija en algún punto del suelo. Las arrugas de su rostro parecían más marcadas bajo la luz anaranjada del atardecer. Estaba pensando cuidadosamente sus palabras.
Finalmente levantó la vista.
—No.
Lilith parpadeó confundida.
—¿Qué dijiste, abuela?
La anciana apoyó ambas manos sobre el bastón y enderezó un poco la espalda.
—Desde hoy, Lilith, quiero que entrenes conmigo todos los días.
La niña frunció ligeramente el ceño. Sus ojos azules se abrieron con sorpresa mientras procesaba aquellas palabras.
—¿Entrenar? —repitió incrédula—. No entiendo. ¿Por qué me dices eso de repente?
Thaysa sostuvo su mirada.
—Porque quiero que aprendas a defenderte por ti misma, hija.
—Pero yo sé defenderme.
—No. — la respuesta fue inmediata. —No sabes.
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hechiceros romances y maldiciones, los 4 elementos, magia aventura y fantasía
Editado: 08.08.2026