Legado De Hechiceros: Reino Arcano

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 1: ENCUENTRO LOTUS

Lilith Shadow Rossie.

Siempre fui una persona muy indecisa. Dudaba de todo; de mis decisiones, de mis pensamientos e incluso de mí misma. Mi abuela siempre decía que ese era mi mayor defecto. Que tenía demasiado potencial para vivir escondiéndome detrás de mis propias dudas. Desde pequeña repetía lo mismo una y otra vez; que yo no era igual a los demás, que había algo distinto en mí. Algo especial, único, a veces lo decía mientras acomodaba mi cabello detrás de la oreja, otras veces mientras me observaba en silencio desde la cocina con esa mirada extraña que nunca lograba entender del todo.

Siempre era lo mismo.

Vivía en Salem, Estados Unidos. Sí, ese Salem. La ciudad conocida por las antiguas historias de brujas, desapariciones inexplicables y rumores que jamás dejaron de perseguir sus calles. Muchos aseguran que todo ocurrió hace siglos. Otros creen que nunca terminó realmente. Hasta el día de hoy nadie descubrió qué fue lo que pasó en esa época, aunque existen cientos de libros, documentos y relatos sobre aquellos casos. Actualmente casi nadie habla de eso. Salem se convirtió en una ciudad tranquila, cubierta por cafeterías, pequeñas tiendas y turistas obsesionados con el misterio. Aun así, algunas noches, cuando la neblina cubría las calles y el viento soplaba entre los árboles secos, el lugar volvía a sentirse algo diferente.

Mi pequeña casa quedaba en el centro, cerca de un parque donde casi todo el día la gente no paraba de llegar. Allí solo vivíamos dos personas; mi abuela Thaysa Baldwin y yo. Nadie más.

Mi abuela trabajaba desde hace años en una panadería cerca del parque y claro, de mi casa. Todas las mañanas despertaba antes del amanecer y el olor a pan recién horneado terminaba impregnado en toda su ropa cuando volvía a casa. Gracias a ella nunca nos faltó nada. Tal vez no éramos ricas, pero vivíamos bien. Aunque la abuela podía ser bastante renegona, siempre se quejaba de algo; del clima, de los vecinos, del ruido o incluso de cómo dejaba mis zapatos tirados cerca de la puerta. Pero detrás de todo eso, tenía el corazón más dulce que conocí jamás.

Me encontraba sentada sobre el techo de mi casa, observando el cielo nocturno en completo silencio. La brisa fría movía lentamente mi cabello mientras mis piernas colgaban sobre el borde de las tejas. Desde allí podía ver gran parte de Salem; las luces encendidas a la distancia, las calles vacías y los enormes árboles moviéndose suavemente con el viento de Julio. Eran las once de la noche y, a pesar de lo tarde que era, no tenía sueño. Últimamente me pasaba seguido. Mi mente jamás se quedaba en silencio. Siempre había algo dando vueltas dentro de mi cabeza; pensamientos, preguntas o esa sensación incómoda de que algo estaba por cambiar. Aun así, estar aquí arriba ayudaba un poco. El ruido desaparecía, el mundo parecía detenerse por unos minutos y, por primera vez en todo el día, podía respirar tranquila.

Mañana debía ir temprano a clases y después visitar a mi abuela en el hospital. Todavía no lograba asimilar que estuviera ahí. Todo pasó demasiado rápido. Hace unos meses aún la veía caminar por la casa mientras se quejaba del desorden o del frío, y ahora permanecía conectada a máquinas dentro de una habitación blanca y silenciosa. Los doctores seguían sin descubrir qué enfermedad tenía realmente. Ninguno entendía qué estaba ocurriendo con su cuerpo. Algunos intentaban explicarlo con términos médicos complicados; otros simplemente evitaban mirarme directamente a los ojos. Pero todos coincidían en algo; no podían hacer nada.

Y yo odiaba escuchar esas palabras.

Cada noche rogaba que apareciera alguna solución. Algo. Lo que fuera. Rezaba incluso sabiendo que probablemente nadie estuviera escuchando. Porque perderla significaba quedarme completamente sola.

Ella fue la única persona que estuvo conmigo toda mi vida.

La única.

Me vio cuando apenas era una recién nacida. Me cuidó durante mis peores días, soportó mis berrinches de niña y mis discusiones absurdas de adolescente. Todavía podía imaginarme corriendo por toda la casa mientras ella gritaba mi nombre desde la cocina, amenazando con golpearme con el cucharón si volvía a romper algo.

Y ahora…

Ahora apenas podía mantenerse despierta.

Apreté lentamente mis dedos contra la tela de mi pantalón mientras desviaba la mirada hacia la luna. Sentir ese vacío en el pecho comenzaba a volverse insoportable.

Que alguien se sienta solo en este mundo es horrible, pero sentirse así cuando no tienes a tus padres, es peor. La abuela nunca quiso hablarme demasiado sobre ellos, cada vez que preguntaba algo, cambiaba de tema o guardaba silencio durante varios segundos. Lo único que realmente sabía eran sus nombres; Elizabeth Rossie y Lain Shadow.

Nada más.

Ni fotografías.

Ni historias.

Ni recuerdos.

Solo nombres que sonaban demasiado importantes para pertenecer a personas normales.

Es porque así estamos; nacemos solos, a veces nos quedamos solos y, al final, seguiremos estándolo hasta el día de nuestra muerte. Mis pestañas temblaron apenas antes de levantar lentamente la vista hacia el cielo nocturno. Las luces de la calle apenas lograban iluminar las nubes oscuras que cubrían parte de la luna y el viento frío de la noche movía con suavidad algunos mechones de mi cabello alrededor de mi rostro.




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