Legado De Hechiceros: Reino Arcano

CAPÍTULO 7

Lilith Shadow.

El dolor llegó sin aviso, atravesándome la cabeza.

Llevé la mano a la frente casi por instinto, mientras mis ojos se abrían con lentitud, arrastrando una visión borrosa que parecía resistirse a la luz. Todo era confuso, como si mi vista necesitara unos segundos más para encajar en su lugar.

Intenté incorporarme en la… ¿Cama?

Fue el momento cuando abrí los ojos por completo.

El techo no me resultó familiar. Tampoco las paredes, ni la forma en que la poca luz del sol entraba sin pudor por las cortinas cerradas, completamente indiferente a mi desconcierto. Observé a mi alrededor con el corazón acelerado, reconociendo nada. El aire era distinto y la habitación también. Esto no era mi casa. Me moví con rapidez, buscando los zapatos junto a la cama, aferrándome a la urgencia de huir, pero al inclinarme, un dolor punzante me llegó a la cabeza de nuevo, obligándome a detenerme de golpe. El mareo me envolvió y regresé al colchón, respirando hondo, con el cuerpo pesado y la mente dispersa.

Todo se sentía irreal.

Como un sueño que se aferra a la piel incluso después de abrir los ojos.
O como una pesadilla que se niega a soltarte.

Entonces, los recuerdos comenzaron a regresar.

Aquella sombra deslizándose en la oscuridad. Las fotografías de mi abuela. Las cenizas suspendidas en el aire. Aquella criatura horrible. Y él. Alek.

El aire se quedó atrapado en mi pecho.

No había sido un sueño.

Me llevé una mano al pecho, intentando calmar la sensación de ahogo que me apretaba por dentro, como si el aire no terminara de llegar a mis pulmones.

—¿Dónde estoy…? —murmuré con un hilo de voz, dejando que la mirada se perdiera en la ventana abierta.

Entonces lo escuché.

Un leve crujido en la puerta.

Me giré de inmediato, alarmada. El pomo se movió con lentitud, girando apenas, hasta que la puerta comenzó a abrirse. Mi cuerpo se tensó por completo. Me quedé quieta, aferrando las sábanas con fuerza, los dedos clavándose en la tela como si eso pudiera protegerme.

La silueta apareció primero, recortada por la luz del pasillo. Luego, ella.

Una joven de cabello corto castaño oscuro y ojos penetrantes me observó con calma, sin sorpresa, como si supiera exactamente quién era yo… y por qué estaba ahí. Su postura era firme, segura. No parecía una extraña perdida, sino alguien que pertenecía a ese lugar.

Llevaba un uniforme extraño, azul oscuro, impecable. En el pecho la insignia, al instante la reconocí. Era la misma insignia que aparecía en las fotos de mi abuela.

Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza.

—Veo que despertaste… —su voz fue suave, y en su mirada se asomó un atisbo de alivio.

Tragué saliva, sin saber qué responder de inmediato. El corazón me latía con fuerza.

—¿Dónde… dónde estoy? —pregunté al final, con la voz temblándome apenas.

La joven no respondió.

En lugar de eso, caminó hasta la ventana y apartó ligeramente la cortina, asomándose al exterior. Sus movimientos eran medidos, atentos. Permaneció así unos segundos, en silencio.

Ese silencio me apretó el pecho. La ansiedad comenzó a crecer, lenta pero constante, mientras esperaba una respuesta que no llegaba.

Nada en ese lugar parecía seguro.

—Tu cuerpo está bien —respondió finalmente, sin mirarme—. Solo sufriste un desmayo. No tienes nada grave.

Me quedé observándola, confundida, intentando encontrar en su rostro alguna pista, algún gesto que me explicara todo lo demás. Pero ella evitó mi mirada, manteniendo la atención en cualquier punto que no fueran mis ojos.

Era evidente. Estaba ocultando algo.

— Oye y sabes si… ¿Dónde está Alek? —pregunté al fin, aferrándome a esa pregunta como si fuera la única certeza que tenía.

El nombre se escapó de mis labios casi sin pensarlo, y apenas lo pronuncié, algo dentro de mí se tensó.

Sonó extraño. Demasiado natural.

¿Por qué preguntaba por él antes que por cualquier otra cosa?

¿Por qué su nombre era lo primero que buscaba cuando todo a mi alrededor era desconocido?

La joven alzó una ceja, observándome con atención. Por un instante, sus labios se curvaron en una sonrisa difícil de descifrar, una mezcla de burla y curiosidad.

—A…Alek…Un idiota como él debe estar entrenando. —dijo al fin, con un tono relajado, casi despreocupado, encogiéndose de hombros—. Nunca sabe quedarse quieto.

Hizo una pausa breve y, entonces, añadió.

—Por cierto… soy Hazel.

Asentí despacio. El gesto fue automático. Mi atención, sin embargo, ya no estaba en ella.

—Lil… —intenté decir.

No me dejó terminar.

—Lilith, ya sabemos.

Su mirada brilló con un dejo de picardía, con una sonrisa mínima curvó sus labios.




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