Legado De Hechiceros: Reino Arcano

CAPÍTULO 8

Lilith Shadow.

La verdad es que, si hubiera creído que mi vida podía cambiar en un abrir y cerrar de ojos, habría aprovechado mejor el tiempo. Ese tiempo que ahora doy por perdido.

Habría escuchado más. Habría hecho caso. Habría sonreído cada vez que se me presentara la oportunidad. Incluso habría pasado más tiempo con la única persona que realmente tenía en mi vida; mi abuela. Ella era quien me regañaba en todas las ocasiones posibles, pero también quien sabía hacerme reír cuando algo me entristecía. La que me defendía incluso cuando no tenía razón. Cuando en la escuela me llamaban “huérfana”, ella estaba ahí, recordándome que no lo era. Porque al final, aunque no tuviera a nadie más, la tenía a ella… y eso era más que suficiente. Fue la única, la única que se quedó hasta el final.

Durante años me aferré a algo que nunca tuve, mis padres. A veces me sorprendía imaginando cómo habría sido convivir con ellos, cómo se sentía crecer rodeada de una familia completa. Padres, abuelos, risas compartidas. Una familia perfecta, tan perfecta… y tan mía. Pero, a pesar de todo, mi vida nunca fue miserable, en aquella pequeña casa —la misma que ahora permanece deshabitada— hubo amor, hubo cariño. No abundaban las cosas, pero nunca faltó lo esencial.

Crecí creyendo que mis padres me habían abandonado. Me obligué a ser fuerte demasiado pronto, cargando preguntas que nadie sabía responder. Durante años pensé que esa había sido la verdad. Pero no lo fue. Ellos no me dejaron atrás, solo murieron en este mundo que aún no logro comprender. Un mundo injusto, que decide a quién salvar y a quién no. Un mundo que protege a quienes considera dignos y abandona a quienes se atreven a desobedecer. Los deja atrás, los borra y sin detenerse a pensar en lo que dejan, en las vidas que rompen, en los vacíos que nunca vuelven a llenarse.

Volví a mirar la fotografía que el director Kaien me había entregado aquel día, cuando me llevaron por primera vez a mi habitación. En ella estaban mi abuela y mis padres. Mi madre aún no estaba embarazada. Acababan de casarse. Llevaba un vestido blanco sencillo, pero se veía realmente hermosa. Sonreía para la cámara con esa felicidad limpia, sin sombras. Mi padre, en cambio, no miraba al lente. Sus ojos estaban fijos en ella, como si el mundo entero se redujera a su presencia, como si nada más existiera a su alrededor. No importaba que mi madre posara para la foto; su atención nunca se apartaba de ella.

Eso… eso fue lo que terminó de derrumbarme. Porque en esa imagen los tres eran felices.

Mis piernas cedieron sin previo aviso. No fue un desmayo ni una caída violenta. Fue rendición. Las rodillas chocaron contra el suelo de la habitación con un sonido seco, uno que nadie más escuchó. El dolor no llegó de golpe; se arrastró, primero, una presión constante en el pecho, después, un nudo en la garganta que no se deshacía, por más hondo que intentara respirar.

Respiré. Y, aun así, sentía que me ahogaba.

Me llevé una mano al estómago vacío, como si hubiera olvidado cómo se sentía estar completa. Las piernas me temblaban apenas, lo justo para obligarme a apoyar los codos sobre ellas y encorvarme. No había imágenes en mi mente. Solo verdades. Palabras dichas sin cuidado. Revelaciones que irrumpieron de golpe en un espacio que había permanecido sellado durante años.

Tragué saliva. Dolió más de lo necesario.

El pecho empezó a arder. Cada respiración raspaba por dentro, me doblé un poco más, abrazándome sin pensarlo. No buscaba consuelo. Buscaba sostenerme. Y a pesar de todo, no pude, nunca podía porque era débil. Las lágrimas llegaron sin ruido, incontrolables. Cayeron sobre mis manos, una tras otra. No sollozaba. No quería hacerlo. No quería que ese sonido existiera. Ni siquiera para mí.

—No…No sé qué hacer…

La voz salió rota, apenas un hilo tembloroso que se perdió en la habitación.

Entonces el temblor se intensificó. Las manos dejaron de obedecerme. El cuerpo también. Todo se sentía mal, fuera de lugar, como si no me perteneciera. Cada día pensaba en ellos. En lo que les hicieron. En lo que soportaron. En mi abuela. En las atrocidades que cargaron por mí, sin que yo lo supiera.

El peso de todo eso me aplastaba ahora. Porque en mi mente, en ese instante, solo existía una verdad insoportable. Si yo no hubiera existido, ellos seguirían vivos.

Y esa idea… fue la que más dolió.

La culpa permaneció ahí, incrustada en el pecho, negándose a irse. No desapareció ni se volvió más liviana. Me quedé de rodillas unos segundos más, la cabeza baja, los hombros tensos, respirando de forma irregular, dejando que ese pensamiento me mordiera por dentro.

«Si no hubiera existido».

Alce la mirada, arrugando mis cejas, mirando mis manos como estaban empapadas de lágrimas. Mis dedos se cerraron con fuerza sobre la tela de mi ropa, arrugándola, tirando de ella como si el dolor tuviera forma y pudiera arrancarlo de mí. No funcionó. Nada funcionaba. El pecho me ardía. No era tristeza. Era presión. Como si algo se estuviera acumulando, empujando desde dentro, negándose a quedarse en silencio.

Entonces ocurrió. Por segunda vez sentí que algo dentro de mí se movió.

No fue consuelo, ni fue una voz externa, tampoco una revelación amable.

Fue una pregunta incómoda, abrupta, que se abrió paso en medio de la culpa.




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