Legado De Hechiceros: Reino Arcano

CAPÍTULO 9

Capítulo 9

Lilith Shadow.

No todo lo que extrañas merece volver.

Lo entendí cuando ya no quedaba nada dulce en el recuerdo, cuando la nostalgia dejó de acariciar y empezó a desgarrar por dentro.

Es esa sensación extraña de recordar de golpe, los momentos simples, las risas que no sabías que eran las últimas, los silencios compartidos con alguien que te sostuvo incluso cuando te equivocabas. Recordar no siempre reconforta. A veces abre heridas que apenas estaban cerrando.

Abuela… cuánto te extraño. Y cuánto te necesito ahora.

Después de la inesperada visita al Reino Arcano, nada volvió a ser igual en la academia. Las miradas me seguían a cada paso, cargadas de desprecio, de juicio, de miedo mal disimulado. Susurraban cuando pasaba, evitaban acercarse, como si mi sola presencia hubiera contaminado algo sagrado.

Y tal vez tenían razón.

Había roto las reglas. Las suyas.

La academia se había vuelto un lugar nuevo y extraño al mismo tiempo. Caminaba por sus pasillos como si los conociera de antes, pero nada se sentía realmente mío. La mayoría del tiempo lo pasaba en la biblioteca, rodeada de libros antiguos, pergaminos gastados y textos que hablaban de un mundo que hasta hace poco me había sido ajeno. Ahí, en el silencio, empecé a entender cómo funcionaba todo, no por curiosidad, sino por necesidad.

Aprendí sobre los grados de los hechiceros, los rangos que marcaban quién tenía voz y quién debía obedecer. Cada página era una confirmación de lo lejos que estaba de la cima… y de lo largo que sería el camino. Años. Años de entrenamiento, de pruebas, de batallas que todavía no podía imaginar. Años para escalar uno por uno los niveles hasta llegar a la Clase Arcana.

No me desanimó. Al contrario. Saber que no sería rápido ni sencillo solo hizo que la meta se sintiera más real. Si debía pasar por encima de todo, aprender cada regla antes de romperla, dominar cada límite antes de superarlo, entonces lo haría. No tenía prisa. Tenía determinación.

Porque no había venido a este mundo para ser una espectadora.

Por otro lado, también comprendí los grados de las maldiciones, esos seres que existen para ser destruidos con nuestra propia energía maldita, la misma que ahora corre por mi cuerpo y que, con el entrenamiento adecuado, podría usar para enfrentarlos. Leer sobre ellas no era solo aprender a combatir, era entender el origen de este mundo torcido, un lugar donde el dolor humano se condensa hasta tomar forma, donde el miedo y la desesperación se convierten en algo que respira y mata.

Es un mundo oscuro, increíble y profundamente triste, tanto que al imaginar las pérdidas de aquellos humanos que nunca supieron qué los atacó, sentía ese nudo familiar en el pecho, esa sensación de perderlo todo en un solo instante, sin aviso, sin explicación. Y fue entonces cuando entendí que no solo estaba aprendiendo a luchar contra maldiciones, sino contra aquello que nace cuando el mundo deja de ser justo.

Para ser sincera, aún no sé qué es lo que llevo dentro de mí, ni siquiera sé qué es lo que realmente debo hacer. Tan solo pensarlo hace que la cabeza me duela con una intensidad insoportable.

Escuché el sonar de mi puerta tres veces seguidas.

Abrí lentamente los ojos, dejando que mi vista intentara enfocarse mientras observaba el techo. Me incorporé un poco en la cama, apoyando todo mi peso en una sola mano. Me froté los ojos con lentitud y giré hasta quedar sentada al filo del colchón, soltando un suspiro cansado.

Miré el reloj. Cinco y cuarenta de la mañana.

¿Quién rayos viene a interrumpir mi sueño a esta hora?

Me puse las pantuflas y caminé hasta la puerta arrastrando los pies. Giré la cerradura, y la imagen que apareció al otro lado no fue nada agradable. Mucho menos considerando cómo me veía en ese momento.

—Alek…

Su mirada me recorrió de pies a cabeza, sin ningún pudor.

—Esas pantuflas no combinan en absoluto con tu personalidad. —comentó, señalándolas.

Bajé la mirada hacia mis pies y rodé los ojos en silencio. Luego alcé la vista, clavándola en él, exigiendo una explicación sin necesidad de decir una sola palabra.

—¿Por qué vienes a verme tan temprano? —arrugué un poco la nariz—. ¿Sabes que ya casi son las seis de la mañana, ¿verdad?

Él negó con la cabeza.

—No me fijé en la hora. —replicó, chasqueando la lengua— Ah, verdad… llevo el reloj adelantado.

Le alcé una ceja y me crucé de brazos, claramente fastidiada.

—¿Qué quieres, Alek? —pregunté sin rodeos.

Alek soltó una risita.

—Kaien te espera en diez minutos afuera de la academia… bueno, en el bosque —desvió la mirada hacia la ventana—. Pero como me dijo diez minutos, y tú estabas durmiendo y hablando conmigo… creo que ahora te quedan tres.

Abrí los ojos por completo.

—Ash. —chasqueé la lengua—. Debiste decírmelo cuando estabas adentro, no aquí afuera, y hacerme perder el tiempo.

Giré sobre mi eje, apurada, levantando las manos para acomodarme el cabello.

—No, porque si no, no habría visto la cara de zombi que tienes.

Me detuve en seco.

Giré de nuevo para cerrar la puerta.

Ya fue suficiente.

—¡Espera! Espera, no te enojes. — detiene la puerta con una sola mano y forzándola a abrirse por completo— Toma, rubia, un regalo.

Me lanzó una bolsa blanca. Por pura suerte, la atrapé.

—¿Qué… qué es esto? —pregunté, mirándola mientras le daba vueltas.

—Al menos ábrela. —respondió, desganado.

Le hice caso.




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