Legado De Hechiceros: Reino Arcano

CAPÍTULO 14

Alek Ackerman.

El día no tenía nada especial o al menos eso parecía. El cielo estaba despejado, el aire demasiado tranquilo para mi gusto, y la academia seguía con su rutina patética de siempre. Estudiantes caminando de un lado a otro como si realmente supieran lo que estaban haciendo, entrenamientos mediocres, conversaciones vacías, lo normal. Apoyé un hombro contra una de las columnas del patio principal, con las manos en los bolsillos, observando. Mi expresión era la misma de siempre; relajada, aburrida, sin interés real, pero mi mente no estaba ahí del todo.

Sin embargo, algo no encajaba.

Volví a fijar la mirada hacia un punto de la academia, sin moverme, dejando que la sensación terminara de asentarse bajo la piel. El ambiente se volvía extraño por segundos, hoy era el día, el día en que esa mujer debía salir de su entrenamiento o de la barrera, mejor dicho. Kaien no iba a retrasarlo más, nunca lo hace. Desvié apenas la mirada, apretando la mandíbula con fastidio contenido. Aunque hayan pasado seis meses —sí, los tengo contados—, allá dentro de esa barrera no debieron ser más de una o dos semanas; el tiempo no corre igual ahí, nunca lo ha hecho, y aunque no sé con exactitud cuánto fue para ella, sí sé lo suficiente como para no confiar en ese desfase.

Esa barrera antes tenía nombre, la llamaban la barrera del tiempo.

No era un simple campo de entrenamiento, era un lugar donde el tiempo se distorsionaba, donde lo que aquí eran meses, allá podían sentirse como días o menos, y por eso mismo dejó de usarse, nadie quería exponerse a algo que no podía controlar del todo.

Pero Kaien la metió ahí sin decirle nada.

Creí que, al menos por una vez, sería más considerado y la enviaría a un lugar con supervisión, con hechiceros que guiaran a principiantes. Pero no. Hizo lo contrario. La lanzó sola a ese bosque, a ese campo energético que consume y responde a la energía maldita; ahí dentro no hay ayuda, no hay guía, solo tú contra lo que eres capaz de soportar y para salir, no basta con sobrevivir, tienes que sobrepasar tu propio límite.

Mala decisión o una demasiado calculada. Con Kaien, ambas cosas suelen ser lo mismo.

Aun así, esto no era un caso cualquiera. No todos los días aparece alguien con dos técnicas malditas, y menos cuando vienen de los dos clanes más fuertes de la hechicería.

Una ligera sonrisa tiró de la comisura de mis labios.

Giré sobre mis talones y avancé directo hacia el salón de entrenamiento, sin apuro, con ese ritmo constante que no necesita demostración. La puerta se abrió con un leve empujón de mi hombro y entré sin mirar a nadie en específico, pero vi todo. Siempre veo todo. El olor a madera, el eco seco de pasos mal coordinados, el sonido metálico de katanas chocando sin control. Desorden. Falta de disciplina. Falta de presencia.

Hoy me tocaba el Grado Llama. Principiantes.

Cerré la puerta detrás de mí con un golpe seco que bastó para que todos se detuvieran. El ruido murió de inmediato. Bien. Al menos entendían eso.

—Formación.

Tardaron. Medio segundo de más. Suficiente para notar quién dudaba, quién no estaba listo, quién simplemente estaba aquí por estar. Se alinearon frente a mí, algunos tensos, otros intentando aparentar seguridad. No funcionaba. Se les notaba en los hombros, en la forma en que sostenían la katana, en la respiración corta.

Caminé entre ellos, lento, con las manos en los bolsillos, observando sin decir nada. Fui a agarrar un palo grueso que estaban a lado de la ventana, no quería usar mi katana porque se que los mataría con un solo movimiento y, la verdad prefiero conservar lo que significa mi apellido.

Pasé por el primero, tenía un agarre débil. El segundo, postura abierta. El tercero, mirada inestable.

Patético.

—¿Eso es lo que llaman preparación?

Nadie respondió.

Seguí caminando, deteniéndome frente a uno que apenas sostenía la katana con firmeza. Bajé la mirada hacia sus manos. Temblaban.

—Suelta. —me miró, confundido. —No estás listo para sostenerla, si no estas listo tampoco lo estarás para un verdadero combate.

Retrocedí un paso y giré apenas el cuello.

—Ataque básico. Uno por uno, quiero ver su agilidad.

El primero avanzó, lento, demasiado. Pude ver el movimiento completo antes de que siquiera terminara de iniciarlo. Di un paso corto hacia un lado, desvié la trayectoria con el mínimo movimiento y con dos dedos golpeé su muñeca. La katana cayó.

—Muerto.

Ni siquiera lo miré al decirlo.

El segundo vino con más impulso, pero sin control. Error común. Usan fuerza cuando no tienen técnica. Giré el cuerpo lo justo, dejé que el filo pasara cerca sin tocarme y golpeé su costado con el palo que llevaba. Cayó de rodillas.

—Muerto.

El tercero intentó corregir. Tarde.

—Muerto.

Uno tras otro.

Sin esfuerzo.

Cuando terminé, el silencio volvió a llenar la sala. Algunos evitaban mi mirada. Otros apretaban la mandíbula. Ninguno entendía del todo lo que estaba pasando.




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