Legado de lo Olvidado

Capitulo 1: Un día inolvidable

En una de las casas de la ciudad más grande vivía una chica llamada Urara Haster. Aquella noche dormía profundamente, aunque la emoción por el día siguiente había hecho que le costara conciliar el sueño. No era para menos: al día siguiente cumpliría diecisiete años.

Sus padres le habían prometido que, al alcanzar esa edad, tendría mucha más libertad. Después de todo, ya estaría a un paso de la mayoría de edad. Para cualquier adolescente, escuchar algo así era prácticamente un sueño hecho realidad. Significaba poder quedarse más tiempo en las fiestas, tomar más decisiones por sí misma y disfrutar de una independencia que llevaba años esperando. Por esa razón, les había insistido durante semanas para que alquilaran un local donde pudiera celebrar su cumpleaños con todos sus amigos. Quería que aquel día fuera especial, divertido e inolvidable.

Sin embargo, Urara no tenía la menor idea de que ese día sería inolvidable por razones completamente distintas. Razones que cambiarían su vida para siempre y despertarían algo en su interior que se suponía que ya no existía en el mundo actual.

A la mañana siguiente, la alarma de su celular comenzó a sonar. Como tono tenía la canción principal de una novela que le gustaba mucho.

—Aggg... ya amaneció... no quiero despertarme... —murmuró molesta mientras se tapaba un poco más con las sábanas.

Con pereza, tomó el celular para apagar la alarma. Pero en cuanto vio la fecha en la pantalla, todo el sueño desapareció de golpe.

—¡Sí! ¡Por fin! ¡Ya tengo diecisiete años! —exclamó incorporándose de inmediato.

Una enorme sonrisa apareció en su rostro. Sin pensarlo dos veces, se levantó de la cama de un salto y comenzó a brincar de felicidad por toda la habitación, todavía con el pijama puesto. Después de unos segundos, se dejó caer nuevamente sobre la cama y levantó los brazos hacia el techo, intentando calmarse. O al menos intentándolo.

—Yuju... no puedo creer que por fin haya llegado este día tan esperado... —susurró emocionada para evitar que sus padres la escucharan y terminaran regañándola por hacer ruido desde tan temprano.

Tras recuperar un poco la compostura, salió de su habitación con una sonrisa de oreja a oreja y se dirigió hacia la cocina. Justo antes de entrar, escuchó la voz de su mamá mientras hablaba con su padre. Entonces, hizo lo posible para disimular la inmensa felicidad que estaba sintiendo.

—Muy buenos días, papá y mamá —dijo con un tono que parecía entre calmado y feliz.

Sus papás se dieron cuenta de inmediato de que su hija intentaba permanecer serena, pero realmente no podía contener su emoción.

—Muy buenos días, hija. Al parecer hoy estás de muy buen humor, algo inusual en las mañanas —dijo su papá, haciendo saber que se notaba su entusiasmo.

—Sí, es realmente muy inusual, porque siempre se está quejando de por qué se tiene que levantar temprano para ir al colegio —añadió su mamá, haciéndole una broma.

—Ay, mamá, tampoco es para tanto —respondió Urara un poco molesta por el comentario mientras se sentaba a la mesa.

Después de unos minutos, su mamá llevó el desayuno para todos. Cuando Urara miró su plato, vio que le habían preparado su comida favorita: dos huevos a la inglesa, un pan untado con mermelada de frutos rojos y un vaso de jugo de naranja.

—Mamá, te pasaste con este desayuno —dijo Urara mientras se preparaba para comer aquello que pocas veces le preparaban.

—Es solamente por tu cumpleaños, así que no pienses que ahora lo comerás de manera habitual —respondió su mamá con tono feliz.

De manera imprevista, mientras Urara ya desayunaba, su mamá la abrazó por la espalda, le dio un beso en la mejilla y le dijo:
—Feliz cumpleaños, hija mía. Ya diecisiete años... no puedo creer lo mucho que has crecido.

—Ay, mamá, me haces morir de vergüenza. ¿No ves que estoy desayunando? —protestó Urara mientras masticaba, poniéndose un poco roja.

—Además, creo que tu papá te tiene que decir algo que te va a encantar —añadió su mamá sin soltar el abrazo.

Entonces, la mirada de Urara se dirigió con una notable ilusión hacia su papá. Él estaba tomando su habitual café, tan concentrado en sus pensamientos que no había prestado atención a lo que su esposa acababa de decir.

—¿Qué es lo que le tengo que decir? No entiendo —preguntó mirando a su mujer.

—Le tienes que decir sobre la sorpresa que preparaste para ella —le reclamó con cierto tono de molestia.

—Ah, sí, es cierto —reaccionó el padre—. Te consiguió el mejor local que pude encontrar. Con todo lo que pediste: luces, pista de baile y horario extendido.

Al escuchar esto, Urara ya no pudo seguir ocultando su emoción. Se zafó del abrazo de su mamá y empezó a saltar de alegría por toda la cocina.

—¡Mil gracias, papá! ¡Te quiero mucho! No sabes lo feliz que me haces —exclamó mientras corría a abrazarlo.

—Bueno, es lo que pediste. Nosotros nos encargaremos de supervisar los detalles. Feliz cumpleaños, hija —respondió su papá.

—Muchas gracias a los dos por hacer que este día sea tan especial desde temprano —dijo Urara.

—Bueno, ya se terminaron las felicitaciones. Termina tu desayuno, Urara, que si no vas a llegar tarde —advirtió su mamá mirando la hora.

—Okey, mamá —asintió volviendo a sentarse.

Unos minutos después, Urara terminó, agradeció por la comida y regresó a su cuarto para cambiarse y salir hacia la escuela, que estaba a solo dos cuadras de su casa.

Ya en su habitación, decidió poner su mejor música mientras se alistaba. Se imaginaba la fiesta de esa noche, lo que provocó que cantara y bailara por todo el cuarto. De manera sorpresiva, la puerta se abrió.

—Urara, baja eso, vas a levantar a los veci... —Su madre se quedó firme en el umbral, contemplando el espectáculo.

Urara se congeló, sintiendo una oleada de vergüenza pura. Se cubrió el uniforme a medio poner con los brazos.




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