Legado de lo Olvidado

Capitulo 2: El comienzo del cambio

Después de todo ese incidente, Urara estaba en automático. El impacto había sido tan grande que ni siquiera se dio cuenta en qué momento el taxi avanzó, ni de cómo habían llegado a su casa.

—Mamá... ¿en qué momento llegamos? —preguntó Urara, mirando a su alrededor con los ojos desorientados.

—Hasta que por fin respondes, hija —le contestó su mamá, con la preocupación marcada en el rostro—. Me tenías con el Jesús en la boca. Durante todo el trayecto en el taxi no respondías cuando te hablábamos; pensé que te estabas traumando por lo que pasó.

Urara miró a su madre como si no entendiera una sola palabra de lo que estaba diciendo. Al ver esa reacción perdida, el miedo de su mamá aumentó; se acercó a ella de inmediato y la rodeó con un fuerte abrazo.

—Hija, ¿estás bien? Sé que haber visto a tu papá casi quemarse fue un golpe muy fuerte, pero si necesitas hablarlo, aquí estamos —le dijo con ternura, acariciándole el cabello para calmarla.

En cuanto Urara escuchó que su papá casi se quema, su rostro cambió drásticamente. Una mezcla de terror y culpa absoluta la invadió. Se zafó del abrazo y corrió desesperada hacia el auto, donde su madre terminaba de bajar los objetos que habían traído de regreso del local.

—¡Mamá! ¿Mi papá está bien? ¿No le pasó nada? ¿Segura que no se quemó? —le gritaba con un tono cargado de angustia y desesperación.

—Sí, hija, afortunadamente tu papá está perfectamente bien —la tranquilizó su mamá—. Lo único malo es que tu torta quedó completamente carbonizada.

—No me importa la torta... ¡Quiero pedirle disculpas a mi papá por haberle hecho eso! —respondió Urara con la voz quebrada, metiendo la cabeza en el auto para buscarlo.

Su mamá se quedó completamente confundida al escuchar esas palabras, mientras intentaba sacar las llaves de la cartera para poder entrar a la casa y descansar de una vez.

—Hija... —intentó hablar la madre, pero fue interrumpida.

—Mamá, ¿dónde está mi papá? No está en el auto. ¿Estás segura de que está bien? Si estuviera bien, estaría aquí con nosotras —reclamó Urara, mirándola con los ojos abiertos por el pánico y una evidente crisis de ansiedad.

Al ver el estado de shock de su hija, la madre dejó las cosas en el suelo y la abrazó con fuerza para transmitirle calma.

—Hija, escúchame: tu papá está bien, de verdad. No tienes que preocuparte por nada. Solamente fue a la clínica de un amigo suyo para hacerse una revisión rápida y estar completamente seguros de que no tiene ninguna quemadura —le explicó mientras le acariciaba la cabeza.

En el momento en que Urara sintió el consuelo y el calor de su madre, se desmoronó por completo. Comenzó a llorar a mares, rota por la culpa, ocultando el rostro como si volviera a ser una niña pequeña. Entre sollozos, repetía una y otra vez que necesitaba pedirle perdón a su padre por haber provocado semejante desastre. Su mamá, sin tener la menor idea de a qué se refería, solo la mecía en sus brazos.

—Hija, no es tu culpa. Nada de esto es tu culpa... —le repetía, intentando calmar su llanto.

Después de unos minutos, Urara logró recuperar un poco el aliento y dejó de llorar. Su mamá, al verla más tranquila, le pidió que la ayudara a cargar los últimos paquetes hasta la puerta de la casa, mientras ella volvía a pelear con la cerradura bajo la tenue luz de la entrada.

—Qué extraño... ¿Por qué no quiere girar la llave? No vaya a ser que se haya estropeado el cerrojo —se quejó la madre, frustrada porque la llave no cedía.

Urara, que esperaba de pie sosteniendo algunas decoraciones del local, miró la puerta. Agotada, asustada y con la cabeza doliéndole, pensó para sus adentros que todo sería mucho más fácil si existiera algún truco o una especie de magia para abrir las puertas sin tanto esfuerzo. De repente, como si algo en lo más profundo de su código genético respondiera a su deseo, su boca se movió por sí sola.

Reserare —susurró de manera automática.

El efecto fue inmediato: se escuchó un fuerte click metálico y la puerta se abrió de golpe. Su mamá se quedó helada por la sorpresa, mirando el picaporte, pero de inmediato asumió que simplemente la llave por fin había girado gracias a la fuerza que estaba aplicando.

Urara, en cambio, se quedó completamente perpleja. El miedo le congeló la sangre. Acababa de pronunciar otra vez una palabra extraña que jamás en su vida había aprendido, y la realidad había vuelto a obedecerla. Se quedó mirando la cerradura en un trance absoluto, sin notar que su madre ya había entrado y la estaba llamando desde el pasillo.

—Hija, pasa de una vez con las cosas. Está haciendo mucho frío afuera y necesitas descansar —le decía, pero al ver que no se movía, insistió—: ¿Hija? ¡Hija! ¡Urara!

El grito de su madre la sacó bruscamente del trance.

—¡Sí, mamá! ¿Qué pasa? ¿Por qué me gritas? —respondió sobresaltada, parpadeando rápido.

—Porque no me respondías. ¿En qué estás pensando? Dime —le cuestionó su mamá, mirándola fijamente.

—En nada, mamá... —mintió Urara de inmediato, tragando saliva para evitar que se preocupara otra vez.

—¿Segura? Recuerda que me puedes contar lo que sea, ¿sabes? —le recordó su madre con tono dulce.

—Sí, mamá, estoy segura. Bueno, ya hay que pasar, como dices, hace bastante frío aquí afuera —concluyó Urara, cambiando de tema rápidamente mientras cruzaba el umbral con los paquetes.

Después de unos minutos ayudando a su mamá a acomodar las cosas en la sala, Urara se fue a su cuarto. Se sentó en la orilla de la cama, incapaz de dejar de pensar en todo lo que había ocurrido esa noche.

—¿Cómo es posible que sepa esas palabras? ¿Acaso las escuché en algún sitio? —se preguntaba en voz baja, hundiéndose en la confusión—. ¿Qué significan y por qué causan ese impacto?

El miedo le oprimía el pecho, pero la curiosidad y la desesperación pudieron más. Decidida a salir de dudas, respiró hondo y pronunció el primer conjuro, el que había desatado el desastre en el cumpleaños:




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