Habían pasado horas desde que Urara se había encerrado en el baño, o al menos eso pensaba ella, ya que al no tener su celular ni poder escuchar el timbre de la escuela, era imposible saber el cambio de hora. Después de un rato, se dio cuenta de que había estado llorando porque sentía las mejillas totalmente húmedas. Desesperada por el aislamiento, intentó forzar la voz y soltó un grito con todas sus fuerzas, pero no pudo escuchar absolutamente nada; ni el eco de su propio llanto dentro del cubículo. Aquella aterradora confirmación provocó que se encogiera en posición fetal, abrazando sus rodillas mientras permanecía sentada sobre la tapa del inodoro.
Entonces, de manera inesperada, la puerta del cubículo se abrió. Urara no había echado el seguro debido al colapso que traía encima. Sintió una mano cálida tocándole el hombro, lo que la obligó a levantar la cabeza.
Frente a ella estaba su mamá, acompañada por los auxiliares del colegio. Sus amigas, al ver que Urara huía del salón y no respondía en el baño, habían corrido a la dirección para advertir que algo andaba mal, obligando a las autoridades a llamar a su madre de urgencia. Urara se quedó estupefacta al verla allí; abrió la boca para decirle algo, pero se detuvo en el acto. Sabía que no podría escuchar el sonido de su propia voz, ni la respuesta de su madre. La certeza de su invalidez la empujó a hundirse todavía más en la desesperación. Su mamá, con el rostro descompuesto por la angustia, se inclinó hacia ella y comenzó a limpiarle las lágrimas de la cara con delicadeza.
—Hija, ¿estás bien? Por favor, dime qué te pasa y por qué te pusiste así en el salón —le decía su mamá, intentando consolarla.
Urara solo veía el movimiento frenético de sus labios. Al no recibir ninguna respuesta de su parte, el pánico de su madre aumentó notablemente.
—Hija mía, dime algo, por favor. Si no me dices qué te pasa, no puedo ayudarte a solucionar el problema —insistía la madre, tomándola de las manos.
Urara contemplaba las facciones de su madre llenas de una genuina preocupación; deseaba con toda el alma comprender lo que decía y responderle, pero la barrera invisible del silencio se lo impedía. Ver a su mamá hablándole sin parar comenzó a causarle un dolor psicológico insoportable. Para evitar que el sufrimiento la arrastrara a una crisis peor, Urara tomó una decisión desesperada: dejó caer su cuerpo hacia el frente y escondió la cabeza firmemente contra el pecho de su madre. Quería llorar, pero el nudo en la garganta era tan denso y sus ojos estaban tan agotados que ya no le quedaban lágrimas. Ante ese accionar desvalido, su mamá solo pudo rodearla y abrazarla con todas sus fuerzas.
Después de unos segundos, su mamá la ayudó a ponerse de pie para sacarla del cubículo. Urara avanzaba de forma mecánica, manteniendo la cabeza hundida contra el pecho de su madre para no ver el entorno. De pronto, sintió que sus pasos se detenían. Al alzar un poco la mirada, descubrió que su mamá se había parado a hablar con los auxiliares. Urara regresar de inmediato a su posición de resguardo; la simple visión de los adultos moviendo los labios en un vacío absoluto de sonido la mareaba de horror.
Volvieron a ponerse en marcha, pero la postura encogida comenzó a volverse sumamente incómoda y dolorosa para Urara. Decidió cambiar de táctica y clavó la vista rígidamente en el suelo, usando el piso como un escudo para evitar ver las bocas de las personas. Al tomar esta posición, se dio cuenta por el cambio de luz de que ya estaban cruzando el umbral hacia el pasillo exterior del baño.
Justo en ese instante, los pasos de su madre se congelaron otra vez. Por los zapatos en el suelo, Urara supo de inmediato que eran sus amigas. Una de las siluetas comenzó a agacharse, claramente con la intención de buscar su mirada de frente. Aunque Urara no podía oír nada, en el pasadizo las voces de las chicas se cruzaban con desesperación:
—¡Señora Haster! ¿Cómo está? ¿Qué le pasó? —preguntó la voz angustiada de Carla.
—No lo sé, chicas, no quiere hablarme ni me responde nada —decía su madre con la voz entrecortada por las lágrimas, mientras intentaba levantarle el rostro—. Urara, mi amor, mírame por favor... dime algo.
Presa del pánico a la confrontación, Urara volvió a hundir la cabeza en el pecho de su madre, ocultándose por completo para evitar ver el movimiento de sus labios. Mientras su mamá permanecía quieta conversando con las chicas, ella se quedó atrapada en la oscuridad de su propio escondite, sintiendo que el terror de la paranoia la asfixiaba. ¿Iba a pasar toda su vida así? ¿Condenada a una sordera inexplicable que desafiaba la ciencia? No quería pasar el resto de sus días en ese infierno de aislamiento. Deseó con cada fibra de su ser, con un anhelo salvaje y desesperado, volver a escuchar las voces, la música, el mundo.
Entonces, por puro instinto de supervivencia, una nueva palabra brotó de su memoria genética y subió por su garganta.
—Aperio —susurró en un hilo de voz.
En el microsegundo en que la palabra abandonó sus labios, un chasquido violento retumbó en el interior de sus oídos. El sonido del mundo regresó de golpe, con la potencia de un impacto físico.
—...¡por favor, avísenos si necesita algo! —la voz de Cecilia entró como un trueno directo en sus tímpanos, acompañada por el eco ensordecedor de los estudiantes en el pasadizo y las preguntas ahogadas de sus amigas.
La barrera se había roto, pero el alivio duró apenas un instante. El impacto de recibir todo el estruendo de golpe, sumado al agotamiento extremo de la crisis y a todo lo que había estado aguantando, fue demasiado para su cuerpo. La visión de Urara se tiñó de negro, sus piernas cedieron y se desplomó por completo, perdiendo el conocimiento en los brazos de su madre mientras los gritos de terror de sus amigas estallaban a su alrededor.
Después de unas horas, Urara se despertó. Al abrir los ojos, vio que estaba sobre una camilla y que sus padres permanecían a su lado.