Legado de lo Olvidado

Capítulo 4: Buscando en la Oscuridad

El regreso a casa en el taxi fue un tormento silencioso.

Urara se mantuvo pegada a la ventanilla, mirando el reflejo de las luces de la calle sobre el vidrio, intentando parecer tranquila y, más bien, dar la impresión de que estaba cansada y quería dormir. A su lado, su mamá permanecía atenta a cualquier movimiento, mientras su papá descansaba en el asiento del copiloto, visiblemente agotado tras la revisión en la clínica. Ninguno de los dos imaginaba que, detrás de esa máscara de calma, se escondía una mente al borde del colapso.

Urara no podía dejar de pensar en todo lo que había ocurrido durante ese día. Las palabras que habían salido de su boca. El silencio absoluto que había experimentado. El momento en que recuperó la audición. La manera en que había terminado desmayándose y, finalmente, todo lo que había ocurrido en la clínica.

And, sobre todo, no podía dejar de pensar en una cosa: ¿Qué se supone que debo hacer ahora? No tenía ninguna respuesta.

Al bajar del auto y cruzar la puerta de su casa, Urara experimentó un vuelco violento en el estómago. Ver a sus padres dirigirse a su cuarto, arrastrando los pies debido al cansancio por todo lo que había pasado durante el día, la llenó de una culpa asfixiante. Quería correr hacia ellos y abrazarlos para confesar todo lo que realmente sentía, pero el miedo a que la creyeran loca o la recluyeran en un hospital la paralizó en seco.

No puedo decirles la verdad. —pensó.

La idea le dolía, especialmente porque sabía que sus padres solo estaban preocupados por ella. Pero ¿qué pasaría si volvía a decirles lo que realmente ocurrió? ¿Y si esta vez no le creían cuando dijera que estaba consciente? ¿Y si de verdad terminaban llevándola a un hospital para hacerme estudios? El simple pensamiento hizo que sintiera un escalofrío.

—Hija, por favor, ve directo a tu cuarto y acuéstate —le dijo su mamá con suavidad, interrumpiendo sus pensamientos—. Mañana no irás al colegio; hablaré con la dirección para que te justifiquen el día. Necesitas descansar.

—Gracias, mamá... de verdad lo necesito —mintió Urara, esofrzándose por mantener la voz firme.

Se despidió de sus padres con una mirada rápida cargada de arrepentimiento y caminó a paso lento por el pasadizo. Luego entró a su cuarto y cerró la puerta. En cuanto escucho el leve click de la chapa, la compostura que había mantenido se le cayó de golpe. Se tiró a su cama y hundió su rostro en la almohada para ahogar un gemido de pura frustración.

Durante unos minutos permaneció así, sin moverse. Todo lo que había estado conteniendo desde que salió de la clínica finalmente brotó de golpe. La angustia, el miedo, la confusión y la impotencia se mezclaron hasta hacerle sentir que ya no podía soportarlo.

¿Por qué me está pasando esto a mí? —se cuestionaba en la oscuridad. No encontraba ninguna respuesta.

Después de unos momentos de haberse desahogado de toda la frustración que arrastraba desde que salió del hospital, estiró la mano hacia su mesita de noche para buscar su celular por puro reflejo, pero solo encontró el vacío. Se había olvidado de que su celular seguía decomisado. Lo había buscado para siquiera olvidar por un momento el hecho de que algo en ella era diferente a las demás personas, y también para hablar con Julián y saber qué estaba diciendo el colegio, o hablar con sus amigas para decirles que ya estaba bien.

Pero ahora mismo eso no era lo que más le preocupaba ni lo que le producía tanta ansiedad. Lo que realmente la atormentaba era no saber nada de lo que le sucedía.

Urara se incorporó lentamente y observó sus manos. Eran las mismas manos de siempre. No había nada diferente en ellas. No tenían ninguna marca, ninguna herida ni ninguna señal que pudiera explicar lo que estaba ocurriendo. Y eso era precisamente lo que más miedo le daba.

—¿Qué demonios me está pasando? ¿Por qué mi cuerpo reacciona así? ¿Estaré toda mi vida con esta cosa? ¿Cómo puedo eliminar esta cosa? ¿Y podré volver a ser normal? —se preguntó en un susurro, mirándose las manos.

Yo no pedí que me pasara esto. —se dijo apretando los puños.

No quería volver a perder el control delante de todos. No quería volver a terminar en un hospital. No quería que mis padres tengan que preocuparse por mí otra vez.

Fue entonces cuando una idea apareció en su mente. Si los médicos no habían encontrado una explicación y sus padres tampoco podían ayudarla, quizá tendría que buscar las respuestas por su cuenta. Para saber qué era lo que le pasaba, decidió investigar cualquier información que pudiera encontrar para descubrir realmente qué causaba aquello y si existía alguna manera de eliminarlo. Quería evitar que su propio cuerpo volviera a traicionarla en público y que otra vez la llevaran al médico, donde podrían hacerle estudios que posiblemente terminarían en un internamiento. Y eso era algo que quería evitar a toda costa.

Sin un celular a la mano para hacer esas investigaciones, su única opción era la vieja computadora de escritorio que su papá tenía en el pequeño estudio al fondo del pasadizo.

Tal vez ahí encuentre algo. —pensó.

Urara miró hacia la puerta de su habitación. No podía ir inmediatamente. Si alguno de sus padres la veía levantada después de haberle dicho que se fuera a dormir, seguramente le preguntarían qué estaba haciendo. Así que esperó.

Durante casi una hora permaneció en silencio dentro de su cuarto, aguzando el oído hasta que los ruidos de la casa cesaron por completo. Cuando la vivienda quedó sumida en un silencio sepulcral, se quitó los zapatos y abrió la puerta de su dormitorio milímetro a milímetro.

Caminó descalza por el pasadizo, sintiendo el frío del piso. Cada pequeño crujido de la madera le aceleraba el corazón, haciéndola voltear hacia atrás con la paranoia de ser descubierta.

Tranquila. Solo voy a buscar información. No estoy haciendo nada malo. —se repitió para calmar los latidos de su pecho.




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