Legado de sangre

Capitulo 1

Decían que los vampiros morían con el fuego, pero estaba segura de que sería ella quien expiraría. El humo se introducía en su nariz y boca y le lloraban los ojos. No podía ver con claridad, sólo escuchaba gritos y risas en alguna de las innumerables habitaciones que debía de tener la casa. No sabía si los gritos pertenecían a los suyos o a los vampiros. ¿Gritarían ellos igual que un humano? ¿Sentirían el dolor de la misma manera?

Le pareció oír la risa de Kate, pero no supo de dónde provenía. Lady Katherine Swan era una combatiente experimentada y disfrutaba de la emoción de convertir a los cazadores en sus presas. Amelia nunca había luchado: había sido una institutriz antes de que la guerra la convirtiera en una sanadora. Esta era su primera excursión y probablemente sería la última.

Avanzó a ciegas, tanteando la pared con una mano mientras que se aferraba a su estaca con la otra. Reprimió la tos en un intento de pasar desapercibida, aunque sabía que los vampiros tenían una audición superior a la humana. Se preguntó dónde estaría Matt. Se suponía que eran compañeros, pero en algún momento lo había perdido y se había quedado sola.

De repente, sintió que chocaba contra un pecho duro. Levantó la vista atemorizada y se encontró con el rostro más hermoso que había visto en persona. Porque ya lo había visto en los retratos de las paredes: era lord Kaine Godfrey, el hijo del conde. Probablemente sería el conde ahora, dado que nadie sabía qué había ocurrido con su padre.

El muchacho era incluso más bello que en las pinturas. Una cabeza más alto que ella, con la piel pálida del color del mármol, rizos rubios como los de un querubín, una sonrisa casi dulce en sus labios carnosos. Lo único diferente eran los ojos: el verde bosque se había convertido en rojo sangre.

Amelia estuvo a punto de gritar, pero el humo la obligó a toser. El vampiro la miró extrañado, casi fascinado. Cuando ella intentó apartarse de su pecho, él la aferró con una mano en su espalda mientras que la otra jugueteaba con uno de sus bucles castaños. Ella le devolvió la mirada con los ojos aguados por el humo y el miedo.

—¿Qué tenemos aquí? —se preguntó él en voz alta —. Una ratoncita que se ha perdido en la guarida de los monstruos. Eres tan bonita como una muñeca.

De improviso, hundió la nariz en su cuello y ella temió que la mordiera, pero sólo se limitó a aspirar.

—Y hueles tan… pura. Como si nunca hubieras compartido el lecho con un hombre.

Ante su mirada interrogante, ella negó con la cabeza. Su sonrisa se expandió, mostrando sus colmillos.

—Creo que voy a conservarte, muñequita. Voy a disfrutar arruinándote.

La mano que jugaba con su cabello la sujetó de la barbilla en un agarre firme pero delicado. El vampiro inclinó la cabeza como si fuera a darle un beso, aunque lo que hizo fue lamer la línea de su mandíbula antes de dirigirse a su cuello, con paciencia, como si no quisiera asustarla. El hombre aspiró con fuerza, como si su terror fuera un perfume exquisito. Amelia se estremeció, reprimiendo un sollozo, y sintió que el corazón iba a salirse de su pecho. El miedo se mezclaba con otras emociones que no quería nombrar.

Los labios del vampiro eran fríos sobre su piel extrañamente caliente. La cabeza le daba vueltas y su pulso acelerado debía sonar como música para lord Godfrey. La distancia entre ambos era inexistente, impropia. Dos años antes, cuando todo comenzó, hubiera sido suficiente para arruinar su reputación. ¿Quién contrataría a una institutriz de moral ligera? Ahora el mundo era tan distinto que incluso una lady como Katherine Swan había aprendido a luchar.

La experiencia en batalla de Amelia era nula. Cuando quisieron entrenarla, su desempeño fue tan lamentable que al día siguiente había sido asignada como aprendiz de sanadora. Estaba en ese lugar solo porque ya no quedaban muchos luchadores, pero sus lecciones habían sido apresuradas y escasas. Apenas sabía empuñar una estaca, mientras que Kate era una experta en combate cuerpo a cuerpo e incluso sabia disparar un revólver.

Recordó la estaca en su mano. Si la clavaba en el pecho de un no muerto, justo en el corazón, lo asesinaría. Si lo clavaba en su cabeza, al menos lo detendría de forma temporal. Las voces de Kate, Matt y el resto del grupo se oían con más claridad que minutos atrás. A través de su visión borrosa por las lágrimas, distinguió la hermosa cabeza rizada de su atacante. Levantó la estaca con toda la fuerza de su desesperación y la clavó justo cuando sentía que los blancos colmillos rompían la piel de su cuello.




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