Legado de sangre

Capítulo 3

—De ninguna manera —gruñó el anciano, sacudiendo su cabello blanco en negación —. Lo de anoche fue suerte de principiante y se desmayó apenas la encontraron sus compañeros, Hathaway. Sería una irresponsabilidad dejarla a cargo del prisionero.

—¡No le hable a Milly como si fuera un inútil! —se quejó Sienna, aunque el hombre le hizo el mismo caso que a un mosquito, sus ojos azules fijos en Amelia.

—Si no se me da una oportunidad, difícilmente podré mejorar, capitán —razonó la muchacha.

—Los chupasangres son capaces de hipnotizar a quien los mire a los ojos, niña. Gente más experimentada que tú ha sido víctima de sus engaños. Sólo necesitas bajar la guardia un minuto para liberar a ese monstruo y acabar con todos nosotros. Sigue con tus hierbas y vendajes y deja lo otro a la gente entrenada.

Milly sintió su rostro enrojecer de furia y vergüenza. No contestó: temía que sus palabras se convertirían en balbuceos y sus ojos se llenarían de lágrimas. Desde siempre era incapaz de expresar su furia sin llorar.

—Mi madre se encargará de esto —intervino Sienna, tomándola suavemente de la mano. Mirando airada al capitán, añadió —. Después de todo, ella sigue siendo la señora de la casa.

Lady Frances Swan se encontraba en su jardín. Antaño repleto de dedaleras, petunias, hortensias, geranios y amapolas, se había transformado en algo más práctico: las plantas que se sembraban eran comida o los ayudaban en su propósito de defenderse de los vampiros. Espinos, rosas silvestres, ajos, acónito, fresno y roble servían de amuletos y materia prima para las estacas.

Vestía con pantalones que debían de haber pertenecido a su difunto esposo y sus rizos rubios como los de sus hijas estaban cubiertos con un pañuelo. Sin embargo, cuando se irguió para limpiarse la tierra de los guantes con elegancia no había ninguna duda de su status como duquesa viuda.

—¿En qué puedo ayudarle, señorita Hathaway? —inquirió con su característico tono altivo.

—Quería preguntar sobre el estado del prisionero, milady —respondió Amelia con la cabeza gacha. Había algo en la mirada acerada de la dama que siempre la ponía nerviosa.

—Asumo que se refiere a lord Godfrey. Tengo entendido de que fue usted quien logró su captura. Felicidades, su padre habría estado orgulloso de su valor.

Milly sintió un vacío en el pecho al pensar en la sonrisa de orgullo de su padre. Todos habían perdido a un ser querido, pero estaba segura de que nadie era capaz de sentir el mismo dolor que ella al pensar en el dulce Anthony Hathaway.

—Se lo agradezco, lady Swan. Yo…

Sienna intervino al ver que no encontraba las palabras.

—El capitán Murdoch piensa que Milly es una torpe y no cree que sea capaz de vigilar a lord Godfrey, madre.

Lady Frances frunció el ceño ante las palabras de su hija, pero miró a la sanadora con curiosidad.

—¿Y usted se siente capaz de resistir la hipnosis de un vampiro? ¿No está muy ocupada con la enfermería y las lecciones de lady Sienna?

—No, Su Gracia. Creo... Sé que puedo manejarlo. Todos trabajan muy duro y yo no soy una luchadora, pero quiero demostrar mi valor.

Pronunció las palabras con más valentía de la que sentía, pero la duquesa se veía satisfecha.

—Lady Katherine se encuentra en este momento con el prisionero, pero necesitará un relevo pronto. Diríjase a la biblioteca después de merendar, querida. Sólo recuerde: no lo mire a los ojos y no caiga en sus embustes. Es una lástima, es un joven atractivo y podría haber sido un partido encantador de haber seguido vivo.

Amelia asintió, ocultando su nerviosismo. En cierta forma, lady Frances la intimidaba más que el joven vampiro.

Después de comer, se dirigió a la biblioteca y Kate le entregó su ballesta de cacería. Su aliento olía fuertemente a ajos y tenía un collar de rosas silvestres que le colocó alrededor del cuello con manos hábiles.

—Asegúrate de apuntar al corazón o la cabeza, Milly. Sé que tienes un corazón sensible, pero hace mucho que dejó de ser un humano. No necesita tu compasión y todo lo que diga son blasfemias.

Asintió con más convicción de la que sentía. Kate cerró la puerta tras de ella, satisfecha, y por fin se atrevió a mirar de soslayo la celda.

Lord Godfrey se encontraba sentado sobre el camastro y la observaba con curiosidad. Sus ropas y su aspecto permanecían impecables, como si no hubiera sido apuñalado y tomado rehén apenas unas horas antes. Sus rizos rubios formaban un halo desordenado que lo hacía lucir adorable, casi inofensivo. Evitó sus ojos rojos y se preguntó brevemente si la había hipnotizado cuando lo miró.

Decidió que no, porque no había sentido aquella compulsión de obedecerlo que otros describían. Claro que, si no la había hipnotizado con sus poderes, eso significaba que se había dejado encandilar con su belleza. De ambas formas, la solución evidente a su debilidad sería no mirarlo.

Con esa nueva convicción, tomó asiento en el sofá previamente ocupado por Kate, cuidando que la ballesta apuntara al pecho del vampiro. Lejos de parecer asustado, el joven interrumpió su concentración al decir:

—Buenas noches, señorita Hathaway. Está empuñando mal la ballesta. Le sugiero que tenga cuidado o podría lastimarse y sangrar… Y no creo que quiera que suceda eso, ¿verdad?




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