Legado Infernal

Capitulo 1

I S A B E L L A

La noche estaba oscura, pero el dolor me marcaba el camino a zancadas.

Cada paso en falso hacía que una puntada feroz me desgarrara el costado, como si llevara cristales incrustados entre las costillas. Del brazo derecho ni hablar: colgaba inútil a un lado de mi cuerpo, convertido en un bloque de fuego sordo que no podía mover. No sabía qué tan rota estaba por dentro; solo sabía que la adrenalina era lo único que me mantenía en pie.

A mis espaldas, el sonido era constante. Pisadas pesadas, rítmicas, aplastando las hojas secas y la tierra húmeda. La criatura no tenía prisa. Sabía que yo estaba agotada.

¿En qué momento mi vida se convirtió en esto?

Huir a ciegas en la oscuridad, con el sabor a sangre en la boca, escapando de esa cosa. Hace unas semanas, mi única lucha era sobrevivir a mis propias noches en blanco. Qué regalo hubiera sido quedarme en esa rutina miserable.

El crujido de una rama rompiéndose a centímetros de mi espalda me erizó la piel. El aire a mi alrededor se volvió helado, espeso.

Un paso más. Solo necesitaba dar un paso más.

**Una semana antes.**

El impacto de mi barbilla contra la madera dura me trajo de vuelta de golpe.

A mi alrededor, el choque de los bancos al arrastrarse y el murmullo de las risas se sintieron como alfilerazos en los oídos. La luz que entraba por la ventana me encandiló al instante, desatando una puntada sorda detrás de los ojos. Me pasé las manos por la cara, presionando las cuencas con los nudillos en un intento inútil de ahuyentar la migraña que llevaba incubando desde la madrugada.

Guardé los cuadernos en la mochila con torpeza. Los demás ya estaban cruzando la puerta, entre empujones y murmullos burlones. Me colgué la tira al hombro e intenté confundirme entre los últimos en salir, pero la voz me alcanzó antes de pisar el pasillo.

—Señorita Benedetti. Quédese un momento, por favor.

Me detuve. En el frente del aula, el profesor Coleman me observaba sobre el borde de sus papeles. Señaló la silla vacía delante de su escritorio.

—Tome asiento.

Tragué saliva y obedecí. El aula quedó en un silencio pesado en cuanto la puerta se cerró del todo. Coleman no habló de inmediato; apoyó los codos sobre la madera, se quitó los lentes y se masajeó la sien antes de dejar escapar un largo suspiro. Cuando volvió a acomodarse los anteojos, su mirada era más de agotamiento que de enojo.

—Es la tercera vez en la semana que se queda dormida en mi clase —empezó, apoyando las manos cruzadas sobre la mesa—. Y sé por los otros profesores que no es un problema exclusivo de mi asignatura. Es la misma historia del año pasado. ¿Acaso tiene intención de volver a repetir el curso?

Mantuve la vista fija en una mancha de tinta sobre su escritorio. No dije nada.

Coleman esperó unos segundos, aguardando una respuesta que no llegó.

—Escuche... no puedo entender qué le pasa si no me da una explicación. Si está pasando por algo, si necesita ayuda con la materia o lo que sea, tiene que decirlo.

El silencio se estiró entre los dos. Ajusté el agarre en la tira de mi mochila, sintiendo cómo me quemaba la garganta, pero no dejé salir ni una palabra.

El profesor volvió a suspirar, rindiéndose.

—Está bien. Si no quiere hablar conmigo, no la voy a obligar. Pero hable con alguien. Vaya a ver a Margaret a la enfermería; sé que se llevan bien con ella. No deje que esto se le vuelva a ir de las manos.

Salí del aula con el eco de las palabras de Coleman retumbándome en la cabeza. El pasillo era un caos de portazos de casilleros, risas escandalosas y el olor rancio a cera para pisos. Cada sonido multiplicado por la migraña se sentía como un martillazo.

Caminé directo hacia mi casillero. Abrí la puerta de metal, que chilló con un chirrido agudo, y tiré los libros pesados adentro sin ningún orden.

Fue entonces cuando escuché el golpe.

A unos metros de mí, contra la fila de casilleros del fondo, dos chicos tenían acorralado a uno de los de primer año. Le habían quitado la mochila y se la pasaban de mano en mano por encima de su cabeza mientras el chico estiraba los brazos, al borde de las lágrimas. Uno de los agresores le dio un empujón fuerte en el pecho, haciendo que la espalda del más chico chocara contra la chapa con un estruendo seco.

Desvié la vista. Cerré la puerta de mi casillero de un golpe seco, acomodé mis libros y pasé por al lado de la escena mirando al piso, acelerando el paso mientras las risas burlonas se quedaban a mis espaldas.

Un murmullo familiar anunció la llegada del grupo que venía en sentido contrario. Eran tres chicas, caminando con esa seguridad de quienes son dueñas del lugar. Mis antiguas compañeras. Las dos de los lados venían enfrascadas en su propia conversación, riéndose de algo en sus teléfonos sin registrar a nadie a su alrededor, ni mucho menos a mí.

Pero la del medio no. Amelia.

Sus ojos celestes se cruzaron con los míos apenas estuvimos a un par de metros. No hizo una escena ni frenó el paso, pero al verme, la tensión de su mirada se suavizó por completo. Me dedicó una sonrisa diminuta, sincera. Le devolví el gesto con una breve inclinación de cabeza.

Seguí caminando en dirección a mi siguiente clase, con la cabeza hecha un lío y la vista fija en el suelo, hasta que el impacto me tomó por sorpresa.

Choqué de lleno contra alguien. El golpe me descolocó y mis libros salieron volando, estrellándose contra el suelo al mismo tiempo que la mochila de la otra chica caía con un estruendo.

—¡Ay! ¡Lo siento! —escuché un chillido agudo mientras la chica se agachaba de inmediato.

Mi primer instinto fue reaccionar con un reflejo defensivo. Me tiré al suelo casi encima de mis cuadernos para evitar a toda costa que sus dedos los tocaran.

—Déjalo. Los levanto yo —sentencié con voz firme, acaparando mis cosas antes de que rozara siquiera una hoja.




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