Legado Infernal

Prologo

La vida, un juego cruel de azar. Un instante, todo era perfecto, una armonía que parecía eterna. Y al siguiente, un abismo se abría bajo mis pies, tragándose todo lo que amaba. Recuerdo aquel amanecer, tan lleno de promesas, como un presagio de la tragedia que se avecinaba. El canto de las aves, la luz del sol... una falsa calma antes de la tormenta. Mamá, con su sonrisa radiante, preparando el pastel, ajena al destino que nos aguardaba. Y entonces, la ausencia. Un vacío que se expandió en mi interior, llenando todo de una profunda oscuridad.

La mañana se deslizaba tranquila, prometiendo un día lleno de alegría. Mi padre volvería a casa y celebraríamos juntos su cumpleaños. Pero un pequeño detalle, la falta de velas, cambió el curso de nuestra vida para siempre, solo iría y regresaría, como las otras veces. Algo rápido mientras madre decoraba el pastel hasta mi regreso.

Nunca imaginé que el mundo que conocía, tan pequeño y acogedor, pudiera ocultar semejante oscuridad. Crecí en una burbuja, rodeada de amor y seguridad. No era la primera vez que salía sola, una muestra de la confianza que mis padres tenían en mí.

Había una sensación extraña en el aire ese día. Algo que no supe nombrar, pero que me hizo sentir inquieta. Como si una sombra alargada se hubiera posado sobre nuestra felicidad. Ignoré esas señales, confiada en la protección de mi pequeño mundo. Pero la vida, con su cruel ironía, me demostró que incluso en los lugares más tranquilos, el peligro puede acechar. El collar, ese maldito objeto, se convirtió en el centro de nuestra destrucción, un enigma que nunca pude descifrar.

Atrapada en un laberinto de pesadillas, me veo sumergida en un mar de llamas. Los gritos desgarradores rasgan el silencio de la noche, mientras la sombra, alargada y siniestra, me envuelve en su manto, mientras la voz me llama desde un lugar desconocido. La ausencia de mi padre es una herida abierta que no cicatriza. Cada noche es una lucha por mantener la cordura, una batalla perdida de antemano...

...

...

...

El tiempo se congeló, cada segundo una pesadilla interminable. La alarma, un campanazo fúnebre, resonaba en mi cráneo.

—Isa, bebé, ¿estás despierta? La alarma lleva sonando desde hace un rato— La voz de mi madre, aunque suave, transmitía una clara preocupación. La habitación estaba sumida en la oscuridad, y una sensación de frío me recorría la espalda. —No quiero que llegues tarde al colegio.—

Ante la falta de respuesta, mi madre suspiró
—Isa, si no sales pronto, entraré y te llevaré a la escuela en pijama.—Los golpes en la puerta, más que insistentes, eran casi juguetones. —¿O es que estás planeando faltar?—

—No entres, por favor. Ya te escuché—Murmuré, aferrándome a la almohada como a un escudo contra el mundo exterior.

— Lo siento, bebé. Solo quería asegurarme de que estuvieras bien. No quiero volver a pasar por aquello—Su voz era suave, llena de preocupación. —No me deja tranquila desde esa convulsión.—

—Lo sé, mamá, lo sé— Suspiré, sintiendo un nudo en la garganta—No volverá a pasar.—

—Lo sé, te espero abajo.—

Otra mañana más, lo mejor.

La oscuridad es tan densa que parece palpable, como una niebla espesa que me rodea. Con pasos vacilantes, me dirijo hacia el baño, cada sonido amplificado en el silencio absoluto de la habitación. Las cortinas, como murallas negras, me aíslan del mundo exterior.

El baño, un santuario de azulejos blancos, me recibe con una fría realidad: el espejo me devuelve la imagen pálida. Ojeras oscuras como pozos sin fondo ensombrecen mis ojos, mis labios, resecos y agrietados, mi cabello desordenado.
Mi rostro, una máscara de cera, reflejaba el vacío que habitaba mi interior.

Apenas lograba reconocerme. Lo único que permanecía inmutable era ese maldito collar, colgado en mi cuello como un ancla. Lo detestaba con cada fibra de su ser, pero era incapaz de quitármelo. Cosas terribles ocurrían si me lo quitaba; lo había visto con mis propios ojos.

Me arreglo el cabello con movimientos bruscos, como si intentara sacudirme de una pesadilla. Mientras cepillo mis dientes, la voz de mi madre, como un eco lejano, me saca de mi trance El desayuno está listo- dice, con movimientos lentos y deliberados, me despojo de mi ropa, revelando una figura que parece no pertenecerme.
Con un suspiro resignado, me visto y me dirijo a la cocina, sabiendo que la rutina continuará, inexorable.

El aroma a comida me resulta ajeno, como una melodía que no reconozco. —Tu desayuno está en la mesa, cariño — dice mí madre al verme entrar, una campana que anuncia el inicio de otro día de esta rutina interminable. Me siento atrapado en una jaula de oro, rodeado de comodidades que no puedo disfrutar.

—Termina todo el plato, necesitas alimentarte mejor—me regaña, su voz cargada de preocupación. —No quiero que te enfermes— añade, sus ojos clavados en mí. Siento un nudo en la garganta. Quiero decirle que estoy bien, pero sé que no me creerá.

—No puedes solo comer una vez al día, es malo para ti— insiste. Intento tragar, pero la comida se me atora en la garganta. Siento que me ahogo, no solo con la comida.

Al terminar me levanto, para ir al colegio, mamá me despide dándome un beso en la mejilla, un gesto mecánico que no logra disimular la tristeza en sus ojos.

Ya a la mitad del pasillo me detengo, atraído por la foto de un hombre que parece sonreír desde un mundo lejano.

—Adiós, papá—susurro, mi voz apenas un eco en la quietud de la casa. Seis años han pasado, pero la ausencia sigue siendo un abismo insondable en mi vida. Siento como si una parte de mí se hubiera ido con él aquel día.

Al salir de casa, el bosque me acoge como un viejo amigo. Me siento pequeña e insignificante ante su inmensidad, pero también profundamente conectada. Es aquí donde encuentro paz, pero también donde afloran los recuerdos más oscuros.
Respirar profundamente me hace sentir viva, pero también profundamente sola. Soy una isla en medio de un océano de asfalto. Esta elección, de vivir en medio de la nada, fue mi refugio después del incidente, mi forma de escapar del mundo. Pero a veces, la soledad pesa más que la tranquilidad.




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