I S A B E L L A
Un exabrupto escapó de mis labios al percatarme de la hora. ¿Por qué tuvo que aparecer justo a la mañana? Suficiente tengo con verla en la noche. Aunque en estos días no ha estado apareciendo mucho últimamente.
La naturaleza de Annie sigue siendo un enigma, ella apareció por primera vez hace 6 años, el día del accidente, desde entonces no ha dejado de hostigarme, la mayoría de los psicólogos que fui dijieron que no era nada, que era normal en personas que habían sufrió traumas o pérdidas, que solo era algo creado por mi imaginación como autodefensa, luego de ello muchos desaparecieron o murieron.
Pero yo sabía que no era eso, porque esa cosa era capas de lastimarme a mi y lastimar a otros. Encuentra placer en el sufrimiento.
Finalmente, el edificio se alzó ante mí. Frené la bicicleta, sintiendo el cansancio acumulado de un viaje interminable. El lugar se veía igual de frío y hostil que siempre. Los pasillos, sumidos en una penumbra opresiva, me envolvieron en un silencio sepulcral, interrumpido solo por el eco de mis pasos. Mi antiguo casillero me esperaba, tan impersonal como siempre. Un puñado de estudiantes se movía a mi alrededor, sus conversaciones vacías resonando en el ambiente. Nada había cambiado. Nada, excepto....
Con paso vacilante, una joven de estatura mediana se adentraba en el instituto.
Cabello castaño, cortada a la altura de los hombros, con ojos color miel tras los cristales de unas gafas sencillas, irradiaba una aura de timidez.
Vestia un abrigo largo y oscuro, la envolvía como un capullo, ocultando su figura menuda, aunque el sol estaba en lo más alto. A ella parecía no importarle eso.
¿Quien es ella? No la he visto nunca, sera una estudiante nueva.
Entre la multitud de estudiantes, la mochila golpeó el suelo suavemente, un sonido amortiguado en el silencio de la sala. Sus ojos, inquietos, recorrían la sala en busca de algún indicio. Acercándose a un estudiante, balbuceó casi en un susurro —¿Perdón por molestarlo, pero... ¿sabe dónde están las clases? Es que soy nueva aquí.—
—Claro que sí. Sigue por este pasillo hasta el final, gira a la derecha y sube las escaleras. Ahí encontrarás las aulas. Si quieres, puedo acompañarte, las clases están a punto de empezar.—
—¿En serio? ¡Qué alivio! Gracias, voy a buscar mis cosas...—Con un suspiro de alivio, se dio la vuelta y chocó con otra persona—Ay, perdón no fue a propósito.—
—¡No puedes mirar por dónde vas!— espetó, irritada, mientras recogía los cigarrillos esparcidos.
Pero que mala suerte, de todas las personas con la que se pudo haber chocado lo hizo con esa imbecil. Emma Jasper, una figura imponente con una mirada acerada, se erguía sobre la chica recién llegada. A su lado, Eve Moore, su comparsa de siempre, sonreía con malicia.
Sin dudarlo ni un segundo, el chico que la estaba asistiendo se echó a correr al reconocerlas, dejando a la chica sola y vulnerable.
Emma se aproximó con una sonrisa retorcida. Con un empujón brusco, la chica se estrelló contra los casilleros, sus anteojos volando por los aires. —¿Ves lo que has causado?—preguntó, señalando los restos de los cigarrillos en el suelo. —Esto no se quedará así. Vas a tener que hacer algo para compensarnos.—
—Lo siento, de verdad... no fue intencional— balbuceó, tratando de retroceder.
Eve se acercó más, su rostro contorsionado por la ira. —¿Qué dijiste?—espetó, su voz como un cuchillo. Sus dedos se clavaron en el cabello de la chica, tirando de él con fuerza. Un grito ahogado escapó de sus labios.
Emma soltó una carcajada cruel. —¿En serio usas eso?—, se burló, señalando las gafas rotas— Qué lástima que ni siquiera te sirvan para ver por dónde pisas—. Con un movimiento rápido, las destrozó con su pie. —Sería mejor para todos si simplemente desaparecieras. Ahórrate el drama y haznos un favor, cachorro—La víctima, aterrorizada, se acurrucó contra los casilleros, sus ojos llenos de lágrimas. El pasillo, antes bullicioso, se había vaciado, el único sonido era el eco de las risas maliciosas de Emma y Eve, solo quedaban ellas, sumidas en su macabra representación. La atmósfera era densa, cargada de una tensión palpable.
Una parte de mí quiere ayudar, pero otra me dice que me mantenga al margen.
—¿Que hacen?—
De repente, una voz melodiosa resonó al final del pasillo.
Amelia Morris, sobrina de la célebre diseñadora de moda Willow Murphy y prima del ascendente modelo juvenil Bastian Murphy, Amelia heredó una posición de privilegio que la convertía en la indiscutible reina de la escuela.
Su cabello rubio, ondulado y de una longitud que le llegaba hasta la cintura, brillaba bajo la luz del sol. Ojos grandes y celestes, con una mirada que parecía penetrar el alma, contrastaban con sus labios pequeños y rosados. Su piel, de un blanco porcelana, era suave como el pétalo de una rosa, y sus manos, delicadas y bien cuidadas, estaban adornadas con un anillo de oro blanco que brillaba discretamente. Siempre vestida con las últimas tendencias, Amelia desfilaba por los pasillos del instituto como una modelo en una pasarela. Su maquillaje, sutil pero efectivo, realzaba sus rasgos angulosos, y su perfume, una fragancia floral y empolvada, dejaba una estela de elegancia a su paso, su belleza era tan glacial como su corazón.
Y aunque no disfrutara viendo sufrir a los demás, prefería la comodidad de la indiferencia a la incomodidad de la confrontación. Su silencio era una complicidad tácita, una forma de aprobación que alimentaba la crueldad de sus amigos. Temía las repercusiones de enfrentarse a ellos y prefería mantener el statu quo, incluso si eso significaba tolerar la injusticia.
Eva solto los cabellos de la castaña — ¡Amy! — exclamó, corriendo hacia ella para envolverla en un abrazo cálido. —Estás más hermosa que nunca.— Amelia correspondió al gesto, pero sus ojos se desviaron hacia las otras dos chicas. —¿Qué hacen aquí? Se nos hace tarde para la clase.—