Legado Infernal

Capitulo 2

I S A B E L L A

El crujido de la puerta al abrirse fue como una señal de alarma. Todos los ojos se posaron en mí. Pero los mios ojos se posaron en ella. Estaba junto a la profesora, quien la señalaba con una sonrisa un tanto forzada. La chica nueva parecía un huracán que había pasado por una tienda de ropa. Los anteojos rotos colgaban precariamente de su nariz, el cabello era un nido de pájaros y su ropa, arrugada, contaba una historia de una tarde caótica.

—Señorita Benedetti-suspiró mi profesora, su voz cargada de resignación. —Tarde, otra vez. ¿Cuándo aprenderás?—

—Lo sé, lo sé. Lo siento—recuperando el aire, me incorporé, los pulmones ardiendo como brasas. La profesora me observaba, impasible.

—Bueno, ya que estás aqui- la profesora me señaló con un dedo acusador—Tú serás la guía de la señorita Rodríguez— Siempre yo. Siempre la elegida para las tareas más ingratas. Respiré hondo, tratando de ocultar mi frustración. La nueva chica, con su aura tímida, me miró como si esperara una señal de socorro. Sus ojos, grandes y asustados, se encontraron con los míos.

Un nudo se formó en mi garganta. ¿Yo? ¿La guía de alguien así?

—¿Qué? ¿Por qué yo?—suspiré, la frustración haciéndose evidente en mi voz —Christa, es la vicepresidenta estudiantil— Me encogí de hombros, fingiendo indiferencia ante mi evidente fastidio.

—La señorita Janis tiene una agenda bastante apretada, ¿no le parece?— espeto la profesora

Esa asquerosa alimaña se cree con el derecho de usar la sala del consejo como su propio patio de juego, que abusa descaradamente de su posición para intimidar y humillar a los demás, ¿tiene una agenda apretada?

—Y tu que tienes tanto tiempo libre, ¿crees que puedes llegar tarde así como así? Es una falta de respeto—Arrugó la nariz y frunció el ceño, mis labios curvándose hacia abajo en una mueca de desdén.

—Se buena con la nueva, Isabella. Dicen que lleva gafas, pero es más ciega que un topo. ¡Pobrecita el cachorrito! ¿Cómo podrá sobrevivir aquí?— Karen lanzó la burla con una crueldad que heló la sangre.

La clase estalló en una ola de risas crueles, como hienas devorando a su presa. La chica nueva, con la mirada fija en el suelo, parecía encogerse ante cada carcajada. Era evidente que su pesadilla acababa de comenzar.

—Muy bien, eso es suficiente —La maestra consultó su reloj—Señorita Benedetti, acomode a la señorita Rodríguez en el asiento vacío a su lado.—

Asentí con la cabeza, con un gesto casi imperceptible, invité a la nueva a seguirme. Su sonrisa tímida fue lo único que iluminó el ambiente hostil del aula. Mientras nos deslizábamos entre los pupitres, un estruendo ensordecedor resonó detrás de mi.

La nueva había tropezado, cayendo con un golpe seco que resonó en el silencio que se había instalado- ¡Ay, qué torpe soy! -Víctor Davis exclamaba, fingió sorpresa, mientras su compañera de banco contenía una carcajada—Lo siento mucho, ¿te lastimaste? —

Karen soltó una risita—Parece que alguien tiene un don para tropezar con los demás —dijo con desdén —Mejor ten más cuidado la próxima vez, cachorro.—

Se levantó con dificultad, las piernas temblorosas. Ajusto sus gafas rotas con manos inseguras —Está... está bien...no pasa nada.— aseguró, aunque su voz temblaba. Siguió mis pasos muy cerca, su espalda encorvada como si quisiera hacerse más pequeña.

Enarqué una ceja ante su cercanía, pero mis ojos se posaron en Jake Vincent. Su risa burlona resonó por el aula, cortando el aire como un cuchillo —¡Mirad, mirad! ¡Es la nueva mascota de la clase! —Las risitas se propagaron como un reguero de pólvora. La nueva se encogió aún más, sus ojos llenos de lágrimas buscaban refugio en los míos. La profesora, como siempre, parecía ausente, sumergida en su propio mundo.

Ignorando las burlas, la conduje a mi asiento, Su mano se aferraba a mi brazo con fuerza mientras avanzábamos, al llegar a mi pupitre, señalé el asiento vacío a mi lado, el derecho, el más alejado de la ventana y de las miradas inquisitivas, se deslizó hacia él como si buscara refugio.

—Bien, ahora que todos están en sus lugares...—La profesora comenzó a garabatear en la pizarra, su voz un zumbido lejano. Me hundí más en mi asiento, buscando una posición cómoda. Mis párpados pesaban, y la monotonía de la clase me invitaba a la somnolencia, suspiré, ajustando mis auriculares. Otro día más de lo mismo.

{...}

El silencio se prolongó hasta que sentí una presencia a mi lado. Un roce sutil en mi hombro me sobresaltó, un escalofrío recorrió mi espalda, pero una extraña paz se asentó en mi interior. Al levantar la vista, encontré los ojos de mi nueva compañera fijos en los míos, brillando con una intensidad que me desconcertó.
Me señala con los ojos hacia adelante y susurra —La profesora te está llamando—

Y efectivamente, la maestra tenía los ojos puestos en mí, hizo un leve gesto con la mano, invitándome a acercarme. Me levanté de la silla, sin entusiasmo. El aula estaba prácticamente desierta. Otro día más. Suspiré y me dirigí hacia su escritorio, arrastrando los pies.

La profesora, tras una pausa en su escritura, me entregó un documento. Era un pase que me permitía omitir mi asistencia a la próxima clase—Ya sabes, lo de siempre. Clases, comedor, sala de profesores... La señorita Rodríguez... bueno, ya la conocerás. No te hará la vida imposible. Así que... a trabajar. Estoy agotada.— Bostezó exageradamente y juntó sus papeles con un gesto cansado. Sin esperar respuesta, se levantó y salió de la oficina.

Gruño frustrada. Genial lo que me faltaba —...disculpa —la voz de la nueva me sacó de mis pensamientos. Giré para encontrarla sola en el aula, su figura solitaria contrastando con los bancos vacíos. Jugueteaba nerviosamente con sus dedos, como si quisiera decir algo pero las palabras se le atascaran en la garganta. Su mirada, tímida y vacilante, se posaba en mí por breves instantes antes de desviarse, avergonzada. ¿Qué está esperando? Su silencio era más ensordecedor que cualquier ruido.




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