I S A B E L L A
Al llegar a casa, el silencio de la entrada me recibió con un alivio momentáneo. Estacioné la bicicleta junto a la puerta y, antes de soltar el manillar, pasé los dedos por el peluche de oso desgastado que llevaba colgado como llavero; la tela raída por los años siempre me devolvía una extraña sensación de ancla. Saqué las llaves, destrabé la cerradura y entré.
Las luces del pasillo estaban encendidas, pero no había rastro de mi madre en la sala. Caminé sobre la madera pulida hasta la puerta entreabierta de su estudio. El aroma penetrante a óleo y trementina me envolvió antes de cruzar el umbral. Dentro, rodeada de lienzos a medio terminar, caballetes y paletas manchadas de colores vivos, mi madre trabajaba concentrada sobre un cuadro.
Toqué la madera de la puerta ya abierta para no sobresaltarla.
—Ya llegué —dije en voz alta.
Ella se dio la vuelta de inmediato. En cuanto me vio, la tensión de su rostro se disipó y sus ojos se iluminaron con una calidez transparente. Dejó el pincel a un lado, se levantó a toda prisa y caminó hacia mí para envolverme en un abrazo. Apreté los brazos alrededor de su cintura, respondiendo a su afecto y dejándome sostener por un segundo.
Se separó un poco, observándome con atención mientras me acomodaba un mechón de cabello detrás de la oreja.
—¿Llegaste sola o te vino a dejar tu tío? —preguntó.
—Vine en la bicicleta —respondí con sencillez.
Mi madre asintió, comprendiendo sin pedir más explicaciones, y me dedicó una sonrisa suave.
—¿Tienes hambre, mi cielo? Te puedo preparar un sándwich.
—Está bien, gracias.
Horas más tarde, la calma de la tarde dio paso al peso denso de la noche.
Estaba en el baño, frente al espejo, cepillándome los dientes con movimientos lentos. Escupí el contenido en el lavabo, me enjuagué la boca y me erguí para mirar mi reflejo. Mis ojos bajaron despacio hacia la curva de mi cuello, donde descansaba el collar violeta. Alcé una mano y rocé la superficie fría de la gema con las yemas de los dedos. Intenté inhalar profundo, buscando la manera de prepararme mentalmente para lo que sabía que me esperaba cada vez que el sol se ocultaba.
Solté un suspiro largo, apagué la luz del baño y me dirigí a mi habitación.
La lámpara de noche sobre la mesa de luz proyectaba una sombra tenue sobre las sábanas. Me quedé de pie junto a la cama, dudando. El impulso de dejar la luz encendida luchó contra la resignación de saber que no cambiaría nada. Finalmente, estiré la mano, apagué la lámpara y me acosté, tapándome hasta los hombros.
No pasó mucho tiempo.
El sonido seco de unos golpes contra el cristal de mi ventana cortó la penumbra. Se me congeló la sangre. Apreté la tela de las sábanas entre los puños con tanta fuerza que me dolieron los nudillos, pero mantuve los ojos cerrados, negándome a ceder.
Entonces escuché los pasos. Lentos, pausados, acercándose por el suelo hasta el borde de mi cama. El aire de la habitación se volvió sofocante. Sentí la presión física sobre el colchón, como si algo pesado se subiera a los pies de la cama y se deslizara lentamente hacia mi torso.
Y luego llegó la risa. Esa maldita risa ahogada que me erizaba los vellos del cuello.
Sé que estás despierta. Susurró una voz helada, raspando contra mi oído. Mírame... No me ignores o haré algo que te obligue a abrir los ojos.
El pánico se extendió por todo mi cuerpo como una descarga eléctrica, paralizándome los pulmones. Incapaz de sostener la resistencia, abrí los ojos.
Allí estaban. Un par de ojos de un violeta encendido y malévolo me observaban desde arriba, fijos en los míos, enmarcados por una sonrisa cargada de pura crueldad.
Annie.
Ahí estás... Murmuró, acortando la distancia hasta que sentí su aliento gélido sobre la cara. No apartes la mirada o te quitaré los ojos... de nuevo.
Odio la noche. Te odio, Annie.
A la mañana siguiente, la luz pálida del amanecer apenas lograba disipar la pesadez de mis párpados. Estaba sentada a la mesa de la cocina, tomando un café oscuro en silencio, tratando de que la cafeína me devolviera la lucidez.
Mi madre se acercó con suavidad y colocó frente a mí un plato con un tostado con mermelada.
—Te ves un poco cansada, cielo. ¿Dormiste bien? —preguntó, apoyando una mano cariñosa sobre mi hombro.
—Sí —respondí cortante, antes de darle un mordisco a la tostada para no dejar espacio a más preguntas.
—Cielo, tu tío no va a poder llevarte hoy a la escuela —continuó ella mientras ordenaba algunas cosas sobre la mesada—. Le surgió un trabajo importante de último momento y tu prima tampoco irá hoy a clases. Te manda decir que lo siente mucho.
—Está bien —dije bajando la taza de café—. Puedo ir en bicicleta, no pasa nada.
Terminé de desayunar, junté mis cosas y me encaminé hacia la salida. Antes de cruzar la puerta principal, me detuve un instante frente a la pared donde colgaban las fotografías familiares. Mis ojos fueron directo a una foto en particular: un cuadro pequeño con tres personas abrazadas bajo el sol. Un hombre, una mujer y una niña pequeña que sonreía sin preocupaciones.
Me quedé mirando fijamente el rostro del hombre.
—Adiós, papá. Regresaré pronto —murmuré en voz baja.
Ajusté la mochila sobre mis hombros y salí a la mañana fresca. Vivir casi en medio del bosque tenía sus ventajas: la vegetación espesa rodeaba nuestra propiedad, regalando un aislamiento absoluto donde nadie venía a molestar. Subí a la bicicleta y emprendí el camino hacia la escuela.
El trayecto inicial era tranquilo. La bicicleta avanzaba sobre el camino de tierra flanqueado por árboles altos, donde el crujido de las hojas bajo las ruedas se mezclaba con el canto lejano de las aves. A medida que avanzaba, el paisaje forestal fue cediendo terreno hasta alcanzar la entrada de la ciudad, donde los árboles dieron paso a las primeras casas, asfaltos y comercios que empezaban a abrir sus puertas.