I S A B E L L A
El aire fresco acariciaba mi rostro, entrelazándose con un sutil aroma a vainilla. Cerré los ojos, inhalando profundamente esa fragancia dulce que me envolvía como una cálida manta. ¿De donde provenía? No recuerdo haberlo olido nunca.
Mis ojos recorrieron el ambiente hasta posarse en aquellos ojos miel, la fuente de ese dulce aroma —Eh... — Susurró, la voz apenas audible, mientras jugueteaba con sus dedos.
Qué idiota, no debí quedarme mirándola así.
Me giré y continué andando, decidida a dejar atrás esa situación.
—Eh... Perdona, creo que no nos han presentado— murmuró, su voz apenas audible mientras aceleraba el paso para caminar a mi lado—Soy Kyra Rodríguez. Mucho gusto...—Me tendió la mano con una sonrisa amistosa.
—...Isabella—Mi voz fue un simple enunciado, carente de emoción. Su sonrisa se mantuvo intacta mientras dejaba caer la mano a su lado, como si supiera de antemano mi rechazo.
—Isabella... qué lindo nombre. Gracias por... por estar aquí conmigo.—
—De hecho, me obligaron—dije con enojo.
—Aún así, gracias— dijo con sinceridad. No respondí nada.
-—Bien, este es el pasillo principal. Baños por aquí, hombres a la izquierda y mujeres a la derecha. Y estos son los casilleros. ¿Cuál es el tuyo?— Pregunté, señalando los compartimientos. Ella sacó un papelito con un poco de prisa y me mostró un número: —B6—
—Está en la siguiente sección, puedes dejar tus cosas ahí, luego y ir por ellas al comenzar tu siguiente clase—dije, continuando mi camino. Ella asintió—¿Y el tuyo?— preguntó.
La miré con recelo. —Eso no te interesa—respondí con frialdad.
Ella me miró alarmada al ver mi reacción—lo siento mucho. No fue mi intención molestarte— exclamó, alejándose un poco. —Solo buscaba conversar.—
Sin voltear, respondí con indiferencia—Sigamos— Ella asintió y continuó detrás de mí, manteniendo la distancia.
{...}
Un silencio sepulcral se había adueñado entre nosotras.
La conversación se apagó como una vela. Sus preguntas, tan amables en apariencia, me habían puesto de los nervios.
Reaccione un poco mal, tal vez ella solo quiera ser amigable, pero algo que odio son preguntas relacionadas a mi sin importar que tan pequeña sean. Me hacen sentir expuesta.
Tras atravesar en silencio el sector de profesores, ascendimos al segundo piso, al área de clubes. Entre las numerosas puertas, solo una era relevante—Debes elegir un club o mas. Es obligatorio. Si no lo haces, te asignarán uno. Piénsalo bien, estarás ahí todo el trimestre—la nueva estudiante asintió, su mirada recorriendo los letreros que identificaban cada puerta.
Al final del pasillo se vislumbraba una puerta, imponente y majestuosa. Su acabado pulido y el letrero dorado hablaban de un lugar de gran importancia, un espacio reservado para aquellos con un estatus especial dentro de la institución —Aquí está la sala del consejo estudiantil, un lugar que en teoría debería ser para tomar decisiones importantes, pero la verdad es más como un club clandestino donde se reúnen a hacer nada, sin estar a la mira de ningún profesor—mencioné, sin interrumpir mi marcha, la nueva solo se quedó viendo—regresemos al primer piso, nos falta ir al patio y cafetería.—
Asintió, y el silencio la envolvía como una manta pesada, ahogando cada sonido propio. Fuera de ese espacio angosto, el bullicio de los estudiantes subía y bajaba como una marea, pero dentro, solo existía ese vacío resonante.
Con cautela, giré la cabeza para verla. Sus ojos, inquietos, revoloteaban por el lugar, evitando el encuentro con los míos.
—...oye— La llamé y levantó la vista de inmediato, sus ojos brillando de sorpresa. Pero antes de que pudiera responder, un desconocido lo empujó bruscamente con el hombro, el impacto la desestabilizó y la hizo caer pesadamente al suelo, soltando un grito ahogado.
El empujón de Jake la dejó tendida en el suelo —fijate por dónde vas cachorro— mientras que Noah seguia riendose, como si su caída fuera un simple juego, y luego sus ojos se clavaron en mi, y una sonrisa retorcida se dibujó en sus labios.
—¿Estás de niñera, Isabella? lo siento por ti—soltó Noah
Los demás estudiantes, un instante antes bulliciosos, se convirtieron en estatuas de sal, sus miradas perforando el aire y posándose en algún punto indeterminado. Un escalofrío de incomodidad se extendió por el pasillo. Algunos luchaban por ocultar su repulsión, desviando la mirada hacia el suelo o fingiendo un interés repentino en sus cuadernos, sus expresiones una contorsión de vergüenza ajena. Otros, sin embargo, no dudaron en liberar risitas burlonas, el sonido cruel de su diversión flotando en el aire, como si el sufrimiento ajeno fuera un espectáculo hilarante diseñado para su disfrute.
Mis ojos, traicioneros, se fijaron en la figura desplomada en el suelo, en la chica que yacía allí, humillada. Todos reían, pero mi mente se negaba a creerlo. No, no era ella el centro de atención. Mi mundo, mi realidad, se distorsionaba, convencida de que todas las miradas, cada risa ahogada, se dirigían a mí.
Hay tantas miradas... ¿Por qué se quedan ahí?
¿Por qué me siento así?
Respiré profundo, sentía una presión opresiva en la garganta, como si algo me ahogara. Desesperada, comencé a estirar el cuello de mi camisa, intentando liberar la constricción. Mis palmas, de repente frías y empapadas de sudor, se aferraron con fuerza a mis costados. —...¿No tienen nada mejor que hacer? Sigan por su camino— Sus carcajadas crueles resonaron mientras se alejaban, dejando un vacío de burlas. Los demás volvieron a sus asuntos, indiferentes a lo que acababa de pasar.
Tranquila no es a mi a quien están mirando, solo respira, No soy yo, no soy yo... ¿Verdad? Solo busca la manera de salir de esta situación.
La nueva se puso en pie, tratando de recomponerse— ...¿por que me dicen cachorro?—Con un gesto de perplejidad, se ajustó las gafas sobre la nariz y preguntó.