I S A B E L L A
Ahogaba un suspiro entre los rayos de sol que filtraban a través de las hojas del roble. El aroma a hierba recién cortada y tierra húmeda se entrelazaba con el sutil dulzor de la última gota de agua que deslizaba por su garganta.
El instituto, con su constante murmullo y el ir y venir de estudiantes, este era uno de los pocos lugares donde podía aislarme del bullicio y la gente, un rincón apartado, casi secreto, donde la naturaleza se adueñaba del espacio. Mi refugio era un viejo roble, solitario y majestuoso, que se erguía imponente en un claro. Aquí, con mi almuerzo en la mano, podía perderme en mis pensamientos y olvidarme por un rato de todo lo demás.
Me siento muy ansiosa en lugares con mucha gente, especialmente en el comedor escolar; no recuerdo la última vez que pise ese lugar, cada vez que suena ese timbre vengo aqui.
La paz era un bálsamo para mí alma, o eso quería convencerme, pero había algo que me molestaba. ¿Por qué mi mente vuelve a ella?, si obedeció mis consejos estará bien, además no es algo que deba importarme.
Eso es cierto, lentes no es más que una hormiga a comparación de nosotras, no es algo que deba importarnos.
Ahh y yo que estaba tan tranquila.
Nunca podrás deshacerte de mi.
—nunca digas nunca...—
Tal vez ya terminaron con ella...¿Quien sabe?
Con una mezcla de frustración y resignación, escuché el estridente timbre que anunciaba el fin del receso, me sorprendió en medio de mis pensamientos, dándome cuenta de que mis momentos de distensión habían llegado a su fin.
Abandonando la sombra del árbol, me puse en marcha a través del césped, rumbo a una de las entradas del instituto.
A medida que avanzaba por el pasillo, una ola de murmullos me envolvió al acercarme al comedor.
La gente se amontonaba en la entrada, empujando para ver qué sucedía adentro, sus cabezas girando como si siguieran una acción invisible.
¿Y a estos que les pasa, ay un espectáculo o que?
Me volví, buscando otra salida, pero a mitad del camino mis pasos se detuvieron.
—¿Espectáculo?... No... ¿No será?...— Con un giro brusco, me dirigió hacia la multitud.
Hahaha ¿estás pensando lo mismo que yo?
Me abrí paso a codazos, apartando a cualquiera que se me pusiera en el camino, hasta que finalmente llegué al frente.
La risa de Annie era tan fría y vacía como el invierno más crudo.
Parece que lentes hizo nuevos amigos.
La tensión era palpable en el aire, los estudiantes se amontonaron en el interior, formando un círculo espontáneo, en el centro, como una isla en un mar de murmullos, sus rostros iluminados por la emoción del momento. Otros desde sus cómodas sillas, juzgaban con la mirada el sufrimiento ajeno.
En el centro del círculo, una figura solitaria se erguía, cada mirada se clavaba en ella, como flechas buscando un blanco.
Los ojos de Kyra, antes brillantes y llenos de vida, ahora estaban vidriosos y llenos de miedo. Sus mejillas, pálidas, contrastaban con el rojo intenso de sus orejas, delatando la humillación que sentía. Con el cabello escurriendo y la ropa empapada de una mezcla de líquidos y sólidos, parecía haber tenido un encuentro desafortunado con su plato. Sus manos, temblorosas, se aferraban a los bolsillos de su ropa como si buscaran un refugio.
Algunas chicas que estaban más cerca, tres para ser exacta, se miraban con una mezcla de sorpresa y enfado. Aquel espectáculo, con Kyra cubierta de comida y el suelo manchado, era la evidencia más clara de lo que había sucedido.
En medio del caos, él se erigía como un escudo, protegiéndola de los demás. Magnus Andersen se interpuso cubriéndola con su cuerpo. Con un movimiento suave, se giró hacia Kyra, la envolvió con su chaqueta y la guió fuera de allí, su mano firme en su muñeca.
Tiene que ser una broma.
Mis ojos escudriñando cada rincón, la buscaron en el mar de rostros. Y allí la encontré, entronizada en su silla, sus ojos celestes, dos pozos fríos y vacíos reflejando una ira que conocía bien, que se dirigía hacia los dos que se alejaban.
El profesor Coleman irrumpió en la escena como un rayo, sus ojos recorrieron a los estudiantes con una mirada penetrante, como si quisiera quemarlos con su ira, su voz resonando por el pasillo-¿se puede saber porque siguen aquí? ¡regresen a sus clases!- espetó, su voz cortante como un látigo.
Una ola de estudiantes se levantó de las mesas y se dirigió hacia la puerta, obedeciendo la orden del profesor.
Amelia se levantó lentamente, sus ojos clavados en el punto exacto donde se habían esfumado las dos figuras. Tras ella, el resto del grupo la siguió.
Esperé pacientemente hasta que el último murmullo se apagó y la cafetería quedó sumido en un silencio sepulcral. Solo entonces me dirigí hacia la salida, rozando al profesor Coleman que aún permanecía inmóvil como una estatua—Srta. Benedetti, no la vi en mi clase está mañana— Deslicé mi mano al bolsillo interior, extraje el pase, lo deposité en su palma abierta y continué mi camino—¡Más le vale no dormirse en mi clase!— lo escuche gritar al fondo.
{...}
Era extraño, la clase era un murmullo constante, una melodía familiar que solía adormecerme. Hoy, sin embargo, cada sonido parecía amplificado: el raspar de la tiza, el susurro de los compañeros, incluso el tic-tac del reloj. Los auriculares, mi refugio habitual, me permitían crear un mundo propio mientras el profesor hablaba. Pero ese día era diferente. Mi mente, en lugar de divagar, se aferraba a cada palabra, a cada trazo de tiza en el pizarrón. A mi alrededor, el panorama era el mismo de siempre: algunos absortos en sus apuntes, otros sumidos en conversaciones animadas, y unos cuantos más entretenidos con sus pantallas.