A M E L I A
Su presencia era un poema visual, una composición de detalles que hipnotizaban con sutileza. Al observarlo escribir, sus manos ágiles danzaban sobre el papel como si las palabras brotaran de sus dedos, trazando curvas elegantes de tinta que revelaban una mente meticulosa. Su cabello, una cascada de ébano vivo, caía en ondas rebeldes que jugueteaban con la luz, cual seda agitada por una brisa invisible.
Su cuerpo, esbelto y atlético, llevaba la elegancia natural de quien conoce la gracia del movimiento. Pero eran sus ojos los que hechizaban: dos esferas grises como niebla mañanera, iris bordeados por un anillo de plata que brillaba al contacto con la luz. Sus pestañas, largas y curvadas cual alas de mariposa nocturna, proyectaban sombras fugaces sobre esa mirada penetrante, capaz de transmitir mil silencios elocuentes.
El cubrebocas, lejos de opacar su belleza, acentuaba su aura enigmática. La tela oscura resaltaba el tono frío de su piel, mientras el contorno de la mascarilla dibujaba sus pómulos como un arquitecto traza líneas maestras. Por encima del tejido, el arco perfecto de su nariz y el brillo lunar de su frente completaban un retrato que desafiaba la lógica: una combinación de fuerza y delicadeza, de intelectualidad y magnetismo físico. Cada gesto suyo era una coreografía estudiada por las musas, un recordatorio de que la perfección, aunque efímera, podía respirar y sonreír detrás de un pedazo de tela.
Magnus Andersen. Realmente es parfait.
Y hubiera seguido contemplarlo de no ser por las risas a mi alrededor. Al volverme lentamente, encontré a mi izquierda un espectáculo: Emma Jasper y Caled Allen formaban un dúo de provocadores sincronizados, lanzando bolas de papel con precisión militar hacia Samuel scott, sentado dos filas más adelante.
En su buzo blanco de algodón, alguien había dibujado un círculo de puntería grotesco, cuyas líneas gruesas se expandían como una mancha de tinta sobre su espalda. Cuatro intentos fallidos dejaron rastros de papel arrugado alrededor del pupitre, hasta que el quinto proyectil encontró su blanco con un golpe sordo. Emma alzó las cejas en un gesto de triunfo silencioso hacia caled, quien apretó los dientes con tal fuerza que su mandíbula tembló. En un arrebato, empuñó su cartuchera de metal abollada -la misma que olía a grafito y menta- y la estrelló contra la espalda de Samuel con un ¡clang! metálico que resonó como un disparo.
El impacto arrancó un gemido ahogado a Samuel, cuyo cuerpo se curvó en un espasmo de dolor. El sonido de la cartuchera estrellándose contra el piso activó el radar del profesor Meyer. La tiza que sostenía en la mano se detuvo en medio de una ecuación cuando, con una lentitud cargada de amenaza, se giró desde el pizarrón. Sus ojos, hartos y penetrantes como faros gastados por la niebla, barrieron cada rincón del salón. Su mirada se detuvo un segundo demasiado largo, sobre nuestro grupo. finalmente, con un suspiro apenas audible, volvió a escribir en el pizarrón, como si nada hubiera ocurrido.
A mi derecha, Eve Moore, mi cheerleading co-captain, contenía una risa mordiendo su puño cerrado, los hombros sacudiéndose como alas de mariposa enjaulada. Samuel giró apenas la cabeza hacia atrás, su perfil iluminado por un rayo de sol que acentuaba el brillo de sudor en su sien.
—¿Qué estás mirando, estúpido?— escupió Emma, inclinándose hacia adelante. Su voz era un susurro venenoso, cargado de electricidad estática.
La respuesta vino de atrás: Freddie Cruz, cuya figura alta se alzó como una sombra. Sus dedos, adornados con anillos, se cerraron sobre su cuero cabelludo. —Tus ojos al frente, perdedor —gruñó mientras tiraba de su cabeza hacia atrás, exponiendo la garganta del muchacho. Al soltarlo, sacó su plumón de punta gruesa con un chasquido teatral y comenzó a escribir sobre el buzo blanco. La palabra "BASURA" emergió en letras grandes.
Samuel permaneció inmóvil, sus nudillos, blanquecinos como mármol bajo la tensión, aferraban el borde del pupitre con fuerza suficiente para dejar hendiduras en la madera. Pero no había rebeldía en su silencio, solo la resignación de quien conoce demasiado bien el guión de su propio suplicio. Porque no había nada que pudiera hacer para cambiar su situación, lo único que podía hacer era quedarse quieto.
No hagas nada.
Volví mi vista para seguir viendo a Magnus quien ya no se encontraba escribiendo sino que estaba mirando en nuestra dirección. Me estremecí y endereze, conocía esa mirada, Magnus no suele meterse en estas cosas pero tiene un límite.
— Pueden parar, el profesor no deja de mirarnos, no le den una excusa para jodernos — susurré. Y no mentía: el profesor volteaba la cabeza del pizarrón hacia nosotros con una frecuencia alarmante, sus ojos volviendo como un péndulo molesto —Háganlo después de clases — La sonrisa burlona de Caled se amplió, pero asintió, lanzando un último comentario sarcástico que flotó en el aire como veneno. Emma le golpeó el hombro, riendo, mientras yo, regrese mí vista a Magnus quien seguia su vista en nosotros.
Recorrio el grupo con la precisión de un escáner, deteniéndose en Caled, en Emma, Eve, Freddie, en el reloj de la pared, en todo menos en mí. Cada evitación fue un alfilerazo bajo las costillas.
¿Por qué? ¿Por qué soy solo yo quien recibe ese trato? Todo intento de acercarme a el, es rechazada. ¿Tanto me odia?
El timbre resonó como un lamento agudo. Magnus se alzó, su figura esbelta proyectando una sombra alargada que me envolvió por un instante. Samuel, al otro lado del aula, empacaba sus libros con manos trémulas, como si las páginas pudieran desgarrarse entre sus dedos.
—Oye, ¿estás bien?—La voz de Magnus fue suave, casi una caricia, pero Samuel ni siquiera alzó la vista. Salió corriendo, sus zapatos golpeando el suelo con el ritmo caótico de un corazón en pánico.
Magnus cerró el puño con fuerza, los guantes de cuero negro crujiendo como huesos rotos. Su perfil, tallado en mármol helado, se volvió hacia la puerta.