Legado Infernal

Capitulo 7

I S A B E L L A

El timbre final resonó como una liberación. El bullicio estudiantil se desvaneció, arrastrado por las puertas, hasta dejar un silencio denso y reconfortante. Me ajusté la mochila al hombro y respiré hondo, disfrutando del vacío de los pasillos mientras caminaba hacia mi bicicleta. Esa era mi hora más segura: cuando el mundo se vaciaba y yo podía existir sin ser percibida.

Al agacharme para abrir el candado, el frío del metal recorrió mis dedos. De pronto, una sombra alargada se interpuso entre yo y la cerradura, cortando la escasa luz de la tarde. Una voz conocida, que parecía llegar desde muy lejos, resonó a mis espaldas. Girarme requirió un esfuerzo consciente, como si mis músculos opusieran resistencia. Y allí estaban: esos ojos celestes que todo lo ven, clavados en mí con una intensidad que siempre lograba traspasar mi caparazón.

Bonjour. Casi no te vi en los pasillos, Isa -. La sonrisa de Amelia era un destello de energía pura que casi lastimaba. Su ropa, impecable, olía a perfume caro y a vida social. Yo solo aspiraba el polvo del día.

-Estuve terminando un trabajo -dije, desenganchando la bici con un movimiento seco. La plegé con la práctica de quien lo ha hecho mil veces hasta que quedó compacta y vulnerable, y la guardé en la mochila.

-Algo escuché -murmuró Amelia. Con gestos fluidos, extrajo una cajetilla plateada de su bolso y seleccionó un cigarrillo. El clic del encendedor, de metal pulido, cortó el aire. Una inhalación profunda, una exhalación lenta. El humo se arremolinó entre nosotras como un fantema. -La nueva... ¿cómo es?-

-La vista al comienzo, tus "amigas" la estaban molestando -Caminé junto a mi bicicleta mientras Amelia me seguía paso a paso.

- Me refiero a como es su personalidad.- Dejamos atrás el bullicio del instituto y caminamos por la acera, con el murmullo de la ciudad como telón de fondo.

-Débil -soltó la palabra sin pensar, y su sabor fue amargo en mi boca-. No creo que aguante mucho aquí. ¿Por que la curiosidad? Nunca te importaron ellos, o ¿es por lo que pasó en la cafetería?- Ella no pronunció palabra, pero su mirada lo decía todo, frustración, enojo.

- No entiendo por que la ayudo, ¿viste como le dió su chaqueta?, el nunca se la quita.- Frunció el ceño, cruzando los brazos y apretando los labios en una línea delgada.

- Entonces debió haber sido grave lo que pasó en la cafetería- Ella soltó una risita, sus ojos brillando con un brillo frío. Lanzó el cigarro al suelo y apagó con la suela de su zapato, esparciendo cenizas por el pavimento.

- No fue para tanto, solo fue una broma con la comida- Con un gesto despectivo, moviendo las manos en el aire, restó importancia al asunto.

Una risa irónica me brota de los labios, mientras mis ojos se pierden en la penumbra, reviviendo aquel instante del pasado.- Gracioso, que especialmente tú digas algo así, después de todo el pasado.-

La sonrisa de Amelia se congeló y luego se resquebrajó, como un espejo al que le arrojan una piedra. El color abandonó sus mejillas, dejando un blanco fantasmal. Vi cómo sus uñas, perfectamente pintadas, se clavaban en las palmas de sus manos hasta que los nudillos brillaron, tensos y pálidos. -Eso... eso... - La voz le salió quebrada. Aspiró con fuerza, un sonido áspero que pareció doloroso. -Eso no importa. Las cosas son diferentes ahora.-

-Si tú lo dices- respondí con un tono neutro, retomando el camino sin darle mayor
Relevancia a su obvia incomodidad.

Entonces, un pequeño trueno resonó a lo lejos. Al mirar ambas al cielo, vimos cómo las nubes grises, densas y amenazadoras, empezaban a congregarse rápidamente. El aire olía a ozono y a tierra mojada.

-Parece que va a llover- comentó Amelia, su voz un susurro contra el creciente viento.

-Una tormenta- agregué, desviando la mirada hacia la izquierda, donde un enorme edificio se alzaba. Mis ojos, casi por inercia, comenzaron a ascender por su fachada, contando los niveles... Sentí una gota fría en la nuca.

-¿Te parece quedarte a cenar?-preguntó Amelia, su voz más animada, intentando desviar la conversación-Hoy cocinaron risotto, tu favorito. No te preocupes por avisarle a tu mamá, ya se lo comenté.-

...Doce, trece, catorce y quince...

-¿Me estás escuchando?- preguntó Amelia, su voz teñida de exasperación.

Reaccioné, mis ojos finalmente volviendo a enfocarla -Está bien, vamos- cedí, mi voz monótona, retomando el camino bajo el cielo cada vez más oscuro. Ceder era siempre el camino de menor resistencia.

Unas cuadras más, había una multitud de gente, en la cuadra de al lado, estaban amontonadas, al acercanos más, habían policias en frente de un callejón.

Amelia y yo nos detuvimos en la acera, justo frente al callejón. A pesar del pequeño gentío, la vista era clara: cinta policial amarilla marcaba el perímetro, y varios agentes se movían en el interior, tomando fotografías de algo que no alcanzábamos a distinguir.

- ¿que habra pasado? ¿Un homicidio?- pregunto Amelia.

- tal vez- respondí. Yo solo seguía mirando a las personas al frente, en especial a un grupo aparte. Tres hombres y una mujer de traje negro con lentes oscuros, en sus cabezas, llevaban sombreros oscuros de ala corta. Tres daban la espalda, y un cuarto hablaba por teléfono dentro del perímetro. Entonces, por alguna razón, dejó de hablar y giró la cabeza hacia nosotras. Aún con la distancia y sus gafas opacas, podía sentir su mirada. No sé cuántos segundos pasamos así, hasta que la voz de Amelia me sacó del trance.

Fue justo en ese instante, en el leve giro de su rostro, cuando me di cuenta del rasgo que lo hacía único en aquel uniforme de sombra: una cicatriz. Comenzaba cerca de su mejilla derecha y subía como una línea delgada y blanquecina hasta su frente, pasando justo por debajo del borde de los lentes que cubrían su ojo. No sé cuántos segundos pasamos así, hasta que la voz de Amelia me sacó del trance.




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