I S A B E L L A
El estruendo ensordecedor de las alarmas se mezclaba con los gritos agudos de la gente que huía despavorida. El fuego devoraba todo a su paso, tiñendo el aire de un rojo infernal. El aire, irrespirable, estaba cargado de humo y el olor a quemado. Mis piernas pesaban toneladas mientras intentaba arrastrar a mi padre lejos del infierno. Sus párpados, no se movieron ni un ápice ante mis súplicas desesperadas. Todo a mi alrededor era un caos indescriptible, un paisaje de destrucción y desesperación, y en medio de todo eso, su risa. Una risa macabra, burlona, que resonaba en mis oídos como un eco venenoso, como si el mismo infierno se riera de mí.
Era como mirarme en un espejo roto, una imagen distorsionada de mí misma, una silueta sin vida que me devolvía una mirada vacía. Su piel, pálida y cerosa, como la de un cadáver que hubiera estado demasiado tiempo expuesto al frío de la muerte. Dos pozos de un violeta brillante, sus ojos me clavaban una mirada implacable, desprovista de toda piedad. Y esa sonrisa, esa grieta grotesca en su rostro, que revelaba un abismo de perversidad, era la encarnación misma de mis peores pesadillas. Era como si todas mis culpas, todos mis miedos, se hubieran materializado en esa figura que ahora me acusaba con una voz que cortaba como un cuchillo.
Annie.
Asesina. Dijo, su voz aguda y penetrante, llenando el espacio de una manera ominosa, como si cada palabra fuera un clavo que se hundía en mi mente.
Todo esto es tu culpa.
Repitió, su voz resonando en mi cabeza como un eco que no cesaba.
-¡No, no, no! ¡Esto no es mi culpa! -grité, pero mi voz sonaba débil, insignificante, perdida en el rugido de las llamas y el crujido de las estructuras que colapsaban a nuestro alrededor.
Siempre es tu culpa.
Me tapé los oídos con fuerza, apretando las manos contra mi cabeza como si pudiera ahogar su voz, como si pudiera escapar de esa acusación que me perseguía, que me quemaba por dentro más que las llamas que nos rodeaban. Negué con la cabeza, una y otra vez, en un gesto de desesperación que no podía controlar.-¡NO! ¡No hice nada!-
Su voz resonaba en mi cabeza como un taladro, perforando cada rincón de mi mente, cada recuerdo, cada pensamiento. Las palabras salían de sus labios con una frialdad que helaba mi sangre.
Tú eras la razón de todo, cada muerte, cada vida arruinada... es por ti.
-No, no, no, no, no...-Mi voz era apenas un susurro quebrado, un eco débil que se perdía en el vacío de mi conciencia. Mi cabeza se negaba a aceptarlo, moviéndose frenéticamente de un lado a otro, como si pudiera sacudir las palabras que me atravesaban como dagas. Las palabras que quería gritar se ahogaban en un nudo en mi garganta, apretando cada vez más, sofocándome. Mis piernas cedieron, y el suelo se elevó a mi encuentro con una brusquedad que me dejó sin aliento. Caí de rodillas con la fuerza de un árbol derribado por el viento, mis manos se aferraron a la tierra fría, buscando algo, cualquier cosa, que me anclara a la realidad.
Pero la realidad era un abismo. La desesperación, como una ola gélida, me envolvió por completo, arrastrándome hacia un mar de culpa y dolor. Mis ojos se llenaron de lágrimas que no podían caer, congeladas por el horror que me consumía.
El sufrimiento de tu madre, la muerte de tu padre... todo lo hiciste tú. Si no me crees, pregúntaselo a él...
Sus palabras resonaron como un trueno en mi mente, y lentamente, como si el tiempo mismo se hubiera ralentizado, giré la cabeza. Un escalofrío recorrió mi espalda, cada vértebra vibrando con el terror que me invadía. Allí estaba él. Mi padre.
Su figura, antes tan familiar y reconfortante, ahora era una sombra grotesca de lo que alguna vez fue. Inmóvil como una estatua tallada en mármol frío, sus ojos, que solían brillar con una calidez que solo él podía transmitir, estaban cerrados, sus párpados pálidos como la cera de un cirio apagado. No respiraba. No se movía. El silencio era absoluto, roto únicamente por el latido frenético de mi corazón, que parecía querer escapar de mi pecho.
-¿Papá?-Mi voz tembló, apenas un susurro que se desvaneció en el aire pesado.
De repente, sus ojos se abrieron de golpe, revelando un par de órbes oscuros y húmedos, como pozos sin fondo que reflejaban una oscuridad infinita. De sus pupilas dilatadas manaba un líquido espeso y carmesí, como lágrimas de sangre que descendían lentamente por sus mejillas pálidas, tiñéndolas de un rojo macabro. Su boca, antes siempre dispuesta a una sonrisa reconfortante, se retorció en una mueca grotesca.
Antes de que pudiera reaccionar, se abalanzó sobre mí con una velocidad y ferocidad inhumanas. Sus manos, ahora garras deformes y retorcidas, se clavaron en mi cuello con una fuerza que me dejó sin aliento. Un grito desgarrador brotó de sus labios, un sonido que no parecía humano, mientras sus ojos, inyectados en sangre, se clavaban en los míos con una intensidad que me heló el alma.
De su boca brotó una masa oscura, viscosa y burbujeante, como si su interior se hubiera corrompido por completo. El líquido espeso salpicó mi rostro, pegajoso y caliente, con un olor metálico que me hizo arcadas. Intenté gritar, pero su agarre era implacable, ahogando cualquier sonido que intentara escapar de mi garganta.
Las lágrimas brotaron de mis ojos, mezclándose con el líquido viscoso que cubría mi rostro. Intenté luchar, pero cada movimiento solo hacía que sus garras se clavaran más profundamente en mi carne. El dolor era insoportable, pero el verdadero tormento estaba en sus palabras, en la certeza de que ella tenía razón. Todo esto era por mi culpa.
Entonces la escuché. Esa risa sádica, aguda y estridente, que cortó el aire como un cuchillo. Levanté la vista, mis ojos nublados por el terror y el dolor, allí estaba ella. Su figura se cernía sobre mí, regodeándose en mi sufrimiento. Sus ojos brillaban con una crueldad que heló mi sangre, una malicia pura que se alimentaba de mi agonía.