I S A B E L L A
Al sentarme a desayunar, el aroma del café recién hecho flotaba en el aire, sin embargo, ni siquiera ese olor lograba sacudirme la pesadez que cargaba desde la noche anterior. Cada músculo me dolía con un latido sordo, un recordatorio persistente de la caída, del impacto contra la tierra fría y embarrada del bosque. Mis párpados eran pesos de plomo, y las sombras violáceas bajo mis ojos parecían grabadas a fuego, apenas podían mantenerse abiertos.
La falta de sueño me pesaba como una losa. No había podido conciliar el sueño en toda la noche. Mi mente vagaba, presa de pensamientos dispersos y una somnolencia persistente.
Mi madre, sentada frente a mí, parecía ajena a mi estado, saboreando un café mientras untaba ricotta a pan— ¿No te oí llegar anoche?— preguntó, su voz suave y con un deje de curiosidad que apenas disimulaba una preocupación más profunda.
—No quería despertarte —respondí, bebiendo el café amargo.
Su mirada se encontró con la tuya por un instante, y notaste el esfuerzo que hacía por sonar casual. —Eso fue después o antes de que lloviera?— preguntó, su voz teñida con un esfuerzo apenas disimulado por no sonar tan preocupada. Era inútil. Sabía que cada fibra de su ser gritaba inquietud.
— Antes — Era mi intento de calmarla, de disipar la nube de ansiedad que ya veía formarse en sus ojos. Mi madre, con esa fachada de fortaleza que a veces intentaba proyectar, era un manojo de nervios, una cascada de emociones que cualquier pequeña cosa podía desbordar en lágrimas.
Ella suspiró, un largo y lento alivio que pareció desinflar el aire a nuestro alrededor — Pensé que te quedarías a dormir en casa de Amelia.—
—Sí, es que te extrañaba— respondí, buscando la excusa más tierna y, a la vez, la más discreta.
— Oh, mi bebé, mami también te extraña siempre —dijo ella, levantándose de su silla. Sus brazos me rodearon en un abrazo cálido, pero cuando se separó, su mirada se detuvo en mi cuello. Sus ojos, antes llenos de ternura, se abrieron como platos, y una expresión de horror se apoderó de su rostro.
—¡¿Qué te pasó en el cuello!? —exclamó, atrapando mi rostro entre sus manos y obligándome a mirar hacia arriba. Sus dedos temblaban ligeramente mientras examinaba las marcas que adornaban mi piel.
Sostuve sus manos, intentando que me soltara —Mamá, no es nada, fue un accidente —susurré, tratando de calmarla. Pero sus ojos, brillantes por las lágrimas, me hicieron callar.
—...Mamá, no llores, solo me rasqué con demasiada fuerza,...tenía picazón, solo eso...—aclaré, acariciando suavemente sus mejillas para secar las lágrimas que rodaban.
Ella me abrazó con fuerza, susurrando —Está bien, te creo, hija. Por favor, ten más cuidado la próxima vez.—
—...Sí, mamá, lo prometo — respondí, sintiendo un nudo en la garganta.
El timbre sonó entonces, un sonido estridente que me hizo contraerme. Mi corazón dio un vuelco irracional, un resto del miedo de la noche anterior.
—Ah, debe ser tu tío y Vivian —comentó mi madre, levantándose— Con el barro y cómo amaneciste, le pedí que te lleve a la escuela.—
Instintivamente, mis dedos tiraron del cuello de mi suéter, subiéndolo hasta tapar por completo la piel de mi garganta. Era un gesto puro, automático, la necesidad de esconder cualquier evidencia de mi quebranto antes de tener que enfrentarme a otra mirada.
Sus pasos se acercaron a la cocina. Yo no me había movido, mis manos aún aferradas a la taza caliente.
—¡Hola, Isa! —la voz de mi prima era un rayo de sol directo a mis pupilas sensibles. Se acercó y, sin pensarlo dos veces, me rodeó los hombros con un brazo en un abrazo lateral y rápido. El contacto, aunque cariñoso, fue una invasión a mi espacio adormecido. Mi cuerpo se tensó involuntariamente. —¿Cómo estás? —preguntó, sus ojos marrones y llenos de vida escudriñándome con genuino interés.
—Hola, vivi... Bien —logré articular, y esbozé lo que esperaba fuera una sonrisa. Sentí cómo mis labios se estiraban, un movimiento forzado y torpe que no llegaba a mis ojos. Era como mover músculos de arcilla.
Mi tío Matthew se acercó entonces. Es un hombre alto y de presencia calmada. Puso una mano grande y cálida en mi hombro. —Buenos días, pequeña. ¿Lista para conquistar el día? —Su sonrisa era amplia, pero en sus ojos, esos que siempre han sido tan perceptivos, vi un destello de algo más: una preocupación que intentaba disimular. Noté cómo su mirada recorrió mi rostro, deteniéndose una fracción de segundo en mis ojeras.
—Sí, listísima —respondí, con una voz que quería sonar ligera pero que sonó plana y cansada.
Salimos de la casa. La brisa húmeda de la mañana me golpeó el rostro, un eco lejano de la lluvia torrencial de anoche. Y entonces la vi. Mi bicicleta, apoyada pulcramente junto a la entrada.
Un frío me recorrió la espina dorsal. No. No era posible. Mis dedos recordaban con brutal claridad la textura áspera de la tierra al arrastrar la bicicleta, abandonándola en medio del bosque en mi huida ciega. La imagen de aquella figura, de mi rostro sonriéndome bajo el relámpago, se superpuso a esta realidad imposible. La había dejado allí, en la oscuridad, entre los árboles. ¿Cómo estaba aquí?
Mis pulmones se negaron a funcionar. El pánico, agudo y silencioso, empezó a trepar por mi garganta.
—¿Isa? ¿Todo bien? —La voz de mi tío, a mi lado, cortó el hielo que me cubría.
Parpadeé, forzando mis ojos a despegarse de la bicicleta. Mi corazón martilleaba en mi pecho.
—Sí—logré farfullar—. Nada, solo... un mareo. Ya pasó.
Subí a la parte trasera de la camioneta con movimientos de autómata, hundiéndome en el asiento. El viaje comenzó en un silencio denso. Vivi se volvió un par de veces con una sonrisa tímida. Mi instinto fue sacar mis audífonos, sumergirme en la nada de la música para ahuyentar los recuerdos, pero lo descarté de inmediato. Habría sido un gesto demasiado grosero, una desconexión muy obvia.