Legado Infernal

Capitulo 10

I S A B E L L A

Abrí los ojos lentamente, sintiendo cómo los párpados se resisten, pesados, como si el sueño aún no quisiera soltarme por completo. Un haz de luz intenso se filtra a través de mis pestañas, cegándome por unos segundos, obligándome a entrecerrar la vista mientras intento adaptarme a la claridad. Parpadeo varias veces, despejando la visión, y poco a poco el entorno comienza a tomar forma.

Estoy recostado sobre una superficie firme pero acolchada, algo sólido que sostiene mi cuerpo sin resultar incómodo. El tacto es suave, casi reconfortante, como si estuviera diseñado para aliviar más que para sostener. Muevo ligeramente los dedos, notando la textura fresca y lisa de las sábanas que cubren la camilla. Un olor tenue a antiséptico y limpieza impregna el aire, familiar y a la vez distante, como si mi mente aún estuviera tratando de recordar cómo llegué aquí.

A mi alrededor, distingo el murmullo bajo de voces apagadas, el sonido metálico de instrumentos siendo colocados en una bandeja, y el zumbido constante de una luz fluorescente en el techo. Las paredes, de un blanco impecable, reflejan la luz de manera fría, casi clínica. Estoy en la enfermería, eso es seguro. Pero, ¿por qué? ¿Qué pasó? La pregunta flota en mi mente, difusa, mientras intento reconstruir los momentos previos a este despertar.

Ya recorde, fue durante la hora de descanso. El cansancio se apoderaba de mí, y el único pensamiento que rondaba mi mente era encontrar un momento de tranquilidad.

Fue en ese momento, mientras buscaba un rincón donde reposar, cuando lo vi. Magnus estaba allí. En mí sitio, y lo último que recuerdo con claridad es la sensación de desvanecerme, de perder el equilibrio y caer al suelo. Antes de que la oscuridad me envolviera por completo, alcancé a ver esos ojos, fijos en mí.

Miro a mi alrededor y mi vista se encuentra con el chico hablando con la enfermera. Al sentir mi mirada, volteo a mi.

—Ya despertó— dice, su voz suave atraviesa su cubrebocas.

La enfermera Margaret, asintió con una sonrisa amable y se acercó a mi lado, mientras él permanecía allí, inmóvil, observándome con esa mirada que parecía atravesarme. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda, no era miedo, sino una tensión punzante, como si mi cuerpo estuviera reaccionando a una fuerza invisible que emanaba de él.

—¿Cómo te encuentras, Isabella?— preguntó la enfermera, su voz era suave pero firme, como si ya hubiera hecho esa pregunta mil veces y aún así le importara cada respuesta.

—Estoy bien— dije, intentando incorporarme en la cama. Mis músculos protestaron, débiles y adormecidos, como si el desmayo hubiera dejado una huella más profunda de lo que recordaba. Pero antes de que pudiera sentarme por completo, la enfermera colocó una mano firme pero gentil sobre mi hombro, deteniéndome.

—No tan rápido, Isabella— dijo con una sonrisa que mezclaba preocupación y profesionalismo—Te desmayaste. Tu cuerpo aún necesita recuperarse. No puedes irte todavía.—

-Pero ya estoy bien - insistí, aunque mis palabras sonaron más débiles de lo que esperaba. Miré hacia la puerta, deseando escapar de aquella habitación blanca y aséptica.

-Conoces las reglas -respondió ella con firmeza, cruzando los brazos sobre su bata blanca-. Si te vas ahora, no tendré otra opción que llamar a tu madre. -

Un suspiro profundo escapó de mis labios, cargado de resignación. No quería molestar a mi madre, no otra vez. Ella ya tenía suficientes preocupaciones como para añadirle a mi a la lista. Empezó a preguntarme cosas básicas de enfermería y tomarme temperatura, no era la primera vez que estaba en la enfermeria, así que sabía sobre las preguntas.

La enfermera, con su habitual tono calmado y profesional, comenzó a hacerme las preguntas de rigor, esas que ya conocía de memoria después de tantas visitas a la enfermería. Mientras tanto, colocó el termómetro en mi boca con un gesto rápido y preciso, sin perder el ritmo de su interrogatorio.

—¿Te estás hidratando bien?— preguntó, inclinándose ligeramente hacia adelante como si pudiera detectar cualquier mentira en mi expresión.

—Sí— respondí, casi automáticamente, mirando el techo blanco que parecía extenderse infinitamente.

—¿Y dormir? ¿Estás durmiendo lo necesario? — insistió. —Sí— dije de nuevo, y la palabra salió de mi boca con el sabor seco y polvoriento de la arena.

Mi mente se llenó de imágenes de las noches pasadas en vela, dando vueltas en la cama mientras el reloj marcaba horas que no parecían tener fin. Las sombras bajo mis ojos, oscuras y profundas, delataban la verdad que tanto intentaba ocultar.

Ella me observó en silencio por un momento, como si estuviera decidiendo si presionar más o dejarlo pasar. Finalmente, asintió lentamente, aunque su expresión seguía siendo de escepticismo. Se acercó a mí con su estetoscopio colgando del cuello.

—¿Podrías bajarte un poco el cuello de la camisa? —preguntó, extendiendo la mano hacia mi pecho.

En ese instante, el chico se dio la vuelta para darnos privacidad, pero yo apenas lo registré. Sentí una punzada de ansiedad que me recorrió la espina dorsal; si ella bajaba la tela aunque fuera un par de centímetros, vería las marcas que ocultaba. Vería la evidencia que mi madre ya había cuestionado esa mañana. Si enfermera las veía, haría un escándalo, escribiría un informe y llamaría a mi casa. Y mi madre no necesitaba otra preocupación.

—¿Podría ser sobre la tela al lado de mi cuello? —logré decir, intentando que mi voz no temblara. Mientras hablaba, subí el cuello de mi camisa un centímetro más, asegurándome de que nada quedara a la vista. Mis dedos se cerraron sobre el algodón con una fuerza desesperada.

Margaret negó con la cabeza —Si lo hago encima de la camisa, el roce creará ruidos que no me dejarán escuchar con claridad. El sonido se distorsiona y podría confundir tu ritmo con otra cosa.

Se inclinó un poco más hacia mí, notando mi resistencia absoluta.




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