I S A B E L L A
Prefiero dormir de día. Es simple: no tengo pesadillas. No sé por qué, pero bajo el sol mi mente encuentra una paz que la noche me niega. Incluso la voz de Annie se vuelve tolerable a la luz, como si la claridad la hiciera menos intrusiva.
Eso terminó cuando escuché gente corriendo afuera de la enfermería. Demasiada gente, hablando a la vez. Una punzada de inquietud se instaló en mi estómago. Me incorporé, sintiendo la sábana áspera contra la piel. La puerta se abrió de golpe.
—¡Isabel! —rugió una voz que conocía demasiado bien.
Mi prima Vivian irrumpió en la habitación. Su melena de rizos marrones volaba desordenada, las mejillas sonrojadas. Antes de que pudiera reaccionar, su mano se posó en mi frente. El calor de su palma contrastaba con la frescura de mi piel.
—¿Fiebre? ¿Mareos? ¿Te picó algo? —El interrogatorio salió en estallidos. Movió mi cara de un lado a otro, tiró de mis párpados. La luz me molestó—. ¿Y esto?—
Sus dedos rozaron el borde de mi cuello alto. Un escalofrío me recorrió la espalda. Atrapé su muñeca.
—Estoy bien. Solo un mareo.—
Ella se quedó mirando mi cuello. Su ceño fruncido transmitía una pregunta no dicha.
—¿Qué pasa, Vivi? ¿Qué es todo ese ruido?—
Ella se quedó mirando mi cuello con fijeza. Se quedó unos segundos callada, su ceño fruncido transmitía una pregunta no dicha, hasta que asintió.
—¿Hace cuánto tiempo estás aquí? —preguntó.
—No sé, hace una hora o más, no estoy segura. Dejé mi celular en mi mochila —solté. Vivian parecía inquieta, su energía vibraba con una alarma silenciosa—. ¿Qué pasa, qué es todo ese ruido?
—...Isabel, escucha, pasó algo, vine corriendo en cuanto me enteré... —Vivian se mordió el labio inferior, el esmalte blanco eléctrico en sus uñas se clavaba ligeramente en la palma de su mano. Vi la tensión en sus nudillos, blancos por la presión. Se notaba la lucha en su rostro por encontrar las palabras.
—¿Qué pasó? —pregunté, el pequeño mareo regresando con el presentimiento que emanaba de ella. Sentí un ligero zumbido en mis oídos y la boca seca.
Vivian respiró hondo, y finalmente volvió a mirar mis ojos.
—Encontraron un... encontraron un cuerpo. En la bodega del gimnasio.
Mi única reacción fue un parpadeo lento. Sentí como si el aire se hubiera vuelto más denso, y mi respiración se detuvo por un instante.
—¿Un muerto? —repetí, impactada.
—Sí. La encontraron las chicas de esgrima, el director ya llamó a la policía. Sacó a todos los chicos del patio de entrenamiento. —El corazón me latía con fuerza, un golpe sordo contra mis costillas, mientras asimilaba la magnitud de lo que decía.
—¿Quién... se sabe quién es? ¿Es de un estudiante? —pregunté, mi voz apenas un susurro.
—No lo sé, salí corriendo a buscarte en cuanto me enteré, pero no creo que sea un compañero.
La interrumpió la voz del Director Finch. El intercomunicador escupió instrucciones de emergencia con un siseo metálico: "Protocolo de seguridad. Refugio inmediato. No es un simulacro."
Entonces, la puerta de la enfermería se abrió de golpe. Las dos nos sobresaltamos, pero nos calmamos al ver a la enfermera Margaret. Ella cerró la puerta con seguro y se giró hacia nosotras.
Al vernos, parpadeó, desenfocada. Sus ojos pasaron sobre Vivian y se detuvieron en mí. No fue una mirada de evaluación. Fue un reconocimiento lento y doloroso, como si al verme recordara algo que le partía el alma.
—Niñas... —su voz era un hilo roto, apenas audible—. ¿Están... están bien?
Asentimos. Ella se acercó, pero su paso era diferente, más cansado. Sus manos se posaron en mis sienes, presionando como si buscara algo bajo la piel. Me inclinó hacia la luz. Sus ojos estaban rojos e hinchados.
Luego su atención cayó sobre mi cuello. Algo en su mirada se contrajo. Extendió la mano, tembló, y la retiró.
Se giró hacia Vivian. Su mano se posó en el hombro de mi prima, un gesto que pudo parecer de consuelo, pero su pulgar se clavó en el hueso. Sus ojos se encontraron. La cabeza de Margaret hizo un movimiento de costado, leve y controlado.
El cuerpo de Vivian se relajó al instante. Un suspiro escapó de sus labios.
La mano de Margaret, al retirarse, rozó la mano cerrada de mi prima. Los dedos de Vivian se abrieron. En su palma sudorosa brillaba un pequeño frasco de plástico blanco, de gotas para los ojos.
—Quedémonos aquí hasta que nos avisen —dijo Margaret, volviendo a mí.
—¿Cómo llegó un cadáver desconocido...?—
—No es un desconocido... —soltó con voz baja, casi inaudible—. El cuerpo es del... —Soltó un sollozo ahogado, subió sus dedos a su boca y respiró profundo, luchando por el control—. ...es del profesor... El profesor Coleman —dijo, mientras lágrimas silenciosas y gruesas bajaban por sus mejillas.
Vi de reojo a Vivian tapar su boca con la palma de la mano lentamente. Yo no dije nada. Un silencio sordo se instaló en mis oídos, y mi cabeza comenzó a palpitar con un dolor punzante y agudo, como si mi cráneo se estuviera contrayendo. Bajé mi mirada, concentrándome en mis manos, mientras me empezaba a estirar los dedos. Escuchaba los pequeños sollozos de la enfermera Margaret.
Profesor... Profesor Coleman... No es posible, ayer lo vi, él estaba ahí... él estaba bien...
El recuerdo de su rostro, tan vívido, me causó una sensación de frío repentino que se extendió desde el estómago hasta los dedos, dejándome entumecida e incapaz de reaccionar.
{...}
Salimos cuando un policía nos fue a buscar. Habían acordonado medio patio con cinta amarilla. Varios vehículos policiales llenaban el estacionamiento.
Nos dirigieron a un rincón cerca de las gradas, donde otros treinta estudiantes esperaban. Vivian no se había separado de mí; mantenía su brazo entrelazado con mi antebrazo izquierdo y en una de sus manos tenía un gotero de ojos apretado en su puño; a pesar de que Vivian no usaba anteojos. Pensé que era miedo, por todo lo que estaba pasando, pero al verla más de cerca, miraba a todos lados, casi sin pestañear. Parecía muy concentrada; alerta diría yo, su expresión era tensa e ansiosa.